CrÓnicas Del NÓmada: El Camino A La Libertad

Capítulo 8: Las voces de otros

​El autobús se adentró en una zona de curvas cerradas y valles profundos. La luz de la tarde, mortecina y amarillenta, se filtraba a duras penas por las ventanas sucias. Abrí el cuaderno. Lo primero que me golpeó no fue el contenido, sino el olor: una mezcla de tabaco viejo, papel húmedo y algo que recordaba vagamente a la lluvia.

​No era un diario. No contaba historias de amores ni de tragedias. Eran listas.

  • Cosas que solté el martes: El miedo a equivocarme. La necesidad de que me esperen.
  • Personas que fui: La hija que quería mamá. La estudiante modelo. La que sonreía cuando quería gritar.
  • Lugares donde dejé de ser yo: El pasillo de mi antigua escuela. La mesa de la cocina a las ocho de la noche.

​Pasé las páginas con dedos temblorosos. Había bocetos de rostros que no conocía y direcciones de ciudades que yo solo había visto en los mapas de la oficina de mi padre. Cada página era una confesión de alguien que se había ido desmoronando para volver a construirse. Me di cuenta de que ella no había escrito ese cuaderno solo para sí misma; era una bitácora de despojo.

​Me detuve en una página que no tenía texto, solo un dibujo tosco de una llave y una frase escrita con una caligrafía agresiva: «No busques un lugar donde pertenecer. Busca un lugar donde no necesites esconderte».

​Cerré el cuaderno y lo abrí de nuevo por la primera página. Me di cuenta de que, por primera vez, mi atención no estaba en el camino que tenía enfrente, sino en las grietas de la persona que acababa de escribir eso. Julián, el que siempre seguía las instrucciones, el que siempre tenía la respuesta correcta, empezaba a desdibujarse. Leí una frase más: «El peso que llevas no es tuyo; es de quien te enseñó a cargarlo».

​Sentí un vacío extraño en el estómago, pero esta vez no era náusea. Era espacio. Espacio para respirar algo que no fuera el aire viciado de mi vida anterior. Me puse los audífonos, no para aislarme, sino para llenar ese silencio con mi propia música, y empecé a marcar con mi bolígrafo las páginas que más me hacían temblar. El autobús seguía avanzando, pero, por primera vez, me dio la sensación de que yo no era un pasajero, sino alguien que estaba empezando a conducir su propia historia.



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En el texto hay: drama aventura

Editado: 15.06.2026

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