En Mazunte, la vida se mueve al ritmo de la marea alta y el calor húmedo que se desprende de la arena al atardecer. Mi existencia ya no se mide en horarios de oficina ni en los "debería" de mi padre, sino en la cantidad de cajas de pescado que descargamos cada mañana en la playa antes de que el sol se vuelva insoportable. Pero fue en un pequeño taller frente al camino principal, entre el olor a salitre constante y el sonido de las chicharras, donde encontré mi verdadera forma.
El dueño del taller, un hombre de rostro curtido por décadas de sol oaxaqueño que se dedicaba a reparar las estructuras de las palapas y los botes de los pescadores, me vio curioseando una tarde. Me llamó sin mirarme, simplemente entregándome una gubia y un trozo de madera de cedro que había rescatado de los restos de una lancha.
—Aquí no se trata de inventar nada, muchacho —dijo mientras señalaba el trozo de madera—. Esta madera ya trae el mar adentro. Tú solo quítale lo que le sobra y deja que ella te diga a dónde quiere ir.
Esa frase se convirtió en mi nueva biblia. Mientras que en mi vida anterior me obligaban a ser lo que otros querían, aquí la madera me exigía solo una cosa: paciencia. Empecé a pasar mis tardes libres en el taller, con el murmullo del Pacífico de fondo y el serrín pegándose al sudor de mis brazos.
Ya no era el hijo de nadie, ni el fugitivo. Era el hombre que encontraba figuras en las raíces y trozos de madera que el mar escupía en la orilla. Empecé a tallar formas que imitaban el movimiento de las olas y la anatomía de las aves marinas. Eran objetos sencillos, sin pretensiones, cargados de una honestidad que yo mismo estaba aprendiendo a practicar.
Los vecinos de Mazunte, que al principio me observaban con la cautelosa curiosidad típica de los pueblos pequeños, empezaron a detenerse en la puerta del taller. No hablaban mucho, pero a veces me dejaban una cerveza bien fría o me traían un pescado recién salido del agua como intercambio por una pequeña pieza. Fue así, entre el trabajo pesado de la conservera y la sutileza de la gubia, donde empecé a sentir que, por fin, mis manos estaban haciendo algo real. Había dejado de cargar el peso de una identidad que no era mía, y en su lugar, estaba tallando una piel nueva, una que, al fin, me quedaba a la medida.