CrÓnicas Del NÓmada: El Camino A La Libertad

Capítulo 14: El artesano del muelle

​En un pueblo como Mazunte, las noticias no viajan por internet, sino por el boca a boca en las esquinas, en la fila de las tortillas o mientras se espera a que regresen las lanchas. Mi pequeña reputación no llegó de golpe, pero un día, mientras tallaba una figura de una tortuga marina en un trozo de madera de deriva, noté que la gente ya no solo pasaba de largo; se detenían, miraban y asentían con respeto.

​No era una fama deslumbrante, sino algo mucho más sólido: el reconocimiento del esfuerzo. Los pescadores empezaron a traerme piezas de madera que encontraban tras las tormentas, trozos de troncos que el mar había lavado hasta dejarlos blanqueados y resistentes. Querían que yo les devolviera algo —una forma, un animal, un símbolo— que honrara al océano que les daba de comer.

​Una mañana, el dueño de una de las posadas más concurridas del pueblo me buscó. Tenía en sus manos una pieza que yo había dejado en el mostrador del taller del viejo artesano: un ave al vuelo, esculpida con tal precisión que parecía a punto de alzar el vuelo desde la madera.

​—¿Tú hiciste esto? —me preguntó, mirándome con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

​—Sí —respondí, limpiándome el serrín de los pantalones.

​—No parece trabajo de alguien que acaba de llegar. Tienes mano para esto, Julián.

​No me pidió que le tallara algo para su hotel, no de inmediato. Pero ese pequeño diálogo se corrió por Mazunte. A partir de esa semana, ya no solo era "el chico nuevo" o "el de la conservera". Ahora era el artesano. Empecé a recibir encargos pequeños: el nombre de una lancha tallado en madera noble, un regalo para un aniversario, una figura para la entrada de una casa.

​Lo más irónico de todo no era el trabajo en sí, sino el efecto que tenía en mí. Cada vez que terminaba una pieza y alguien se la llevaba, sentía una satisfacción limpia. No era la aprobación vacía de mis padres ni el cumplimiento de una meta académica. Era un intercambio honesto: ellos me daban su confianza y su historia, y yo les entregaba algo tangible, creado con mis propias manos.

​Mazunte empezaba a sentirme como mi casa, pero no una casa impuesta por el linaje, sino una que yo mismo estaba erigiendo, golpe a golpe de gubia. El peso del "equipaje" que llevaba al llegar al pueblo se había transformado; ahora, mis manos solo cargaban el peso de lo que yo decidía crear.



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En el texto hay: drama aventura

Editado: 15.06.2026

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