La consolidación fue un proceso lento, como el tallado mismo. Mazunte no es un lugar que acepte a los recién llegados de la noche a la mañana; aquí, la pertenencia se gana demostrando que puedes resistir tanto el calor asfixiante como la temporada de tormentas. Y yo, a base de gubia y trabajo en la conservera, había demostrado que no estaba de paso.
Mi taller, que empezó siendo apenas un rincón prestado, se convirtió en una pequeña extensión de mi nueva personalidad. Ya no solo tallaba por encargo; empecé a organizar mis piezas según las historias que escuchaba en la tasca. Si un pescador me contaba cómo una mantarraya gigante le había roto la red, yo intentaba capturar esa violencia y esa gracia en la madera. Mis figuras empezaron a decorar las entradas de las casas, las mesas de los restaurantes de la playa y, sobre todo, empezaron a contar la historia del pueblo.
Aquel reconocimiento trajo consigo algo que no esperaba: una invitación a ser parte de los "Comités de la Costa", un grupo de vecinos que se encargaba de organizar las festividades y de resolver problemas comunes, desde la gestión de la basura hasta la protección de las zonas de anidación de tortugas.
Una tarde, mientras ayudaba a instalar una estructura de madera para el festival de la cosecha, el viejo artesano que me dio mi primera gubia se acercó a observar.
—¿Te das cuenta? —me dijo, encendiendo un cigarrillo mientras miraba cómo los otros vecinos me pedían opinión sobre la inclinación de los postes—. Ya no estás tratando de ocultarte. Estás ocupando un espacio que tú mismo has construido.
Me detuve un momento. Era cierto. Ya no caminaba mirando al suelo, esperando no ser reconocido. Mi ropa, aunque manchada de serrín y salitre, tenía la soltura de quien no tiene nada que esconder. Mis manos, ahora callosas y marcadas por pequeñas cicatrices de cortes accidentales, eran el mapa de mi nueva vida.
Ya no era el hijo de una familia que quería que yo fuera una réplica de mi padre. Era el artesano de Mazunte, el hombre que conocía el nombre de los pescadores, que sabía qué rincón de la playa era mejor para sacar madera de deriva y que, por fin, se sentía en paz con el silencio de la noche. Me había consolidado. El pasado ya no era una sombra que me perseguía, sino un lugar al que simplemente ya no me interesaba volver.