Capítulo 1
La lluvia caía con tanta fuerza que parecía querer partir el cielo en dos.
Los relámpagos iluminaban el reino por segundos, dejando ver las enormes murallas cubiertas de fuego y humo antes de que la oscuridad volviera a tragárselo todo. Los gritos de la gente se mezclaban con el sonido del acero chocando en las calles y con el eco de las campanas del castillo, que no dejaban de sonar desde hacía horas.
El reino estaba cayendo.
Y todos lo sabían.
Las calles, antes llenas de comerciantes y nobles, ahora estaban cubiertas de barro, cuerpos y sangre. Algunas personas intentaban escapar llevando a sus hijos en brazos; otras permanecían arrodilladas junto a soldados moribundos, llorando bajo la tormenta.
El olor a humo quemaba el aire.
En lo alto del castillo, varias explosiones hicieron temblar las paredes de piedra. Los vitrales estallaron en mil pedazos y las llamas comenzaron a extenderse por los largos pasillos reales.
—¡Cierren las puertas!
—¡Protejan la entrada!
—¡Nos están rodeando!
Los gritos de los guardias resonaban por todas partes.
En medio del caos, una mujer de mediana edad corría apresuradamente por los corredores del castillo junto a dos niños.
Dos hermanos.
El mayor apenas podía respirar del miedo y el cansancio. Su ropa estaba manchada de ceniza y sus manos temblaban mientras intentaba seguirle el paso a la mujer.
El menor, en cambio, permanecía extrañamente callado.
Observaba.
Escuchaba.
Memorizaba todo.
—¡Más rápido! —susurró la mujer mientras giraba hacia otro pasillo.
Detrás de ellos se escuchó un estruendo.
Las enormes puertas del salón principal acababan de romperse.
Los soldados comenzaron a gritar.
Aries miró hacia atrás por un instante y vio sombras entrando entre el humo y el fuego.
Sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
—¿Qué está pasando? —preguntó con la voz quebrada.
La mujer no respondió.
Sus ojos estaban llenos de terror.
Continuó avanzando hasta llegar a una estrecha escalera de piedra que descendía hacia las caballerizas traseras del castillo. El olor a lluvia y humo se hacía más fuerte a cada paso.
Cuando llegaron abajo, varios caballos relinchaban nerviosos mientras golpeaban el suelo con desesperación.
La tormenta rugía afuera.
La mujer tomó rápidamente las riendas de un enorme caballo negro y ayudó primero a Géminis a subir. Después sostuvo a Aries por los hombros antes de mirarlo directamente a los ojos.
Y por primera vez, Aries notó algo extraño.
Ella estaba llorando.
—Escúchame bien —dijo intentando mantener la calma—. Pase lo que pase esta noche… no debes separarte de tu hermano.
Aries tragó saliva.
—¿Y usted?
La mujer sonrió apenas.
Una sonrisa triste. Rota.
—Tengo que quedarme.
—¡No! —Aries sujetó su brazo inmediatamente—. ¡Venga con nosotros!
Ella bajó lentamente la mirada.
Como si aquella simple idea fuera imposible.
Entonces tomó del cuello una pequeña cadena plateada y la colocó en las manos de Aries.
En el colgante había grabado un extraño símbolo parecido a un cuerno.
—Protejan esto —susurró.
Géminis observó el símbolo en silencio.
Como si ya lo hubiera visto antes.
Un fuerte golpe hizo temblar las puertas de las caballerizas.
Los soldados habían llegado.
La mujer abrió rápidamente las puertas traseras mientras la lluvia inundaba el lugar.
—¡Váyanse ahora!
El caballo salió disparado hacia el bosque.
El viento golpeó el rostro de los hermanos mientras se alejaban del castillo. Detrás de ellos, las llamas iluminaban la tormenta como si el cielo entero estuviera ardiendo.
Aries giró la cabeza una última vez.
Y entonces lo vio.
Un hombre cubierto completamente por una armadura oscura caminaba lentamente bajo la lluvia. Su espada negra arrastraba sangre sobre el barro mientras avanzaba hacia la mujer.
Ella no huyó.
Se quedó quieta.
Como si lo estuviera esperando.
El relámpago iluminó por un instante la armadura del desconocido.
Había un símbolo grabado sobre el pecho.
Un símbolo que ninguno de los hermanos reconoció.
El caballero levantó lentamente la espada.
Aries abrió los ojos horrorizado.
—¡NO!
Pero ya era tarde.
La espada atravesó el pecho de la mujer.
El tiempo pareció detenerse.
La sangre descendió lentamente por el acero negro mezclándose con el agua de la tormenta.
Géminis permaneció inmóvil.
Observando.
El caballero oscuro retiró la espada lentamente mientras la mujer caía de rodillas sobre el barro.
Antes de desplomarse por completo, levantó la mirada hacia los hermanos por última vez.
Como asegurándose de que seguían vivos.
Como asegurándose de que habían escapado.
Entonces cayó.
Y el caballo siguió avanzando hacia la oscuridad del bosque mientras el reino desaparecía detrás de ellos.
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Editado: 18.05.2026