Capitulo 1
El Chico que Escuchaba Relojes
Puebla, México
Lunes, 6:17 a. m.
El sonido llegó antes que la luz.
Tic...
Tac...
Tic...
Tac...
Kael Chronis abrió lentamente los ojos antes de que sonara el despertador.
Como todas las mañanas.
Cinco segundos después...
Bip. Bip. Bip.
El despertador comenzó a sonar.
Kael estiró la mano y lo apagó sin siquiera mirarlo.
No era una casualidad.
Nunca lo había sido.
Desde que tenía memoria, siempre despertaba unos segundos antes de que cualquier reloj sonara. Al principio creyó que era su reloj biológico, pero con los años descubrió algo extraño: también podía "escuchar" relojes que nadie más percibía.
A veces provenían de otra habitación.
A veces de la calle.
Y otras...
Parecían venir de un lugar que no existía.
Su madre golpeó suavemente la puerta.
—Kael, ya es tarde. Si vuelves a perder el autobús, no voy a llevarte.
—¡Ya voy, mamá!
Se levantó con desgano. Su habitación era sencilla: una cama, un escritorio lleno de cuadernos, una vieja guitarra recargada en la pared y una colección de relojes descompuestos que había encontrado en mercados y tianguis.
Nunca funcionaban.
Pero le gustaba repararlos.
O al menos intentarlo.
Mientras se vestía, tomó uno de ellos.
Era un reloj de bolsillo antiguo.
No tenía manecillas.
Sin embargo...
Podía escuchar claramente su tic-tac.
Kael sonrió con ironía.
—Estás roto... igual que yo.
Una vida completamente normal... o eso parecía
La preparatoria se encontraba a unas cuantas calles del centro de Puebla.
Como cualquier lunes, los pasillos estaban llenos de estudiantes.
Algunos corrían para llegar a clase.
Otros copiaban la tarea de último momento.
Y unos cuantos simplemente buscaban cualquier excusa para no entrar.
Kael caminaba junto a su mejor amigo, Luis, un compañero hablador que nunca dejaba de hacer bromas.
—Oye, ¿ya estudiaste para el examen?
—No.
—¿Entonces?
—Improvisaré.
Luis soltó una carcajada.
—Algún día esa confianza te va a salir cara.
Kael sonrió.
Momentos como ese eran los que más disfrutaba.
Una vida sencilla.
Una vida normal.
Sin saber que estaba a horas de perderla.
El reloj detenido
La clase de historia transcurría lentamente.
El profesor hablaba sobre antiguas civilizaciones mientras la mayoría de los alumnos luchaba contra el sueño.
Kael observó distraídamente el reloj del salón.
Las agujas avanzaban con normalidad.
Hasta que...
Tic.
Se detuvieron.
Al mismo tiempo.
El reloj del salón.
El reloj del pasillo.
Su reloj de pulsera.
El celular de Luis.
El cronómetro del laboratorio de al lado.
Todo.
Durante exactamente un segundo.
Y luego...
Continuaron funcionando.
Kael levantó la mano.
—Profesor...
¿Acaban de ver eso?
El salón entero lo observó.
—¿Ver qué?
—Los relojes.
Nadie respondió.
Luis lo miró con extrañeza.
—¿Dormiste bien?
Kael sintió un escalofrío.
No era la primera vez.
Pero nunca había ocurrido de forma tan evidente.
El hombre del reloj
Al terminar las clases, decidió regresar caminando.
Necesitaba despejar su mente.
Mientras cruzaba una pequeña plaza, notó algo extraño.
Un anciano observaba fijamente el antiguo reloj de la torre principal.
Vestía un largo abrigo gris.
Llevaba un bastón de madera oscura.
Y sostenía un reloj de bolsillo muy parecido al suyo.
Cuando Kael pasó a su lado, el anciano habló sin mirarlo.
—Los escuchas, ¿verdad?
Kael se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—Los relojes.
Los que nadie más oye.
El corazón de Kael comenzó a latir con fuerza.
—¿Cómo sabe eso?
El anciano sonrió.
Una sonrisa triste.
Como la de alguien que recordaba demasiadas cosas.
—Porque hace muchos años...
Yo también podía escucharlos.
Antes de que Kael pudiera hacer otra pregunta, un grupo de personas pasó entre ellos.
Solo fueron unos segundos.
Pero cuando volvió a mirar...
El anciano había desaparecido.
Como si nunca hubiera estado allí.
El primer tic-tac
Esa noche, una fuerte lluvia cayó sobre Puebla.
Kael no podía dejar de pensar en el extraño anciano.
Salió de casa para caminar bajo la lluvia.
Necesitaba respuestas.
Sin darse cuenta, llegó hasta un viejo parque casi abandonado.
Fue entonces cuando volvió a escucharlo.
No un reloj.
Miles.
Miles de tic-tacs superpuestos.
Cada vez más fuertes.
Cada vez más rápidos.
El aire comenzó a vibrar.
Frente a él, el espacio se dobló.
Como si una hoja de papel estuviera siendo rasgada desde el otro lado.
Una grieta negra apareció suspendida en el aire.
Delgada.
Silenciosa.
Imposible.
Kael retrocedió lentamente.
—¿Qué... es eso?
La grieta se abrió un poco más.
Una mano alargada salió de la oscuridad.
Después un brazo.
Después una figura completa.
Era una criatura sin rostro.
Su cuerpo parecía hecho de cristal negro agrietado.
En su pecho giraba un reloj roto.
La criatura inclinó lentamente la cabeza.
Y aunque no tenía ojos...
Kael sintió que lo estaba mirando.
Quiso correr.
Pero el mundo entero se congeló.
La lluvia quedó suspendida en el aire.
Las hojas dejaron de caer.
El sonido desapareció.
Solo quedó el silencio.
Y unos pasos.
Tac...
Tac...
Tac...
Un joven apareció caminando tranquilamente entre las gotas inmóviles.
Cabello oscuro.
Una chamarra negra.
Y un libro antiguo sujeto bajo el brazo.
Miró a Kael.
Después a la criatura.
Y suspiró.
—Genial...
Llegué justo a tiempo.
Kael apenas pudo hablar.
—¿Quién... eres?
El joven cerró el libro.
Lo observó fijamente.
Y respondió con una tranquilidad que contrastaba con el caos.
—Mi nombre es Ren Arkan.
Y si quieres seguir con vida...
No te muevas.
Porque acabas de llamar la atención del Tiempo.