Cronos Nexus

Capitulo 2: La primera regla

"Todo poder tiene un precio. El del tiempo... siempre se cobra dos veces."

Puebla, México
11:48 p. m.
La lluvia permanecía suspendida en el aire.
Cada gota parecía una pequeña esfera de cristal inmóvil.
Los árboles ya no se movían.
Los automóviles se encontraban congelados a mitad de la avenida.
Incluso el sonido había desaparecido.
Kael nunca había sentido un silencio tan absoluto.
Frente a él, la criatura salida de la grieta permanecía inmóvil, como si también estuviera atrapada dentro de aquel instante.
Solo dos personas podían moverse.
Él...
Y el joven desconocido.
Ren Arkan caminó lentamente hasta colocarse frente a la criatura.
No parecía asustado.
Más bien parecía... decepcionado.
Sacó de su bolsillo un pequeño reloj de arena de cristal negro.
Lo sostuvo frente a la criatura.
—Otra vez ustedes...
El reloj comenzó a brillar con un tono azul verdoso.
En ese momento, la criatura emitió un sonido extraño.
No era un rugido.
No era una voz.
Era el ruido de cientos de relojes descompuestos sonando al mismo tiempo.
Kael sintió un escalofrío.
—¿Qué... qué es esa cosa?
Ren no apartó la mirada.
—No tiene nombre humano.
Nosotros los llamamos Ecos Rotos.
Son fragmentos de personas... y de tiempo.
La primera regla
Ren giró lentamente hacia Kael.
—Escúchame con atención.
Solo voy a decir esto una vez.
Kael tragó saliva.
—¿Qué está pasando?
Ren respondió con absoluta seriedad.
—Primera regla del Timeline.
Nunca intentes comprender todo de inmediato.
Kael frunció el ceño.
—¿Eso es una regla?
—Sí.
Porque todos los que quisieron entenderlo todo en una sola noche...
Murieron.
El silencio volvió a inundar el lugar.
Un mundo escondido
Ren comenzó a caminar.
Kael lo siguió.
Mientras avanzaban entre las gotas inmóviles, Ren señaló la ciudad.
—¿Qué ves?
—Puebla.
—No.
Eso es lo que crees ver.
Kael observó nuevamente.
Todo parecía igual.
Hasta que Ren apoyó dos dedos sobre el reloj de bolsillo que Kael llevaba en la mochila.
El reloj comenzó a vibrar.
Entonces...
La realidad cambió.
Como si una cortina invisible hubiera sido retirada.
Sobre los edificios aparecieron grietas luminosas.
En los postes de luz flotaban símbolos antiguos.
Algunas personas caminaban dejando sombras que iban en dirección contraria.
Y, sobre la Catedral de Puebla, un gigantesco reloj transparente giraba lentamente sobre el cielo.
Kael retrocedió varios pasos.
—¿Siempre estuvo ahí?
Ren asintió.
—Siempre.
Solo que hoy...
Por primera vez...
Pudiste verlo.
El Atlas
Ren levantó el antiguo libro negro.
Su cubierta estaba desgastada.
No tenía título.
Solo un símbolo: un círculo atravesado por dos manecillas.
—Este es el Atlas de las Líneas.
No es un libro.
Es un mapa.
Kael lo observó confundido.
—¿Un mapa de qué?
Ren abrió una página.
No había letras.
Solo cientos de líneas doradas que se movían como raíces.
Cada una representaba una posibilidad.
Una decisión.
Una vida.
Un futuro.
Algunas brillaban intensamente.
Otras estaban rotas.
Y muchas desaparecían frente a sus ojos.
—Cada línea es una historia.
Explicó Ren.
—La tuya.
La mía.
La de tu madre.
La del señor que vende periódicos.
La de alguien que aún no ha nacido.
Todo existe aquí.
Kael permaneció en silencio.
Jamás había visto algo semejante.
La advertencia
De pronto, el Atlas comenzó a pasar páginas por sí solo.
Cada vez más rápido.
Hasta detenerse de golpe.
Una sola frase apareció escrita con tinta azul.
ANOMALÍA DETECTADA
PORTADOR DESPIERTO
Ren palideció.
—No...
Kael levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
Ren cerró el libro de golpe.
—Significa que ya saben de ti.
—¿Quiénes?
Ren no alcanzó a responder.
Porque la criatura comenzó a moverse nuevamente.
El tiempo estaba volviendo a fluir.
Las gotas cayeron de golpe.
Los árboles se agitaron.
El ruido de la ciudad regresó.
Y el Eco Roto lanzó un grito que hizo temblar el parque entero.
La primera pelea
Kael retrocedió por instinto.
Ren dio un paso al frente.
—No interfieras.
Todavía no sabes pelear.
Del interior de su abrigo sacó una daga corta.
No tenía filo.
Parecía hecha de cristal transparente.
La criatura atacó.
Ren esquivó con una velocidad imposible.
Su cuerpo parecía moverse siguiendo las corrientes del viento.
Cada paso era preciso.
Cada movimiento calculado.
Kael observaba completamente fascinado.
—¿Cómo hace eso...?
En un instante, Ren golpeó el pecho del Eco con la daga.
El reloj roto incrustado en su cuerpo comenzó a agrietarse.
La criatura lanzó un último alarido.
Y se desintegró en miles de partículas plateadas que el viento se llevó.
El parque volvió a quedar en silencio.
Una decisión
Kael permaneció inmóvil.
Su respiración era acelerada.
Su vida acababa de cambiar para siempre.
Ren guardó la daga y comenzó a caminar hacia la salida del parque.
—¿A dónde vas?
Preguntó Kael.
Sin voltear, Ren respondió:
—A seguir evitando que el mundo se rompa.
Continuó caminando.
Kael dudó unos segundos.
Miró su casa a lo lejos.
Pensó en su madre.
En la escuela.
En sus amigos.
En la vida tranquila que tenía esa misma mañana.
Luego volvió a mirar a Ren.
Y corrió para alcanzarlo.
—Espera...
Ren se detuvo.
—Quiero respuestas.
Ren sonrió apenas.
Una sonrisa cansada.
—Entonces prepárate.
Porque cada respuesta traerá diez preguntas más.
Los dos caminaron juntos por la calle vacía.
Sin saber que, desde la azotea de un edificio cercano, alguien los observaba.
Una silueta envuelta en un abrigo gris.
El mismo anciano de la plaza.
Sonrió levemente.
Y murmuró:
—Así comienza otra vez...




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