"No todos los caminos fueron hechos para recorrerse. Algunos existen únicamente para recordarnos lo que nunca debió ocurrir."
Puebla, México
12:26 a. m.
Las calles estaban desiertas.
El ruido de la ciudad había desaparecido.
Solo se escuchaban las gotas de lluvia cayendo sobre el pavimento.
Kael caminaba detrás de Ren.
Ninguno decía una palabra.
Después de varios minutos, Kael rompió el silencio.
—¿Siempre eres tan callado?
Ren respondió sin voltear.
—Cuando llevas años viendo morir personas...
Aprendes que el silencio pesa menos que las palabras.
Kael ya no insistió.
El Refugio
Después de caminar casi media hora llegaron a una vieja estación ferroviaria abandonada.
El edificio llevaba décadas sin funcionar.
Las ventanas estaban rotas.
Las paredes cubiertas de grafitis.
Parecía un lugar olvidado por todos.
Ren empujó una vieja puerta metálica.
Esta no se abrió hacia adentro...
Sino hacia abajo.
Un mecanismo oculto reveló una escalera iluminada por una tenue luz azul.
Kael levantó una ceja.
—Definitivamente eso no parece una estación abandonada.
Ren sonrió apenas.
—Esa era la idea.
Bajo la Ciudad
El refugio era enorme.
Pasillos construidos de piedra antigua se mezclaban con computadoras modernas, pantallas holográficas y enormes estanterías repletas de libros.
En el centro había un gigantesco reloj mecánico de más de cuatro metros de altura.
Sus engranes giraban lentamente sin necesidad de electricidad.
Kael se acercó.
—¿Quién construyó todo esto?
Ren dejó el Atlas sobre una mesa.
—No lo sé.
Cuando llegué... ya existía.
Aquella respuesta sorprendió a Kael.
—¿Vives aquí?
—Desde hace seis años.
—¿Solo?
Ren asintió.
Kael sintió un nudo en la garganta.
Era apenas un poco mayor que él.
Y llevaba seis años viviendo completamente solo.
Una Cena Extraña
El ambiente comenzaba a sentirse demasiado pesado.
Kael decidió cambiar el tema.
—¿Tienes algo para comer?
Ren abrió un pequeño refrigerador.
Solo había agua, arroz, pan y café.
Kael soltó una carcajada.
—¿Eso comes todos los días?
—Cuando hay suerte.
—No puedes vivir así.
—Lo he hecho durante años.
Kael negó con la cabeza.
—Entonces mañana iremos por tacos.
Ren lo miró confundido.
—¿Tacos?
—Sí.
No puedes salvar el mundo con arroz todos los días.
Por primera vez desde que lo conocía...
Ren soltó una pequeña risa.
El Atlas
Después de cenar.
Ren abrió nuevamente el Atlas.
Esta vez las páginas comenzaron a iluminarse.
—Acércate.
Kael obedeció.
En cuanto colocó la mano sobre el libro...
Las líneas doradas comenzaron a moverse.
Como ríos de luz.
Hasta formar el mapa de México.
Pero no era un mapa común.
Miles de líneas atravesaban cada estado.
Puebla.
Oaxaca.
Monterrey.
Ciudad de México.
Guadalajara.
Chiapas.
Cada una brillaba de forma distinta.
—¿Qué representan?
Preguntó Kael.
Ren tomó una vara metálica y señaló una línea azul.
—Esta eres tú.
Luego señaló otra verde.
—Esta soy yo.
Las dos líneas avanzaban casi paralelas.
Pero unos kilómetros adelante...
Se cruzaban.
Y continuaban juntas.
Kael sonrió.
—Entonces sí estaba destinado que nos encontráramos.
Ren bajó la mirada.
—No.
Eso fue lo extraño.
Las líneas nunca debieron cruzarse.
La Segunda Regla
Kael permaneció en silencio.
Ren cerró lentamente el Atlas.
—Segunda regla del Timeline.
Nunca confíes completamente en el destino.
—¿Por qué?
—Porque el destino también puede equivocarse.
La Habitación Sellada
Mientras exploraba el refugio.
Kael encontró una puerta cerrada con siete cerraduras.
Sobre ella había un símbolo idéntico al del reloj de bolsillo que llevaba desde niño.
Intentó abrirla.
No pudo.
Ren apareció inmediatamente.
Su expresión cambió por completo.
—No vuelvas a acercarte ahí.
—¿Qué hay dentro?
—Nada que debas ver.
—¿Por qué?
Ren guardó silencio unos segundos.
—Porque detrás de esa puerta...
Está la razón por la que acepté convertirme en guardián.
Y también...
La razón por la que nunca podré tener una vida normal.
Kael comprendió que no insistir era lo mejor.
Pero desde ese momento supo que Ren ocultaba mucho más de lo que decía.
Una Mañana Diferente
Al amanecer.
Kael regresó a casa.
Su madre lo esperaba preocupada.
—¿Dónde estabas?
Él dudó unos segundos.
No podía decir la verdad.
Nadie le creería.
—Me quedé estudiando con un amigo.
Su madre sonrió.
—Me alegra.
Pensé que nunca harías amigos tan dedicados.
Kael soltó una risa nerviosa.
Si ella supiera...
En Algún Lugar de Puebla...
Muy lejos de allí.
Dentro de un edificio gubernamental abandonado.
Tres personas observaban un enorme monitor.
En la pantalla aparecía una fotografía de Kael.
La imagen estaba marcada con un sello rojo.
PORTADOR DESPIERTO
Uno de los hombres habló.
—¿Confirmamos la orden?
Una mujer de cabello plateado respondió.
—Todavía no.
Quiero saber quién lo encontró primero.
La pantalla cambió.
Ahora apareció la fotografía de Ren Arkan.
La mujer sonrió.
—Así que sigues vivo...
Pensé que habías desaparecido hace años.
Escena final
Esa misma noche.
Kael despertó sobresaltado.
Había tenido un sueño extraño.
Un reloj gigantesco flotaba sobre México.
Sus manecillas avanzaban hacia atrás.
Y frente a él...
Una silueta completamente cubierta por un abrigo blanco lo observaba.
No podía distinguir su rostro.
Solo escuchó una frase.
—El tiempo no te eligió...
Tú naciste para cambiarlo.
Kael despertó jadeando.
Miró el reloj de su habitación.
Marcaba las 3:33 de la madrugada.
Y, por primera vez...
Las manecillas comenzaron a girar en sentido contrario.