Domingo – 6:40 p. m.
Después de varias horas de viaje, el autobús finalmente entró a la ciudad de Puebla.
Ayato permanecía pegado a la ventana.
Las calles, la arquitectura colonial, los volcanes a lo lejos y el movimiento de la ciudad eran completamente distintos a Veracruz.
Kael sonrió.
—¿Qué te parece?
Ayato respondió sin dejar de mirar.
—Es diferente...
Pero tiene algo que la hace sentir tranquila.
Ren soltó una pequeña risa.
—Espera a conocer el refugio.
Después volverás a decir eso.
El refugioEl viejo edificio seguía oculto detrás de una antigua biblioteca.
Ren abrió la pesada puerta de madera.
Los engranes comenzaron a girar.
Las manecillas del gran reloj central volvieron a moverse.
Ayato observó todo maravillado.
—¿Este lugar... existe debajo de Puebla?
Elías respondió.
—Desde hace casi cuatrocientos años.
Ha sobrevivido terremotos, guerras y fracturas del Timeline.
Porque este lugar no pertenece completamente al presente.
El nuevo cuartoRen llevó a Ayato por un largo pasillo.
Se detuvieron frente a una puerta de madera.
Sobre ella apareció lentamente un símbolo iluminado.
Un remolino.
—Esta será tu habitación.
Ayato abrió la puerta.
Era sencilla.
Una cama.
Un escritorio.
Una ventana desde donde podían verse los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl.
Y sobre la mesa...
Un reloj antiguo.
—Cada habitación adapta parte de su energía al portador que la ocupa.
Explicó Elías.
—Con el tiempo entenderás por qué.
El recorridoKael decidió mostrarle el refugio.
Pasaron por la biblioteca.
La sala de entrenamiento.
El observatorio.
El salón principal.
Finalmente llegaron frente a la enorme puerta de las siete cerraduras.
Ayato sintió un escalofrío.
—¿Qué hay ahí?
Ren respondió con seriedad.
—Todavía no estamos preparados para saberlo.
Ayato no preguntó más.
Pero aquella puerta quedó grabada en su memoria.
El entrenamiento comienzaA la mañana siguiente.
Ren reunió a Kael y Ayato en el patio central.
—Hoy entrenarán juntos.
No competirán.
Aprenderán a sincronizarse.
Ayato sonrió.
—¿Y si le gano?
Kael respondió inmediatamente.
—Ni lo sueñes.
Ren suspiró.
—Cinco minutos juntos y ya comenzaron.
Elías soltó una carcajada.
Carrera sobre el aguaEl entrenamiento parecía sencillo.
Debían cruzar un enorme estanque utilizando únicamente sus habilidades.
Kael usó pequeños impulsos del Timeline para mantener el equilibrio.
Ayato intentó impulsarse con el viento.
Resultado...
Terminó cayendo al agua.
Kael comenzó a reír.
Segundos después perdió la concentración...
Y cayó junto a él.
Los dos salieron completamente empapados.
Ren negó con la cabeza.
—Son un desastre.
Elías respondió sonriendo.
—También dijeron eso de nosotros hace muchos años.
La primera comida como equipoAl mediodía, Elías preparó mole poblano.
Ayato observó el plato con desconfianza.
—¿Chocolate... con pollo?
Kael respondió.
—Créeme.
Es mejor no hacer preguntas.
Minutos después.
Ayato levantó el pulgar.
—Está increíble.
Ren sonrió.
—Bienvenido oficialmente a Puebla.
La conversación continuó entre bromas.
Por primera vez desde que comenzó la historia, el grupo parecía una familia.
Una noche diferenteMás tarde, Kael y Ayato salieron al techo del refugio.
Desde ahí podían verse las luces de la ciudad.
—¿Extrañas Veracruz?
Preguntó Kael.
Ayato permaneció unos segundos en silencio.
—Sí.
Extraño a mi abuelo.
El mar.
El faro.
Pero...
Siento que debía venir.
Kael asintió.
—Yo también sentí eso cuando conocí a Ren.
A veces el tiempo nos lleva exactamente al lugar donde debemos estar.
El mensaje ocultoMientras todos dormían...
El Atlas volvió a abrirse.
Pero esta vez...
No llamó a Ren.
Llamó a Ayato.
El muchacho despertó sobresaltado.
Escuchó una voz.
Muy suave.
Muy antigua.
"El viento recuerda un nombre que el tiempo ha olvidado..."
Ayato caminó dormido hasta la biblioteca.
El Atlas permanecía abierto.
En una página completamente en blanco comenzó a escribirse una sola palabra.
YUCATÁN
Antes de que pudiera leer más...
Las letras desaparecieron.
En las sombrasMuy lejos del refugio...
En una hacienda abandonada del estado de Yucatán...
Un joven practicaba con dos espadas de madera.
Cada movimiento hacía que la tierra vibrara bajo sus pies.
Un anciano observaba el entrenamiento.
—Todavía eres impulsivo.
El muchacho sonrió.
—Pero ya no pierdo el equilibrio.
El anciano respondió.
—No.
Ahora el problema es que comienzas a ser demasiado fuerte.
Sobre una mesa descansaba un antiguo medallón.
En él podía verse claramente la silueta de...
Un cuervo.