Cronos Nexus

Capitulo 12 El Susurro de Yucatán

"Hay lugares donde el tiempo duerme. Y hay personas cuyo destino consiste en despertarlo."Puebla, México

Lunes – 5:12 a. m.

El refugio de los Guardianes permanecía en silencio.

Solo el sonido del inmenso reloj central rompía la quietud.

Tac...

Tac...

Tac...

Las enormes manecillas avanzaban con una precisión casi hipnótica.

Era un sonido que Kael había aprendido a reconocer.

Cada mañana, antes incluso de que saliera el sol, aquel reloj parecía recordarles que el tiempo jamás se detenía para nadie.

Kael abrió lentamente los ojos.

Había vuelto a tener el mismo sueño.

Un cielo completamente negro.

Miles de relojes suspendidos en el vacío.

Siete cuervos volando en círculos.

Y una voz...

Siempre la misma voz.

Todavía no estás listo...

Kael intentó alcanzarla.

Pero cada vez que se acercaba...

Todo desaparecía.

Despertó sobresaltado.

Su respiración era agitada.

El reloj de bolsillo que siempre llevaba colgado del cuello brillaba débilmente.

Aquello comenzaba a suceder con demasiada frecuencia.

El peso del silencio

Kael caminó por los pasillos del refugio.

El lugar todavía permanecía oscuro.

Las paredes de piedra reflejaban la tenue luz de las lámparas antiguas.

Aquel refugio siempre transmitía la sensación de estar fuera del tiempo.

No importaba si afuera amanecía o anochecía.

Allí dentro todo parecía inmóvil.

Mientras caminaba escuchó un ruido proveniente del patio.

Al asomarse encontró a Ren entrenando.

Su espada de cristal cortaba el aire con una velocidad impresionante.

Cada movimiento era exacto.

Sin desperdiciar energía.

Sin movimientos innecesarios.

El viento giraba alrededor de la hoja como si obedeciera únicamente a su voluntad.

Kael observó durante varios minutos.

Ren jamás dejaba de entrenar.

Incluso después de las misiones.

Incluso cuando regresaban heridos.

Incluso cuando parecía completamente agotado.

No era disciplina.

Era algo más profundo.

Era una promesa.

Una conversación antes del amanecer

Sin dejar de mover la espada, Ren habló.

—Puedes acercarte.

No necesitas esconderte.

Kael sonrió con vergüenza.

—¿Desde cuándo sabías que estaba aquí?

—Desde que pisaste el primer escalón.

Kael soltó una pequeña risa.

—Algún día quiero llegar a tener esa percepción.

Ren finalmente bajó la espada.

Respiraba con tranquilidad.

Ni siquiera parecía cansado.

—No la obtendrás observándome.

La conseguirás aprendiendo a escuchar.

—¿Escuchar qué?

Ren señaló alrededor.

—Todo.

El viento.

Tus pasos.

Los latidos de tu corazón.

Incluso el silencio.

Kael frunció el ceño.

—¿El silencio también se escucha?

Ren sonrió.

—El silencio dice más cosas que las palabras.

Durante algunos segundos ninguno habló.

Solo contemplaron cómo el amanecer comenzaba a teñir de naranja los volcanes que podían verse desde el patio.

—No dormiste bien.

Dijo Ren.

Kael bajó la mirada.

—Otra vez tuve ese sueño.

Ren dejó de sonreír.

—¿Los siete cuervos?

Kael asintió.

—Cada vez es más claro.

Y cada vez siento que alguien intenta decirme algo.

Ren permaneció pensativo.

Después respondió con voz baja.

—Cuando Elías tenía mi edad...

También comenzó a soñar antes de que ocurriera la Gran Fractura de Oaxaca.

Kael abrió los ojos.

—¿Los sueños pueden ser advertencias?

—No siempre.

Pero cuando el Timeline decide hablar...

Rara vez utiliza palabras.

Ayato descubre un nuevo hogar

Mientras tanto...

Ayato seguía completamente perdido dentro del refugio.

Llevaba casi veinte minutos intentando encontrar la cocina.

Había abierto una sala llena de relojes.

Dos bibliotecas.

Un almacén de armas.

Incluso una habitación donde cientos de péndulos colgaban del techo moviéndose perfectamente sincronizados.

Pero la cocina seguía sin aparecer.

—Este lugar es un laberinto...

Murmuró.

Abrió otra puerta.

Esta vez encontró a Elías leyendo un enorme libro.

El anciano levantó la vista.

—Buenos días.

Ayato sonrió con nerviosismo.

—Maestro...

Creo que estoy perdido.

Elías soltó una carcajada.

—Eso les ocurre a todos.

Incluso Ren se perdió durante casi una semana cuando llegó aquí.

Ayato comenzó a reír.

—¿En serio?

—Terminó durmiendo tres noches dentro de la biblioteca.

Desde el fondo de la habitación se escuchó la voz de Ren.

—No era necesario contar esa parte.

Los tres comenzaron a reír.

El desayuno

La cocina era mucho más grande de lo que Ayato imaginaba.

Había enormes mesas de madera.

Estantes llenos de especias.

Utensilios antiguos.

Y una ventana desde donde podía verse la ciudad despertando.

Elías colocó café sobre la mesa.

Después sirvió pan recién horneado.

Kael tomó asiento.

Ayato hizo lo mismo.

Ren permaneció de pie observándolos.

—¿Qué sucede?

Preguntó Kael.

—Desde hoy las comidas tienen una regla.

Ayato levantó una ceja.

—¿También hay reglas para comer?

Elías respondió sonriendo.

—Aquí todo tiene reglas.

Ren levantó un dedo.

—Primera regla del desayuno.

Nadie habla de entrenamiento mientras come.

Ayato soltó una carcajada.

—Esa sí me gusta.

Por primera vez desde que abandonó Veracruz...

Sintió que no estaba solo.

No era simplemente un invitado.

Poco a poco comenzaba a formar parte de aquel lugar.

La historia detrás del reloj

Mientras desayunaban, Ayato observó el inmenso reloj que dominaba el salón principal.




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