Martes — 6:47 a. m.
La lluvia había desaparecido durante la madrugada.
Solo quedaban pequeñas gotas adheridas al parabrisas de la camioneta mientras el amanecer comenzaba a iluminar la carretera.
El cielo estaba cubierto de nubes grises.
A ambos lados de la carretera se extendían enormes campos verdes.
Kael permanecía despierto en el asiento trasero.
No había conseguido dormir demasiado.
Desde la advertencia del Atlas, una sensación extraña permanecía dentro de él.
Algo estaba mal.
No sabía qué.
Pero podía sentirlo.
Ayato dormía junto a la ventana.
Tenía los brazos cruzados y la cabeza apoyada contra el cristal.
Cada cierto tiempo el movimiento de la camioneta hacía que su cabeza golpeara suavemente contra la ventana.
Kael sonrió.
—¿No debería despertarlo?
Ren respondió desde el asiento delantero.
—Déjalo.
Necesitará energía cuando lleguemos.
Kael miró nuevamente por la ventana.
—¿Cuánto falta?
—Varias horas.
—Eso no responde mi pregunta.
Ren soltó una pequeña risa.
—Entonces, bastante.
Kael dejó caer la cabeza contra el asiento.
—Genial...
Ayato abrió un ojo.
—¿Ya llegamos?
Kael lo miró.
—No.
—Avísame cuando falten cinco minutos.
Volvió a cerrar los ojos.
Kael negó con la cabeza.
—No puedo creer que este sea el futuro miembro de los Seven Crows.
Ren respondió:
—Todavía no es miembro.
Ayato, con los ojos cerrados, levantó un dedo.
—Escuché eso.
Los tres comenzaron a reír.
Por unos minutos...
La amenaza del Timeline pareció quedar muy lejos.
Una conversación pendienteElías permanecía sentado junto a Kael.
El anciano llevaba varios minutos observándolo.
Finalmente habló.
—¿Sigues teniendo el sueño?
Kael dejó de mirar la carretera.
—Sí.
—¿El mismo?
—Casi.
Kael bajó la voz.
—Pero esta vez cambió algo.
Elías esperó.
—Antes solo veía los siete cuervos.
Ahora había alguien debajo de ellos.
Una persona.
No podía distinguir su rostro.
Pero...
Tenía una mano sobre el suelo.
Y cuando la levantaba...
Todo alrededor comenzaba a convertirse en piedra.
Elías quedó pensativo.
—¿Piedra?
Kael asintió.
—¿Qué significa?
El anciano no respondió inmediatamente.
Miró por la ventana.
—Quizá no sea un sueño.
Kael frunció el ceño.
—¿Entonces qué es?
—Una conexión.
La novena reglaKael se incorporó.
—¿Una conexión con quién?
Elías abrió lentamente su pequeña libreta.
—Con aquello que todavía no conoces.
Sacó una hoja antigua.
En ella aparecían varias reglas escritas a mano.
—Hasta ahora has aprendido ocho reglas del Timeline.
Kael asintió.
—La novena es una de las más importantes.
Elías señaló la página.
Novena Regla del Timeline"Cuando dos líneas temporales se reconocen, sus portadores pueden compartir recuerdos que todavía no han vivido."
Kael permaneció inmóvil.
—¿Recuerdos del futuro?
—No exactamente.
Son posibilidades.
Fragmentos de caminos que podrían existir.
Ayato abrió los ojos.
—Entonces...
¿Kael podría estar viendo a alguien que todavía no conoce?
Elías sonrió ligeramente.
—Exactamente.
Ayato se incorporó.
—Entonces el sueño podría estar mostrándonos al siguiente miembro.
Ren miró el Atlas.
—O a nuestro próximo enemigo.
El ambiente volvió a tensarse.
El mapa cambiaUna hora después...
El Atlas volvió a reaccionar.
Ren lo abrió.
Esta vez el mapa mostraba una línea roja que atravesaba varios estados.
Puebla.
Oaxaca.
Tabasco.
Y finalmente...
Yucatán.
Pero había algo extraño.
La línea no terminaba en Ek Balam.
Continuaba hacia el sur.
Hasta detenerse en un punto desconocido de la selva.
Elías frunció el ceño.
—Eso no debería estar ahí.
Kael se acercó.
—¿Qué?
—El Santuario está en Ek Balam.
Pero el Atlas está señalando otro lugar.
Ayato observó el mapa.
—¿Puede haber dos santuarios?
Ren negó.
—No.
Solo hay uno.
Entonces...
Elías señaló una pequeña marca que acababa de aparecer.
Un símbolo de jaguar.
—No estamos buscando el Santuario.
Estamos buscando su entrada.
El nombre del jaguarEl símbolo comenzó a emitir una luz dorada.
Debajo apareció una inscripción.
IKTAN.
Ayato leyó el nombre en voz alta.
—¿Iktan?
Elías cerró los ojos.
—Ahora entiendo.
Kael preguntó:
—¿Quién es?
El anciano respondió:
—El muchacho que vimos en la visión.
Ren lo miró sorprendido.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Los antiguos registros mencionaban un nombre parecido.
Un joven elegido por la tierra.
Pero pensé que era una leyenda.
Ayato sonrió.
—Parece que las leyendas tienen la costumbre de complicarnos la vida.
Kael soltó una carcajada.
—Eso parece.
La primera señalLa carretera comenzó a cambiar.
El paisaje urbano desapareció poco a poco.
Los árboles se hicieron más densos.
La humedad aumentó.
Ayato bajó la ventana.
Una ráfaga de aire cálido entró en la camioneta.
—Ya estamos cerca.
Ren asintió.
—Sí.
Kael observaba la vegetación.
Había algo familiar en ella.
No sabía por qué.
Pero sentía que la selva lo estaba observando.
De pronto...
Una bandada de aves salió disparada desde los árboles.