Cronos Nexus

Capitulo 14 El Eco de los Tres Cuervos

«Un equipo no nace cuando sus miembros se encuentran. Nace cuando, aun teniendo razones para marcharse, deciden permanecer juntos.»

Carretera de Yucatán

Martes — 10:38 a. m.

La camioneta avanzaba lentamente por la carretera.
El sol comenzaba a elevarse sobre la selva y el calor hacía que el aire pareciera vibrar sobre el asfalto.
Dentro del vehículo nadie hablaba demasiado.
Iktan permanecía junto a la ventana.
Había pasado los últimos veinte minutos observando cómo los árboles desaparecían poco a poco detrás de ellos.
Su pueblo ya no podía verse.
Pero él seguía mirando hacia atrás.
Kael lo observó desde el asiento trasero.
No dijo nada.
Sabía que algunas despedidas necesitaban silencio.
Ayato, en cambio, llevaba varios minutos luchando contra el sueño.
Finalmente dejó caer la cabeza sobre el hombro de Kael.
—Cinco minutos...
Murmuró.
Kael lo miró.
—¿Cinco minutos de qué?
—De silencio.
Kael soltó una pequeña risa.
—Eso sí que es nuevo.
Iktan sonrió.
—¿Siempre es así?
Kael respondió:
—Desde que lo conozco.
Ayato abrió un ojo.
—Estoy escuchando.
—Lo sé.
—Entonces deja de hablar de mí.
Kael y Iktan volvieron a reír.
Desde el asiento delantero, Ren observaba el camino.
Aunque no decía nada, había escuchado cada palabra.
Y algo dentro de él comenzaba a cambiar.
Tres personas que hasta hacía poco eran desconocidas...
Ahora comenzaban a comportarse como un grupo.
Todavía no eran los Seven Crows.
Pero el primer vínculo ya estaba formándose.
Una pregunta incómoda
Después de varias horas de viaje, Ayato finalmente rompió el silencio.
—Tengo una pregunta.
Ren respondió sin apartar la vista de la carretera.
—Hazla.
—¿Por qué no nos explicaste antes que existían otros gremios?
Kael levantó la mirada.
Iktan también.
Ren guardó silencio.
Aquella pregunta había llegado tarde o temprano.
—Porque todavía no estaban preparados.
Ayato frunció el ceño.
—¿Preparados para qué?
—Para entender que el mundo de los portadores no es una familia.
Es un territorio dividido.
Iktan se incorporó.
—¿Dividido cómo?
Ren tomó aire.
—Los portadores existen desde hace siglos.
Pero nunca estuvieron unidos.
Algunos protegen ciudades.
Otros regiones enteras.
Algunos trabajan de forma independiente.
Y otros pertenecen a organizaciones.
Ayato preguntó:
—¿Gremios?
—Sí.
Kael recordó las palabras de Elías.
—Entonces Seven Crows será uno de esos gremios.
Ren negó.
—No exactamente.
—¿Entonces qué será?
Ren tardó en responder.
—Eso dependerá de ustedes.
Los nombres que no aparecen en los mapas
Ren continuó explicando.
—Hay organizaciones que protegen zonas completas de México.
Algunas tienen decenas de portadores.
Otras apenas cuentan con cinco o seis.
Pero cada una posee sus propias reglas.
Sus propios líderes.
Y sus propios intereses.
Iktan frunció el ceño.
—¿Y todos se llevan bien?
Ren soltó una risa seca.
—No.
Ayato sonrió.
—Entonces sí parece un gremio.
Ren lo ignoró.
—Hay rivalidades.
Disputas territoriales.
Intercambio de información.
Competencias.
Y, algunas veces...
Enfrentamientos.
Kael preguntó:
—¿Se han matado entre ellos?
El silencio dentro de la camioneta fue inmediato.
Ren finalmente respondió.
—Sí.
Iktan apretó los puños.
—Entonces los Escorpiones no son los únicos enemigos.
—Nunca lo fueron.
La razón del nombre
Kael miró a Ayato.
—¿Por qué Seven Crows?
Ayato levantó los hombros.
—Porque necesitamos siete.
Iktan sonrió.
—Eso ya lo entendí.
—Entonces estamos de acuerdo.
Kael soltó una pequeña risa.
Ren negó con la cabeza.
—El nombre tiene un significado más profundo.
Los tres jóvenes lo miraron.
Ren continuó:
—Los cuervos son animales que recuerdan.
Kael quedó pensativo.
—¿Recuerdan?
—Sí.
No olvidan fácilmente los rostros.
Reconocen a quienes los ayudaron.
Reconocen a quienes los dañaron.
Y pueden encontrar el camino de regreso a lugares que visitaron años atrás.
Iktan miró sus manos.
—Entonces es un buen símbolo para nosotros.
Kael entendió la indirecta.
Para ellos, recordar no era algo sencillo.
Y quizá precisamente por eso debían hacerlo.
Una parada inesperada
Cerca del mediodía, Ren decidió detenerse.
Encontraron una pequeña zona de descanso junto a la carretera.
Elías había preparado alimentos para el viaje.
Ayato fue el primero en bajar.
—¡Por fin!
Kael descendió detrás de él.
Iktan permaneció unos segundos dentro del vehículo.
Ren lo observó.
—¿No vienes?
—Sí.
Iktan tomó su mochila.
Antes de bajar, miró hacia el asiento.
Había dejado ahí una pequeña piedra.
La tomó.
Era la misma piedra que había levantado durante su primer despertar.
La observó unos segundos.
Después la guardó.
No sabía por qué.
Solo sentía que debía hacerlo.
El entrenamiento más sencillo
Mientras comían, Ayato comenzó a lanzar pequeñas ráfagas de viento.
Iktan lo observó.
—¿Qué haces?
—Entreno.
—¿Durante la comida?
—Siempre se puede entrenar.
Kael intervino.
—Eso mismo decía Ren.
Ayato sonrió.
—Entonces no estoy tan mal.
Iktan levantó una pequeña piedra.
La hizo girar sobre su palma.
Ayato se quedó mirando.
—Eso está genial.
—Todavía no lo controlo bien.
—¿Puedes hacer que levite?
Iktan lo intentó.
La piedra se elevó unos centímetros.
Después cayó.
Ayato aplaudió.
—¡Funcionó!
Iktan sonrió.
—Fue suerte.
Kael tomó una rama.
—Entonces hagamos algo.
Clavó la rama en el suelo.
—Cada uno intenta moverla usando su poder.
Ayato levantó una ráfaga.
La rama se inclinó.
Iktan hizo vibrar el suelo.
La rama saltó.
Kael concentró su energía.
Durante un segundo...
La rama desapareció.
Y reapareció unos centímetros más adelante.
Ayato abrió la boca.
—Eso fue trampa.
Kael sonrió.
—Es mi poder.
—¡Eso es literalmente hacer trampa!
Los tres comenzaron a reír.
Ren los observaba desde lejos.
No los interrumpió.
Por primera vez...
Quería que disfrutaran de algo normal.
Una conversación con Ren
Más tarde, cuando los jóvenes regresaron a la camioneta, Ren llamó a Kael.
—Ven conmigo.
Caminaron unos metros alejándose del resto.
Ren permaneció en silencio.
—¿Qué ocurre?
Preguntó Kael.
—¿Estás seguro de esto?
Kael frunció el ceño.
—¿De qué?
—De seguir adelante.
Kael miró hacia donde estaban Ayato e Iktan.
—Sí.
—No te estoy preguntando si quieres hacerlo.
Te estoy preguntando si puedes hacerlo.
Kael bajó la mirada.
—No lo sé.
Ren asintió.
—Esa es la respuesta correcta.
Kael lo miró sorprendido.
—¿Correcta?
—Quien cree que puede hacerlo todo...
Es el primero que termina muerto.
El silencio se extendió entre ambos.
—Tienes miedo.
Continuó Ren.
—Sí.
—Bien.
Kael levantó la mirada.
—¿Bien?
—El miedo te recuerda que todavía tienes algo que perder.
La verdadera enseñanza
Ren colocó una mano sobre el hombro de Kael.
—No quiero que seas el más fuerte.
Quiero que seas capaz de regresar.
Kael permaneció en silencio.
—Y quiero que ellos también regresen.
Ren señaló a Ayato e Iktan.
—No conviertas Seven Crows en una colección de armas.
Haz que sean personas.
Kael recordó algo que Elías había dicho tiempo atrás.
Los héroes también comienzan siendo niños.
—Lo intentaré.
Ren sonrió.
—No.
Hazlo.
Puebla se acerca
La carretera comenzó a cambiar nuevamente.
El calor disminuyó.
El paisaje se transformó.
La vegetación tropical quedó atrás y comenzaron a aparecer zonas más urbanizadas.
Iktan observaba todo con curiosidad.
—¿Ya estamos cerca?
Ren respondió:
—Unas horas.
Ayato levantó la cabeza.
—¿Y qué haremos cuando lleguemos?
Kael contestó:
—Entrenar.
Ayato dejó caer la cabeza.
—Sabía que dirías eso.
Iktan sonrió.
—¿Siempre entrenan?
—Sí.
—Entonces creo que elegí mal mi nuevo hogar.
Ayato le dio una palmada en el hombro.
—Bienvenido.
El Atlas vuelve a hablar
Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando sucedió.
El Atlas comenzó a vibrar.
Ren frenó.
Los cuatro quedaron en silencio.
Elías abrió el libro.
Las páginas se movían violentamente.
Iktan sintió una presión en el pecho.
Kael tomó su reloj.
Las manecillas giraban al revés.
Ayato miró hacia afuera.
—¿Qué está pasando?
Elías abrió una página.
Esta vez no apareció ningún mapa.
Solo una imagen.
Un cuervo.
Después apareció otro.
Y otro.
Tres.
Luego...
Un cuarto.
Pero el cuarto cuervo estaba completamente oscuro.
Debajo apareció una frase.
"EL CUARTO YA LOS HA VISTO."
Ren cerró el Atlas.
—Seguimos.
Kael preguntó:
—¿No vas a explicar?
—Cuando lleguemos al refugio.
—Ren...
—Ahora.
El tono de su voz no permitía discutir.
La camioneta volvió a avanzar.
En otro lugar
A cientos de kilómetros de distancia...
Una joven caminaba por un edificio abandonado.
El lugar parecía una antigua estación de tren.
Las paredes estaban cubiertas de polvo.
No había electricidad.
Pero todos los relojes funcionaban.
Uno tras otro.
Tac.
Tac.
Tac.
La joven llevaba una pequeña caja metálica.
Dentro había siete objetos.
Uno por cada cuervo.
Tres estaban encendidos.
Uno comenzaba a emitir una tenue luz.
Los otros tres permanecían completamente apagados.
La joven sonrió.
—Tres despiertos.
Tomó el cuarto objeto.
Era una pequeña pieza de metal.
En forma de estrella.
—Y uno buscando su camino.
Una voz apareció detrás de ella.
—¿Estás segura de que quieres encontrarlo?
La joven no se giró.
—No.
Quiero que él me encuentre a mí.
El cuarto portador
La voz permaneció en silencio.
—¿Y qué pasará con los Seven Crows?
La joven sonrió.
—Todavía no saben qué significa pertenecer a un equipo.
—¿Y tú sí?
Ella finalmente se giró.
Sus ojos mostraban una extraña seguridad.
—Yo aprendí hace mucho tiempo.
Un equipo no es un grupo de personas que lucha juntas.
Es un grupo de personas que puede destruirse entre sí.
La figura detrás de ella preguntó:
—¿Los atacarás?
—No.
—¿Entonces?
—Voy a observarlos.
—¿Hasta cuándo?
La joven miró el objeto que sostenía.
—Hasta descubrir cuál de ellos romperá primero.
Regreso al refugio
El sol comenzaba a desaparecer cuando la camioneta llegó finalmente a Puebla.
Kael observó las luces de la ciudad.
Había pasado poco tiempo desde la última vez que estuvo allí.
Pero sentía que había cambiado.
Quizá no era Puebla.
Quizá era él.
Ayato se estiró.
—Por fin.
Iktan miró el refugio a la distancia.
—¿Ese es nuestro hogar?
Kael sonrió.
—Por ahora.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse.
CRRRAAAACK...
La camioneta entró.
El reloj central del refugio marcaba exactamente las seis de la tarde.
Elías los esperaba.
Cuando Iktan descendió...
El anciano lo observó durante varios segundos.
—Así que tú eres el tercero.
Iktan respondió:
—¿El tercero?
Elías sonrió.
—Ya lo entenderás.
La prueba de bienvenida
Ayato bajó rápidamente.
—Antes de que digas cualquier cosa...
No queremos otra prueba.
Elías levantó una ceja.
—No iba a decir nada.
Ayato suspiró aliviado.
—Perfecto.
—La prueba será mañana.
Ayato cerró los ojos.
—Lo sabía.
Kael comenzó a reír.
Iktan también.
Incluso Ren sonrió.
Durante unos minutos...
El refugio volvió a sentirse como un hogar.
Pero aquella tranquilidad duraría poco.
La habitación de los siete
Esa noche, Kael caminaba por uno de los pasillos cuando descubrió una puerta que nunca había visto.
Era una puerta circular.
En el centro había un símbolo.
Un cuervo con siete alas.
Kael tocó la manija.
La puerta se abrió sola.
Dentro había una habitación completamente vacía.
Solo existían siete círculos sobre el suelo.
Tres estaban iluminados.
Cuatro permanecían apagados.
Kael se quedó inmóvil.
Detrás de él apareció Elías.
—¿Quién construyó esta habitación?
Preguntó Kael.
Elías respondió:
—Nadie que conozcamos.
—¿Entonces?
—Apareció hace mucho tiempo.
Kael observó los tres círculos.
—¿Para qué sirve?
Elías caminó lentamente hacia el centro.
—Cuando los siete estén juntos...
La habitación mostrará algo.
—¿Qué?
Elías negó.
—Nunca hemos llegado a descubrirlo.
Kael miró los cuatro círculos apagados.
—Entonces algún día lo veremos.
—Si sobreviven hasta entonces.
El recuerdo de Iktan
Mientras tanto, Iktan estaba solo en una habitación.
Había colocado su pequeña piedra sobre la mesa.
La observaba.
Intentaba recordar algo.
Su madre.
Su voz.
Su rostro.
Pero solo encontraba vacío.
Cerró los ojos.
Una lágrima apareció.
—No quiero olvidarte.
La piedra comenzó a vibrar.
Iktan abrió los ojos.
Por un instante...
Escuchó una voz.
Una voz femenina.
Muy débil.
—No tengas miedo.
Iktan se levantó.
—¿Mamá?
La voz desapareció.
La piedra dejó de moverse.
Iktan la tomó entre sus manos.
No sabía si aquello había sido real.
O simplemente otro recuerdo que su mente se negaba a perder.
El primer pacto
En otra habitación, Ayato estaba sentado frente a Kael.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—No quiero que esto termine.
Kael lo miró.
—¿Qué cosa?
—Esto.
El equipo.
Las misiones.
Las bromas.
Todo.
Kael sonrió.
—Entonces no dejemos que termine.
Ayato extendió el puño.
Kael chocó el suyo.
—Seven Crows.
—Seven Crows.
Desde el pasillo...
Iktan los observaba.
Sonrió.
Y se acercó.
—¿Puedo?
Ayato extendió el puño.
Iktan lo chocó.
Kael colocó su mano sobre las de ambos.
Tres personas.
Un pacto.
Tres círculos iluminados.
Cuatro esperando.
Pero alguien los estaba observando
En la torre más alta del refugio...
Una pequeña figura permanecía sentada sobre el tejado.
Un cuervo negro.
Sus ojos reflejaban la luz de la luna.
En su pata llevaba un pequeño aro metálico.
El mismo símbolo que había aparecido en el Atlas.
El ave levantó el vuelo.
Cruzó la ciudad.
Y desapareció entre las nubes.
Muy lejos...
La joven de la estación abrió los ojos.
El cuarto objeto de su caja comenzó a brillar.
Sonrió.
—Ya los encontré.
Aquella noche...
Los tres nuevos compañeros dormían bajo el mismo techo.
Kael soñaba con siete cuervos.
Ayato soñaba con una tormenta.
Iktan soñaba con una voz que no podía recordar.
Y en algún lugar de México...
El cuarto portador despertaba por primera vez.
Todavía no sabía quién era.
Todavía no conocía a los Seven Crows.
Pero el Timeline ya había decidido unir sus caminos.
Porque el tiempo no había reunido a aquellos jóvenes por casualidad.
Los estaba preparando.
Uno por uno.
Como piezas de un juego cuya primera partida había comenzado siglos atrás.
Y mientras el reloj del refugio marcaba la medianoche...
Una frase apareció en una pared que llevaba cientos de años vacía:
"TRES HAN ENCONTRADO SU CAMINO."
Una segunda línea apareció debajo.
"UNO ESTÁ PERDIDO."
Y finalmente...
Una tercera.
"PERO EL QUINTO YA ESTÁ EN MOVIMIENTO."
El reloj se detuvo.
Tac.
Silencio.
Y después...
Tac.
El tiempo continuó.
Pero algo había cambiado.




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