Cronos Nexus

capitulo 15 Las Huellas de una Línea Imposible

El nombre que no debía existir

«El pasado no siempre quiere ser recordado. Algunas veces, cuando intentas abrir una puerta que fue cerrada hace demasiado tiempo, descubres que alguien la estaba manteniendo cerrada desde el otro lado.»

La mañana después de Nayara

El amanecer llegó lentamente a Puebla.

La luz atravesó las ventanas del refugio y cayó sobre los pasillos de piedra.

Pero aquella mañana nadie parecía tener prisa por comenzar el día.

En la sala principal, Kael permanecía sentado frente a una mesa.

Sobre ella estaban colocados tres objetos.

Su reloj de bolsillo.

La pieza metálica con el símbolo de la estrella.

Y la pequeña piedra que Iktan había llevado desde su pueblo.

Kael los observaba sin tocarlos.

Había pasado casi toda la noche intentando comprender lo ocurrido.

Nayara.

El Cronista.

Los Astrales.

La Quinta Línea.

El quinto portador.

Todo parecía estar relacionado.

Pero cuanto más intentaba unir las piezas...

Más preguntas aparecían.

—Estás pensando demasiado.

Kael levantó la mirada.

Ayato estaba parado frente a él.

Tenía el cabello desordenado y una taza en la mano.

—¿Dormiste?

Preguntó Kael.

—No.

—¿Por qué?

Ayato tomó asiento.

—Porque alguien vino a nuestro refugio, dijo que conocía a la madre de Iktan, habló de un quinto portador que puede alterar el tiempo y después se fue caminando tranquilamente.

Kael sonrió.

—Cuando lo dices así...

—Es exactamente así.

Kael soltó una pequeña risa.

Ayato dejó la taza sobre la mesa.

—Pero hay algo que no me deja tranquilo.

—¿Qué?

Ayato señaló la pieza metálica.

—Nayara dijo que el quinto quiere salvar a alguien.

Kael asintió.

—Sí.

—Entonces quizá no sea nuestro enemigo.

Kael permaneció callado.

—Tal vez.

Ayato lo miró.

—¿No lo crees?

—Creo que alguien capaz de alterar el Timeline puede convertirse en un enemigo aunque no quiera serlo.

Ayato bajó la mirada.

—Eso suena bastante triste.

—Lo es.

Iktan no había dormido

En el otro extremo del refugio...

Iktan se encontraba sentado en el suelo.

Tenía frente a él una hoja de papel.

La misma que había comenzado a escribir el día anterior.

Había añadido una nueva frase.

«No recuerdo la voz de mi madre, pero recuerdo que cuando hablaba, el miedo desaparecía.»

Iktan leyó las palabras varias veces.

Después tomó el lápiz.

Quiso escribir algo más.

Pero no pudo.

Había un vacío.

Una parte de su infancia que parecía estar detrás de una puerta.

Sabía que había algo allí.

Podía sentirlo.

Pero no podía entrar.

Iktan cerró los ojos.

—Mamá...

Nada.

Abrió los ojos.

Entonces escuchó pasos.

—¿Puedo entrar?

Era Kael.

Iktan asintió.

Kael se sentó frente a él.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente Iktan preguntó:

—¿Crees que Nayara dijo la verdad?

—No lo sé.

—¿Crees que conoció a mi madre?

Kael tardó un poco más en responder.

—Quiero creer que sí.

Iktan bajó la mirada.

—Yo también.

El miedo de Iktan

Kael observó la hoja.

—¿Seguiste escribiendo?

—Un poco.

—Eso está bien.

Iktan negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tengo miedo.

Kael lo miró.

—¿De qué?

Iktan apretó el papel.

—De que llegue un día en que no recuerde absolutamente nada de ella.

Kael no respondió inmediatamente.

Iktan continuó:

—¿Sabes qué es lo peor?

Kael negó.

—Que quizá algún día alguien me diga cómo era.

Me cuente todo.

Me diga su nombre.

Me diga cómo hablaba.

Me diga qué le gustaba.

Y yo...

No sentiré nada.

Kael bajó la mirada.

Aquella posibilidad le dolía incluso sin conocer a la mujer.

—Entonces vamos a encontrar una manera de evitarlo.

Iktan levantó la mirada.

—¿Cómo?

Kael respondió:

—No lo sé todavía.

Pero vamos a buscarla.

Iktan sonrió ligeramente.

—¿Aunque no tenga sentido?

—Especialmente si no tiene sentido.

La reunión

A las nueve de la mañana, Ren reunió a todos.

Elías había colocado varios mapas sobre la mesa.

Ayato, Iktan y Kael se sentaron frente a él.

Ren permaneció de pie.

—Lo de ayer cambió nuestra situación.

Ayato levantó la mano.

—¿Para peor?

Ren lo miró.

—Sí.

Ayato bajó lentamente la mano.

—Era una pregunta retórica.

Ren continuó.

—Hasta ayer creíamos que estábamos investigando el despertar de los portadores.

Ahora sabemos que alguien más está investigándonos a nosotros.

Kael colocó la pieza de metal sobre la mesa.

—Y conocemos el símbolo.

Elías señaló la estrella.

—Los Astrales.

Iktan preguntó:

—¿Realmente desaparecieron todos?

Elías negó.

—No podemos afirmarlo.

Ren agregó:

—Pero los registros oficiales dicen que sí.

Ayato levantó una ceja.

—¿Y los registros no oficiales?

Elías lo miró.

—Dicen algo diferente.

—¿Qué?

El anciano extendió un mapa.

—Que uno sobrevivió.

El mapa de México

El mapa estaba lleno de marcas.

Yucatán.

Chiapas.

Puebla.

Jalisco.

Y varias regiones más.

Pero había una línea que conectaba todos esos puntos.

Kael se acercó.

—¿Qué es?

Elías respondió:

—Las rutas conocidas de los Astrales.

Iktan señaló el sur.

—¿Por qué comenzaron en Yucatán?

—Porque allí encontraron uno de los primeros templos relacionados con el Timeline.

Ayato señaló Puebla.

—¿Y por qué termina aquí?

Ren respondió:

—Porque el refugio fue construido sobre una de esas rutas.




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