Espoleó a su yegua que trotaba por el campo de hierba. Ya casi llegaba a Angkor, la capital del condado de Keneth; un territorio costero en el noroeste de Cenith que hacía frontera con Thersus a tres semanas del palacio.
Finalmente, dos horas después, la vio. Con imponentes muros de piedra, pero nada comparados con los muros de la capital, la ciudad se erguía orgullosa con las aguas del océano Midcrest reluciendo en un azul cristalino. Merebeth, se acercó a la entrada resguardada por los dos guardias que lucían aburridos. Cuando la vieron, ambos se irguieron en su posición y la miraron curiosos, uno incluso ladeó la cabeza.
-Nombre y motivos de su visita. -la joven no se sorprendió ante la seguridad, Angkor era la capital de un condado que hacía frontera con un reino en términos no muy amistosos con Cenith. Pues Thersus y Cenith tenían puntos de vista muy diferentes en cuanto a la forma de gobernar.
-Mi nombre es Melia, vengo desde Preweth en busca de trabajo. -Merebeth respondió calmadamente, impasible ante las mentiras que salieron naturalmente de su boca. Una vida entera en la corte la habían enseñado a mentir como si fuese una segunda naturaleza, no habría sobrevivido a los juegos de política de lo contrario.
Los dos hombres la escudriñaron durante unos segundos antes de que el de la izquierda asintiese y el de la derecha la dejase pasar por el puente levadizo.
Cuando traspasó el puente, la joven inspiró y cerró los ojos durante un momento para terminar de digerir lo que sería su nueva vida, y fue consciente de que estaba completamente perdida. Merebeth, Melia ahora, no tenía ni idea de qué hacer en esos tres años. Cuando los abrió, una concurrida calle le dio la bienvenida a Angkor. Dio dos pasos cuando sintió una presencia a su derecha. La chica no tuvo tiempo a girarse cuando el recién llegado habló.
-Mi señora, la yegua. -con aquello supo quién era. Al girarse y ver la máscara de búho debajo de la capa solo confirmó que era un enviado de su madre.
-Entiendo. -suspiró. Le tenía gran cariño a su yegua y no le agradaba separarse de lo último de su vida en la corte. Pero la tradición era clara, no podía llevarse nada fuera de lo indispensable. Y su yegua no era algo con lo que moriría si no lo poseía. Acarició por última vez el pelaje de Ekaia cariñosamente y le dio las riendas al Guardia Nocturno.
-La reina le desea suerte, mi señora. Que las Estrellas iluminen su camino y cuiden su destino. -Melia sonrió suavemente y asintió ante la leve inclinación del Guardia.
-Que la Noche ampare tu camino. -susurró como despedida antes de que el Guardia desapareciera en las sombras de algún callejón y ella empezase a curiosear la calle.
Melia se dio cuenta rápidamente que aquel día debía de ser algún día de mercado por los puestos ambulantes establecidos. La joven observó con creciente curiosidad un puesto que anunciaba poderosos artilugios mágicos mas un vistazo a ellos le dijo que la mitad de éstos no tenían ningún efecto real y que los restantes solo estaban imbuidos con débiles hechizos. Melia negó con la cabeza y siguió adelante. Un dulce aroma de pan recién horneado le recordó que no había comido nada desde aquella mañana y Melia se dispuso a seguir el olor para comprar algo y poder llenar su estómago vacío, aún le quedaban un par de escudos de oro en su bolsita.
Cuando pasaba por delante de una calle más estrecha, sintió escalofríos en su espalda. Melia se detuvo en seco y miró hacia la calle. Justo cuando iba a encogerse de hombros y seguir su camino, tuvo la intuición de adentrarse en la calle. Melia suspiró, sus instintos raramente le fallaban por lo que se adentró en la calle completamente vacía. Su intuición la llevó a girar a la derecha y luego a la izquierda y fue cuando se detuvo en seco. La joven parpadeó ante la escena de cuatro niños burlándose de otro. Sintió su ojo contraerse y se limitó a suspirar, pero su tranquilidad desapareció en cuanto escuchó a una niño llamar al que estaba en el suelo "monstruo". Melia se aclaró la garganta.
-¿Qué hacen cinco niños en una calle tan estrecha y apartada de las calles principales? -los cuatro niños de pie se sobresaltaron y se giraron. El de en medio con el ceño fruncido.
-¿Y a ti qué te importa? -el tono descarado impresionó a Melia, nadie se había atrevido a hablarle así. Ni cuando era una simple niña de cinco años, aunque el título de "princesa heredera" tendría que ver mucho con ello.
-Vuestras madres deben de estar preocupadas de tu desaparición y también decepcionadas ante tu comportamiento.
-¿Qué comportamiento? -¡el descaro de ese rubio! La joven parpadeó antes de recomponerse.
-Esas burlas son inmaduras y tontas. Solo demuestra tu poca edad mental. -la cara de desconcierto le indicó que no entendieron la mitad de lo que había dicho.
-¿Inmaduras? ¿Edad mental? ¿Qué...?
-Os está diciendo que sois estúpidos en vuestra cara, par de tontos. -la burla provino desde el suelo. Melia quiso palmearse la frente ante el niño de cabello negro y ojos verdes. Era estúpido si llamaba la atención de esa forma y no huía cuando le había dado la oportunidad al distraer a sus agresores.
-Niños. -suspiró ella.
-¡Tú cállate monstruo! ¡Todos saben que tu padre te abandonó por miedo a ti! -la rabia del niño fue obvia y Melia sintió su propia furia crecer en su estómago.
-Cállate. -siseó el niño. -¡Cállate!
-¿Triste por que te digan la verdad?
-SIlencio. -el tono de Melia no admitió ninguna réplica e hizo temblar a los cuatro muchachos. No era extraño ya que era el tono que la joven usaba ante los nobles que deseaban aprovecharse de ella al notar su inocencia. -Iros ahora. Y nunca más os atrevéis a usar la palabra monstruo sin saber lo que realmente significa. -los ojos azules de la chica relucieron con un frío hielo. Los cuatro niños se fueron corriendo tras darle una última mirada burlona al chico y una temerosa a Melia.