Isabel Di Marco
Desperté con un dolor punzante en el cuello y una punzada en la cabeza que me hizo soltar un gemido ahogado. Mi primer pensamiento fue de confusión y terror. Sentí una opresión en el pecho y un malestar general, mientras el sonido constante de un ventilador chirriante era lo único que rompía el silencio en la oscuridad. Abrí los ojos lentamente, tratando de enfocar mi visión. Lo que vi me llenó de pánico.
Estaba atada a una silla en un cuarto que olía a humedad y a podrido. Las paredes, sucias y desconchadas, estaban cubiertas con manchas que indicaban un abandono prolongado. El polvo y la suciedad acumulada en el suelo se mezclaban con los restos de lo que parecía ser comida y escombros. Mi vestido rojo estaba rasgado y cubierto de polvo, las telarañas se enredaban en las fibras desgarradas. Las huellas de la explosión y la lucha aún eran evidentes en mi ropa y en mi piel.
El dolor en mi cuello era agudo y constante, y mi cabeza zumbaba con una intensidad que hacía difícil concentrarse. Recordé vagamente la explosión y el pánico que siguió, pero lo que más me preocupaba era la presencia de una aguja en mi cuello antes de perder el conocimiento. Mi mente se dirigió de inmediato a las palabras de Angelo, las advertencias y consejos que me había dado sobre cómo enfrentar situaciones como esta. Sus palabras resonaban en mi cabeza, recordándome lo que podría hacerme el enemigo y cómo debía actuar.
Intenté moverme, pero las ataduras alrededor de mis muñecas eran demasiado apretadas. El dolor en mis muñecas se intensificaba con cada intento de liberarme. La desesperación comenzó a crecer dentro de mí. Me forcé a recordar las técnicas de defensa personal que Lorenzo me había enseñado, aunque en este momento, con las manos atadas, sentía que mis opciones eran limitadas.
Miré alrededor, tratando de encontrar alguna manera de liberarme. La silla en la que estaba atada era de metal, y las ataduras eran lo suficientemente resistentes como para que no pudiera romperlas con facilidad. El lugar parecía estar vacío, pero el mal olor y el ambiente opresivo me hacían sentir aún más vulnerable.
Recuerdo cómo Angelo había enfatizado la importancia de mantener la calma y buscar oportunidades. Pensé en cómo me había advertido sobre los métodos crueles que algunos enemigos podrían usar. Me concentré en controlar mi respiración, tratando de no dejar que el miedo y el pánico me dominaran. La situación era grave, pero tenía que encontrar una forma de escapar. La voz de Angelo en mi mente era mi ancla en medio de la tormenta emocional.
El dolor en mi cabeza y el mareo me dificultaban pensar con claridad, pero la determinación era lo que me mantenía enfocada. Tenía que encontrar una salida, no solo por mí misma, sino también porque sabía que Angelo estaría buscando cualquier pista para encontrarme. El recuerdo de su preocupación y amor por mí me daba fuerzas para seguir adelante. Si podía mantener la calma y utilizar todo lo que me había enseñado, tenía una oportunidad de escapar.
Cada segundo que pasaba me parecía una eternidad, y el malestar en mi cuerpo era casi insoportable. La incertidumbre sobre lo que podría pasarme y la preocupación por Angelo me impulsaban a encontrar una solución. Con cada intento, sentía que la esperanza se desvanecía, pero la voz de Angelo en mi mente seguía siendo una fuente de fortaleza.
Finalmente, me di cuenta de que necesitaría encontrar una forma de llamar la atención o buscar algún recurso que me permitiera liberarme. La situación era desesperada, pero la promesa de recuperar mi libertad y la certeza de que Angelo no se detendría hasta encontrarme me dieron la fuerza necesaria para seguir luchando.
El silencio en la habitación se rompió por el sonido de una puerta chirriante que se abría lentamente. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando vi una sombra proyectada en la pared. La figura de un hombre alto y robusto apareció en el umbral de la puerta, su presencia imponía una sensación de maldad palpable. Era un hombre grande y musculoso, con una presencia física dominante que llenaba el espacio con su imponente figura. Su cabello era blanco como el hielo, tan blanco que parecía casi luminoso en la penumbra del cuarto. Sus ojos, de un gris acerado, tenían una mirada helada y calculadora, que transmitía una intensidad inquietante.
Su piel era pálida, casi translúcida, y el contraste con sus ojos fríos hacía que su expresión fuera aún más perturbadora. Llevaba un traje oscuro, perfectamente ajustado a su figura corpulenta, y una corbata negra que parecía desentonar con el entorno sucio y desolado en el que me encontraba. El acento ruso que usó al hablar era marcado y arcaico, añadiendo un toque de brutalidad a sus palabras.
Sus movimientos eran meticulosos y elegantes, pero había una frialdad en ellos que hacía que me sintiera aún más incómoda. Cada paso que daba resonaba en la habitación con una firmeza que parecía acompañada de una amenaza implícita. Su presencia no solo llenaba el espacio físico, sino también el aire de una tensión que casi se podía cortar con un cuchillo.
"Así que la pequeña princesa finalmente despierta," dijo con un acento ruso marcado, su voz profunda y resonante tenía un tono burlón que me hizo sentir aún más vulnerable. Su mirada recorrió mi figura con una mezcla de desdén y curiosidad, y pude ver en sus ojos que no había simpatía ni compasión en su expresión.
Se acercó a mí con una mirada amenazante y me miró con un desprecio calculado. "Sabes quién soy, ¿verdad?" preguntó, su voz era un rugido bajo que parecía vibrar con cada palabra. "Soy quien tiene las respuestas que necesitas y, por lo tanto, también el poder de hacerte sufrir."
Levanté la vista hacia él, intentando mantener la calma a pesar de la desesperación que sentía. El ruso empezó a hacerme preguntas sobre Angelo, su tono era exigente y sus palabras estaban cargadas de una furia contenida. "¿Dónde está Angelo? ¿Qué sabes de sus operaciones? ¿Por qué crees que te ha protegido?"
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Editado: 21.07.2025