Crown of darkness

Cinquantasei.

Las semanas habían pasado desde aquel enfrentamiento con Sergei, pero las sombras del pasado no me dejaban en paz. Aunque había vivido con el recuerdo de aquella noche durante años, nunca había tenido una pesadilla tan vívida, tan real. Y esa noche, por primera vez, el sueño me arrastró de vuelta a aquel infierno.

Estaba de pie en medio de la sala de mi casa de la infancia, un lugar que había intentado borrar de mi memoria. Todo parecía tan real: el olor a madera vieja, el sonido del viento golpeando las ventanas, la luz tenue de la lámpara que colgaba del techo. Y entonces, los escuché. Las voces de mis padres, riendo en la cocina. Mi madre preparaba la cena, como solía hacerlo todas las noches, y mi padre la ayudaba, contándole historias de su día.

—¡Angelo! —llamó mi madre, su voz dulce y cálida—. Ven, la cena está lista.

Intenté moverme, pero mis pies parecían clavados al suelo. Sabía lo que venía después. Lo sabía, pero no podía hacer nada para evitarlo. Y entonces, los escuché: disparos afuera. Eran leves al principio, como petardos en la distancia, pero pronto se volvieron más fuertes, más cercanos. Mis padres se miraron, confundidos y asustados.

—¿Qué está pasando? —preguntó mi madre, su voz temblorosa.

—Quédate aquí —ordenó mi padre, tomando un cuchillo de la cocina—. Voy a ver.

Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, esta se abrió de golpe. El hombre entró con paso firme, su rostro oculto bajo la sombra de un sombrero, pero yo sabía quién era. El ruso. El mismo que había estado detrás de la muerte de mis padres. Llevaba un arma en la mano, y su mirada fría y calculadora me heló la sangre.

—Salgan de aquí —ordenó, apuntando a mis padres—. Esto no tiene que ser complicado.

—¡No! —grité, pero mi voz no salió. Estaba paralizado, incapaz de moverme, incapaz de hacer algo más que mirar.

Mis padres se miraron, confundidos y asustados, pero antes de que pudieran reaccionar, el ruso disparó. El sonido del disparo resonó en la habitación, y vi cómo mi madre caía al suelo, seguida de mi padre. La sangre se extendía por el piso, y yo seguía allí, inmóvil, incapaz de hacer nada.

—Angelo —susurró el ruso, acercándose a mí—. Tú deberías estar muerto también.

Levantó el arma y apuntó directamente a mi cabeza. Sentí el frío del cañón contra mi piel, y entonces, disparó.

Pero no morí. En lugar de eso, sentí un dolor insoportable en mi torso. Miré hacia abajo y vi cómo el ruso mutilaba mi rostro, cortando mi piel con un cuchillo, riéndose mientras lo hacía. La sangre brotaba, y el dolor era tan real que casi podía sentirlo en la vida real.

—¡Joven Di Marco! —escuché gritar a los hombres de mi padre, entrando en la habitación. Disparos, gritos, y entonces, todo se volvió negro.

En ese momento, sentí que alguien me tocaba. Era una mano suave, cálida, tratando de sacarme de la pesadilla. Pero en mi sueño, era el ruso, acercándose para terminar lo que había empezado. Sin pensarlo, reaccioné.

—¡No! —grité, agarrando la mano con fuerza, demasiada fuerza. En mi mente, estaba luchando por mi vida, pero en la realidad, estaba lastimando a la única persona que me importaba.

—¡Angelo! —escuché su voz, llena de dolor y sorpresa—. ¡Me estás lastimando!

Me desperté de golpe, cubierto de sudor y con el corazón latiendo a mil por hora. La habitación estaba oscura, pero el eco de la pesadilla aún resonaba en mi mente. Miré a mi lado y vi a Isabel, sosteniendo su muñeca enrojecida, mirándome con una mezcla de preocupación y dolor.

—Mi Principessa... —dije, sintiendo cómo el remordimiento me ahogaba—. Lo siento... no quería...

—Está bien —respondió, aunque su voz temblaba—. Solo fue un sueño, Angelo. No estás allí. Estás aquí, conmigo.

—No lo entiendo —dije, pasándome una mano por el rostro—. Nunca había tenido una pesadilla así. Fue tan real... tan real que pensé que estaba allí otra vez.

Ella se acercó a mí, tomando mi mano con cuidado, como si temiera que volviera a lastimarla.

—Angelo, no tienes que enfrentar esto solo —dijo, su voz suave pero firme—. Estoy aquí para ti. Pero necesitas hablarme de lo que pasó. Necesito entender por qué esto te atormenta tanto.

—No sé por dónde empezar —confesé, mirándola a los ojos—. Fue hace tanto tiempo, pero a veces siento que fue ayer. Mis padres... el ruso... todo lo que perdí...

—Empieza por el principio —dijo, acariciando mi mano—. No importa cuánto tiempo tome. Lo importante es que no te guardes esto dentro.

La miré, sintiendo cómo el peso de la pesadilla se aliviaba un poco. Sabía que tenía razón, que no podía seguir cargando con esto solo. Pero también sabía que el pasado no iba a desaparecer tan fácilmente.

Las palabras de Isabel seguían resonando en mi mente: "No tienes que enfrentar esto solo." Tal vez tenía razón. Tal vez no podía cambiar el pasado, pero podía decidir cómo vivir el presente. Y mientras ella estuviera a mi lado, sabía que podría enfrentar cualquier cosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.