Isabel Di Marco
Me desperté con un dolor sordo en las muñecas y un ligero ardor en la mejilla. Al principio, no entendía por qué me dolía tanto, pero cuando me senté en la cama y miré mis manos, lo vi: mis muñecas estaban moradas, con la forma de dedos claramente marcada en la piel. Me llevé la mano al rostro y sentí un pequeño moretón en la mejilla, justo donde Angelo me había rozado sin querer durante la noche.
—Dios mío —susurré, tocando suavemente el moretón. Sabía que él no lo había hecho a propósito, pero ver las marcas físicas de su pesadilla me dejó con un nudo en el estómago. Respiré hondo, tratando de calmarme, y me levanté para ir al baño. El agua fría en mi rostro me ayudó a despejarme un poco, pero las marcas en mi piel seguían ahí, recordándome lo que había pasado.
Al salir del baño, lo encontré sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. Parecía agotado, como si no hubiera dormido en toda la noche. Cuando levantó la mirada y vio las marcas en mi piel, su expresión cambió de cansancio a horror.
—Mi Principessa... —dijo, su voz quebrada—. Lo siento... no quería lastimarte. No me di cuenta...
—Lo sé —respondí, acercándome a él—. No fue tu culpa. Estabas teniendo una pesadilla, Angelo. No eras tú.
—Pero te lastimé —dijo, levantándose y tomando mis manos con cuidado, como si temiera hacerme más daño—. No puedo creer que te hice esto.
—No importa —dije, aunque el dolor en mis muñecas me decía lo contrario—. Lo importante es que estás bien. Y que estamos juntos en esto.
Él me abrazó con fuerza, y sentí cómo su cuerpo temblaba. Sabía que la pesadilla aún lo atormentaba, pero no podía evitar preguntarme cuánto más podríamos aguantar así. Las marcas en mi piel eran un recordatorio de que esto no iba a ser fácil.
Las semanas habían pasado desde aquella mañana en la que desperté con las marcas de Angelo en mis muñecas. Desde entonces, las cosas habían cambiado entre nosotros. Él se había abierto más, poco a poco, como si el miedo a lastimarme hubiera sido el impulso que necesitaba para dejar entrar un poco de luz en su oscuridad. Aunque seguía siendo reservado, ya no sentía esa barrera invisible que antes lo mantenía distante. Había empezado a contarme más sobre su día, sobre sus preocupaciones, y hasta había aceptado mi ayuda para reforzar la seguridad en la mansión.
Era un día normal, o al menos lo más cercano a "normal" que podíamos tener. El sol entraba por las ventanas del comedor mientras desayunábamos juntos. Angelo estaba leyendo unos papeles, como solía hacer todas las mañanas, pero esta vez no estaba completamente sumergido en sus pensamientos. De vez en cuando, levantaba la mirada para sonreírme o hacer algún comentario. Era un pequeño gesto, pero para mí significaba mucho.
—¿Qué tienes planeado para hoy? —preguntó, doblando el periódico y dejándolo a un lado.
—Pensaba revisar algunos documentos —respondí, tomando un sorbo de café—. Hace tiempo que no ejerzo, pero no quiero perder la práctica. Además, podría ser útil en algún momento.
Él asintió, pero su expresión se tornó un poco más seria.
—¿Documentos legales? —preguntó, con curiosidad.
—SÍ —dije, sonriendo—. Soy licenciada en derecho, ¿recuerdas? No todo en mi vida gira en torno a ser "la Principessa de Angelo".
Él rió, un sonido bajo y ronco que me hizo sonreír aún más.
—Lo sé —dijo—. Y no quiero que lo sea. Solo quiero asegurarme de que estás segura.
—Lo estoy —respondí, tomando su mano sobre la mesa.
Él apretó mi mano suavemente, pero su mirada se volvió más pensativa.
—Isabel, hay algo que he estado pensando —dijo, después de un momento—. Tal vez podrías ayudarme con algo relacionado con tu profesión.
—¿De qué se trata? —pregunté, intrigada.
—Hay algunos asuntos legales que necesitan atención —explicó—. Cosas que no puedo manejar solo. Y confío en ti más que en nadie.
Sus palabras me tomaron por sorpresa, pero también me llenaron de una sensación de propósito. Durante semanas, había estado pensando en cómo podía contribuir más, en cómo podía usar mis habilidades para ayudarlo. Y ahora, él mismo me estaba dando la oportunidad.
—Claro que te ayudaré —dije, sonriendo.
Más tarde, mientras revisaba algunos documentos en la biblioteca, no pude evitar recordar los sueños que había tenido nuevamente. Sueños en los que estaba en un tribunal, defendiendo a alguien, luchando por la justicia. Era algo que había dejado atrás cuando mi vida se entrelazó con la de Angelo, pero ahora sentía que era el momento de retomarlo.
Decidí que era hora de hablar con él al respecto. No solo quería ayudarlo con sus asuntos legales, sino también retomar mi carrera. Sabía que no sería fácil, pero también sabía que era necesario. Para mí, y para nosotros.
Esa noche, después de la cena, lo encontré en su estudio. Estaba sentado frente a su escritorio, revisando algunos papeles, pero se detuvo al verme entrar.
—¿Todo bien? —preguntó, levantando la mirada.
—SÍ —dije, cerrando la puerta detrás de mí—. Quería hablar contigo sobre algo.
Él asintió, señalando la silla frente a su escritorio. Me senté y respiré hondo antes de comenzar.
—He estado pensando —dije, mirándolo directamente a los ojos—. Sobre mi carrera. Sobre lo que dejé atrás cuando todo esto comenzó.
Él frunció el ceño, pero no dijo nada, esperando a que continuara.
—Soy abogada, Angelo —dije, con firmeza—. Y aunque he estado feliz de estar aquí contigo, siento que necesito retomar mi profesión. No solo para ayudarte, sino para mí. Para sentir que estoy contribuyendo de verdad.
Él permaneció en silencio por un momento, como si estuviera procesando mis palabras. Luego, asintió lentamente.
—Entiendo —dijo, finalmente—. Y creo que es una buena idea. Pero necesitamos asegurarnos de que estés segura. No puedo permitir que te pongas en peligro.
—No se trata de ponerme en peligro —respondí—. Se trata de hacer lo que sé hacer. De usar mis habilidades para ayudarte, pero también para crecer como persona.
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Editado: 29.07.2026