Cruel

Capitulo 01: El día que me convertí en su mujer ✮

Estaba sentada frente a mi padre y al señor Joseph, el CEO de una importante empresa internacional, intentando aparentar una tranquilidad que no sentía. Sobre la mesa reposaban tazas de café intactas, y el aire olía a perfume caro, y dinero. A ese tipo de poder silencioso que siempre me había hecho sentir fuera de lugar.

Mi padre, propietario de su propia empresa, hablaba con una naturalidad ensayada, como si aquella reunión no tuviera nada de extraño.

—Nora siempre ha sido una joven discreta —decía, con esa sonrisa suya que solo aparecía cuando quería impresionar a alguien—Educada, responsable… sabe comportarse.

Yo permanecía callada, con las manos entrelazadas sobre el regazo, sintiéndome menos una hija y más una carta bien colocada sobre la mesa.

El señor Joseph me observaba con una atención que me incomodaba. No era una mirada amable ni particularmente cruel; era algo peor. Era la mirada de alguien que evalúa, que mide, que calcula. Como si yo no fuese una persona, sino una posibilidad.

Durante unos minutos, la conversación fluyó con una aparente normalidad. Mi padre y el señor Joseph hablaron sobre la posibilidad de establecer una alianza entre sus empresas, de nuevos contratos, inversiones y proyectos de expansión internacional. Incluso hubo un instante en el que pensé que tal vez mi presencia allí solo obedecía a una cortesía absurda de mi padre, una manera elegante de exhibirme ante un empresario tan influyente, como si yo también formara parte de las negociaciones.

Qué equivocada estaba.

Todo cambió cuando la puerta se abrió. El sonido fue seco, firme, y la atmósfera de la sala pareció tensarse de inmediato.

Entonces entro un hombre....Lo primero que llamó mi atención fue el tatuaje que recorría un lado de su cuello, oscuro, perfectamente definido, asomando por encima del cuello de su camisa. En una de sus manos también se alcanzaba a distinguir parte de otro tatuaje, justo donde terminaba la manga de su traje. No pude ver el resto. El traje negro, impecablemente ajustado, cubría por completo sus brazos y ocultaba cualquier otra marca que pudiera llevar en la piel.

Era alto. Demasiado alto. Su sola presencia alteró el aire de la habitación. Había algo intimidante en él, algo contenido y peligroso, como si toda su calma no fuera más que una forma refinada de violencia.

No saludó a nadie.

No miró a nadie.

O eso creí… hasta que sus ojos se posaron en mí.

Se detuvo apenas un instante, y luego avanzó con pasos tranquilos hasta tomar asiento. Su expresión no cambió, pero sentí aquel vistazo como una cuchilla deslizándose sobre mi piel. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo sin el menor disimulo. Te juro que me sentí avergonzada.

No se porque pero justo en ese momento mi garganta se secó.

Miré a mi padre, esperando alguna explicación, cualquier gesto que me ayudara a entender qué estaba ocurriendo. Pero él evitó mis ojos durante unos segundos, y ese pequeño detalle bastó para llenarme de un presentimiento espantoso.

Después carraspeó y se inclinó ligeramente hacia mí.

—Hija… —murmuró, y en su voz no había ternura, solo una incomodidad mal escondida—Lo lamento.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué…? —alcancé a susurrar, sin comprender.

Entonces el señor Joseph habló. Su voz fue serena, casi cordial, y precisamente por eso me heló la sangre.

—Tú serás la esposa de mi hijo—señaló al hombre que acababa de entrar.

El mundo se detuvo.

No de manera poética. No de esa forma delicada con la que las novelas describen la sorpresa. No. Fue brutal. Fue un golpe seco dentro del pecho, una caída sin aviso, durante un segundo pensé que había oído mal.

—¿Qué ha dicho? —pregunté, apenas moviendo los labios.

Nadie respondió de inmediato.

Volví la mirada hacia el hombre que acababa de entrar. Seguía sentado, inmóvil, observándome con un desprecio tan abierto que me ardieron las mejillas. Ni siquiera parecía sorprendido por lo que su padre acababa de anunciar. Al contrario: había en él una aceptación fría, una resignación arrogante, como si aquella situación también le resultara desagradable, pero no lo suficiente como para negarse.

Se inclinó un poco hacia su padre y, en voz baja, aunque no lo bastante como para que yo no lo oyera, susurró:

—¿En serio esta es la mujer?

Sus labios se torcieron con una mueca de repulsión.

—Esa mujer no es mi tipo. Para ser honesto, me cuesta encontrarle un solo rasgo bonito.

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Aquellas palabras me atravesaron con la precisión de una estaca.

No supe qué dolió más: el insulto en sí o la naturalidad con la que lo dijo, como si yo no estuviera allí, como si no fuera humana, como si mi humillación formara parte del acuerdo.

El señor Joseph le lanzó una mirada severa, aunque no por compasión hacia mí, sino por mera corrección.

—Solo es por el heredero —dijo con frialdad, como quien aclara los términos de una negociación—Después podrás desecharla y seguir con tu vida.

Yo dejé de respirar por un instante, luego noté un zumbido en los oídos, una presión insoportable en el pecho. Mis dedos temblaban. Y mis piernas se volvieron de pronto tan débiles que tuve que apoyarme en los brazos del sillón para no desmoronarme delante de ellos.

No. No podía estar pasando, sin pensarlo me levanté de golpe.

—No... padre mío.

Mi propia voz me sonó extraña, y lejana.

—No, esto… esto no puede…

Ni siquiera logré terminar la frase.

Dos hombres que hasta ese momento habían permanecido discretamente al fondo de la sala se acercaron con rapidez. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando sus manos se cerraron sobre mis brazos y me obligaron a volver a sentarme.

—¡Suéltenme! —grité, forcejeando—. ¡Papá! ¿Qué está pasando? ¡Papá!

Lo miré desesperada, buscando en su rostro algo que se pareciera al afecto, a la culpa, a un mínimo resto de humanidad.



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En el texto hay: mafioso, virgen, darkromace

Editado: 05.07.2026

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