✮AREN BORGAS✮
Corrí hasta el despacho de mi padre con la respiración trabada en el pecho y una furia seca clavándome las costillas.
La puerta estaba entornada. La empujé de golpe.
Mi padre seguía en su silla, desplomado hacia un lado, con el rostro ceniciento y la corbata aflojada. Una de las empleadas lo sostenía por los hombros, temblando más que él, murmurando cosas inútiles entre dientes como si el pánico pudiera servir de algo.
—Apártate —le solté.
Mi voz salió áspera.
La mujer obedeció en el acto. Me acerqué a mi padre, le toqué el rostro, y le di un par de palmadas secas en la mejilla.
—Papá.
No respondió.
—Padre, mírame.
Por un instante sentí una punzada brutal en el estómago. No miedo exactamente. Algo peor. Esa sensación helada de que el único hombre al que de verdad le había importado siempre ganar podía haberse desplomado justo en mitad de su propia jugada.
Entonces escuché pasos apresurados y el médico entró casi corriendo con un maletín en la mano.
—Déjenme espacio.
Me aparté a regañadientes. El hombre se inclinó sobre mi padre, le revisó el pulso, la respiración, empezó a darle primeros auxilios con una rapidez limpia, profesional. Todo ocurrió en segundos que se hicieron eternos.
Yo me quedé inmóvil, con las manos cerradas hasta hacerme daño, mirando cómo el médico trabajaba mientras una rabia sorda me trepaba por la nuca.
El médico siguió maniobrando, dio instrucciones rápidas, pidió agua, pidió espacio, volvió a controlar el pulso. Finalmente, después de unos segundos más que parecieron una hora, mi padre reaccionó con una sacudida mínima, un jadeo ronco, torpe, como si le hubieran arrancado el aire de las entrañas y se lo hubieran devuelto a la fuerza.
Exhalé despacio y el médico continuó examinándolo un rato más, hasta que por fin se incorporó y me miró con seriedad.
—Ha sido un episodio agudo provocado por estrés extremo. Debe guardar reposo. Nada de discusiones, nada de tensiones innecesarias. Si vuelve a someterse a este nivel de presión, la próxima vez podría ser peor.
Me pasé una mano por la cara, todavía sintiendo hervirme la sangre.
Estrés. Claro. Como si todo esto no fuera ya suficiente locura.
Como si yo no estuviera a horas de casarme con una mujer a la que no soportaba, por una operación empresarial que apestaba a imposición por todos lados.
—¿Se pondrá bien? —pregunté.
—Si descansa y evita alterarse, sí. Pero necesitan entender algo —dijo el médico, bajando un poco la voz— su padre ha cargado demasiada presión durante demasiado tiempo. La expansión, la fusión, los acuerdos… todo esto lo está llevando al límite.
Me dieron ganas de soltar una carcajada amarga.
—Perfecto —murmuré—El gran imperio casi se viene abajo por culpa del puto heredero, de la boda, del estrés… y aun así nadie piensa parar.
El médico me sostuvo la mirada con cautela, como si supiera que no convenía responder a eso.
—Puede verlo. Pero poco tiempo. Nada de alterarlo.
Asentí una sola vez.
Cuando entré de nuevo en el despacho, el ambiente había cambiado. Mi padre estaba incorporado apenas contra el respaldo, más pálido de lo normal, pero consciente. Al verme entrar, alzó un poco la cabeza.
—Hijo mío… ¿cómo estás?
Cerré la puerta detrás de mí y me acerqué despacio.
—¿Cómo estoy yo? —solté con una media sonrisa torcida—Viejo, mírate. Tú eres el que acaba de darnos un susto.
Él dejó escapar una respiración cansada, casi una sombra de risa.
—Estoy bien.
—No tienes cara de estar bien.
Me observó unos segundos. Incluso medio deshecho seguía teniendo esa forma de mirar que parecía atravesarlo todo, como si pudiera detectar hasta el menor titubeo bajo la piel.
—Te noto indeciso —dijo al final—Y eso me preocupa hijo.
Solté un bufido seco.
—Ya hemos hablado de esto. Corta con esa mierda. Me casaré con esa chica y ya está. Se hará lo que se acordó.
Mi padre guardó silencio un instante, estudiándome.
—No lo dices como alguien convencido.
—Lo digo como alguien cansado —respondí—No confundas una cosa con la otra.
Su mirada se desvió hacia el escritorio, como si necesitara un segundo para ordenar ideas antes de soltar la siguiente pieza.
—He hablado con el padre de la chica después de que te la llevaras.
Arqueé una ceja.
—¿Sí?
—Se puso a llorar, ese hombre.
Una risa sin humor me escapó por la nariz.
—Ahora llora.
No sé por qué aquello me supo a desprecio y a asco a la vez. El hombre había entregado a su hija como si cerrara una venta, y luego encontraba lágrimas para sí mismo. Patético.
Mi padre chasqueó la lengua con cansancio.
—No simplifiques las cosas.
—Las estoy simplificando porque alguien tiene que hacerlo.
Él me ignoró.
—Escúchame bien, Aren. Esa chica entra en esta casa como tu esposa. Y eso implica ciertas formas. No te estoy pidiendo cariño verdadero. No te estoy pidiendo amor. Pero sí te estoy exigiendo paciencia.
Me crucé de brazos.
—Ya sé lo que tengo que hacer.
—No, no lo sabes. —Su voz salió débil, pero firme—. Sabes obedecer. No es lo mismo.
Lo miré en silencio.
—El acuerdo sigue en pie —continuó—. Si esto sale bien, ambas empresas crecerán. La expansión se consolidará. El negocio aumentará. Lo sabes tan bien como yo. Pero no conviertas esa casa en un matadero.
Apreté la mandíbula.
—No habrá amor —dije con frialdad—. Solo cumpliré con lo pactado. Nada más.
Mi padre cerró los ojos un instante, como si aquello le pesara más de lo que quería admitir.
—Tal vez eso sea suficiente para ti —murmuró—Para ella no lo será.
No respondí.
—Yo te dije al principio que, una vez cumplida la parte que importa, podrías apartarla de tu vida. Pero he pensado—Volvió a abrir los ojos y me miró de frente—No la destruyas en el proceso.