Cruel

Capitulo 03: Vivirás un infierno✮

NORA.࿔𝄞°❀

La puerta se abrió con suavidad. Un instante después, Aren entró en la habitación y clavó la mirada en Olga.

—¿Ya le diste el agua? —preguntó de pronto.

La mujer negó con la cabeza.

—No, señor. Estaba esperando a que usted llegara.

Su expresión se endureció al instante.

—¿Y por qué demonios no cerraste la puerta con llave y fuiste por el agua? ¿Estabas esperando a que terminara de ducharme, Olga?

La mujer bajó la cabeza, visiblemente nerviosa.

—No podía, señor.

Aren frunció el ceño y entrecerró los ojos.

—¿Y se puede saber por qué?

—Porque esa mujer es un peligro, señor. No quise dejarla sola ni un solo minuto. Preferí esperar a que usted llegara para no correr riesgos.

Aren la sostuvo con la mirada unos segundos, evaluando la respuesta, y finalmente habló con frialdad.

—Ve por el agua.

—Sí, señor—Olga salió de la habitación casi que corriendo.

Aren acababa de salir de la ducha. Llevaba el cabello todavía húmedo y una toalla blanca sujetándole la cintura. El agua descendía lentamente por su pecho y sus hombros anchos mientras avanzaba hacia mí con una calma extraña.

Sin querer, mi mirada descendió apenas un segundo. La toalla dejaba entrever el tamaño de su masculinidad y sentí que la garganta se me cerraba.

Tragué grueso. Nunca había visto a un hombre así de cerca.

El calor me subió al rostro, no porque me gustara, sino por la vergüenza y la incomodidad de estar encerrada con él, prácticamente indefensa. Bajé la vista de inmediato, sintiendo que hasta respirar me costaba. Y me aterraba recordar que ese hombre sería mi esposo al amanecer.

Al cabo de unos segundos, Olga regresó con un vaso de agua. Lo dejó sobre la mesa y, sin decir una palabra más, volvió a salir, cerrando la puerta tras ella.

Aren tomó el vaso y me lo extendió.

—Bebe.

Miré el agua. Después lo miré a él, y toda la sed que había sentido hacía unos minutos había desaparecido.

En ese momento negué lentamente con la cabeza.

—No quiero.

Su expresión no cambió.

—Tómala.

Volví a negar.

—No...tu me vas a envenenar.

Mi voz apenas salió.

—Tómate la puta agua.

El tono de su voz me hizo estremecer. Pero el miedo no pudo más que mi orgullo.

—¡No quiero!

Durante un segundo todo quedó inmóvil. Pero después Aren lanzó el vaso con violencia contra el suelo. El cristal explotó en decenas de fragmentos y el agua se esparció por el mármol.

El estruendo me hizo dar un respingo. Me encogí sobre la cama y me llevé una mano al pecho, intentando calmar los latidos desbocados de mi corazón.

Él ni siquiera se molestó en mirar el desastre que había provocado. Con una calma inquietante, metió la mano en el bolsillo del pantalón que acababa de ponerse, sacó un vapeador y le dio una calada larga y profunda.

Expulsó el humo lentamente.

Luego dio otra.

Y otra más.

El humo escapó rápidamente entre sus labios mientras caminaba de un lado a otro de la habitación, como una fiera intentando contenerse. Al parecer usar ese aparato lo relajaba, pero aun asi eso es super malo para la salud.

Yo no dejaba de mirarlo. No sabía qué iba a hacer. Y eso era lo que más miedo me daba.

De pronto se detuvo y giró el rostro hacia mí. Sus ojos eran dos bloques de hielo.

—Mañana se te va a acabar esa puta rebeldia.

Sentí que el aire se me atoraba en la garganta y no me atreví a responder.

Solo apreté con fuerza la manta entre mis dedos, rezando para que la noche terminara de una vez.

Él permaneció distante unos segundos, con el vapeador entre los dedos. Después soltó una última bocanada de humo, sacó el teléfono del bolsillo y marcó un número.

—Doctor, suba a mi habitación. El suero ya terminó. Quiero que se lo retire.

Colgó sin esperar respuesta.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Yo seguía sentada sobre la cama, sin atreverme siquiera a levantar la cabeza.

A los pocos minutos llamaron a la puerta.

—Adelante—dijo Aren.

El médico entró con su maletín en la mano y me dedicó una sonrisa amable. No dijo nada, pero había algo en su mirada que me hizo sentir que entendía el infierno que estaba viviendo.

—Buenas noches.

Se acercó hasta la cama y observó la bolsa del suero.

—Ya terminó su medicina, joven.

Asentí en silencio, luego con cuidado retiró la cinta adhesiva que sujetaba la aguja a mi brazo.

—Puede doler un poco.

No alcanzó a terminar la frase cuando tiró suavemente de la aguja.

—Ay...

Fruncí el ceño por el ardor que recorrió mi brazo.

El doctor presionó un algodón sobre la pequeña herida durante unos segundos y luego colocó una curita.

—Listo. Ya está.

Me dedicó otra sonrisa antes de recoger sus cosas.

—Procure descansar.

El médico salió de la habitación y la puerta volvió a cerrarse tras él. Una vez más, Aren y yo quedamos completamente solos.

Aren guardó el teléfono en el bolsillo, se acercó al intercomunicador instalado en la pared y llamó a una de las empleadas de la mansión.

—Tráiganle algo de comer. Que sea suave, nada pesado. Y encarguénse de limpiar un vaso roto.

—Sí, señor Borgas.

No pasó mucho tiempo antes de que una mujer entrara con una bandeja. Había una sopa, pan recién horneado y un poco de fruta cortada.

Dos empleadas entraron en la habitación. Una dejó la bandeja sobre la mesa, mientras la otra recogió los pedazos del vaso roto y limpió el agua derramada. Cuando terminaron, abandonaron la habitación sin decir una sola palabra.

Aren la tomó con calma, caminó hasta la cama y la acomodó frente a mí para que pudiera comer.

—Come.

Miré la comida sin ganas porque tenía el estómago revuelto, y de inmediato negué con la cabeza.

—No quiero.

Él cerró los ojos durante un instante, como si intentara contener todo lo que llevaba por dentro. Cuando volvió a abrirlos, dejó escapar un susurro apenas audible.



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En el texto hay: mafioso, virgen, darkromace

Editado: 05.07.2026

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