Cruz

Capítulo 1

—¡Cruz! —Magdalena llama a su nieta, la cual no está por ningún lado 

—Ya sabes que no está por aquí —Bernando sonríe mostrando sus dientes ya gastados por la edad.

—¡Esa muchacha! —Magdalena rueda los ojos —Iré a preparar café, pasa Bernardo.

El hombre sigue a la mujer; ella aviva el fuego en el fogón, coloca la tetera ya negra por el fuego, vierte agua y echa la cantidad exacta de café.

—Cruz es feliz en el páramo —Bernardo se cruza de brazos —¿No piensas en sus padres?

Magdalena se sienta frente a Bernardo en la pequeña mesa donde tomaba los alimentos con Cruz.

—Cada día, me atormenta la idea de que no lograron salvarse, han pasado dieciocho años, desde que me dejaron a la niña.

Bernardo suspira.

—Eran una pareja joven.

Magdalena asiente con tristeza.

*****

Cruz suelta su larga cabellera castaña, le gustaba salir a caminar por la tarde, el páramo se extiende como un manto grisáceo bajo un cielo perpetuamente nublado. Es un lugar donde el viento susurra historias antiguas y lleva consigo el aroma a tierra mojada y hierbas silvestres. Las colinas onduladas están salpicadas de musgo y líquenes, y las rocas dispersas cuentan la historia de un paisaje esculpido por el tiempo.

El páramo de Altazor es conocido por su belleza austera, donde la vida se aferra con tenacidad en las condiciones más adversas. Pequeñas flores de colores vivos, como pinceladas de esperanza, emergen entre la vegetación rala, desafiando el frío con su presencia vibrante. Los arroyos serpenteantes cortan el terreno, sus aguas claras y frías reflejan el cielo plomizo.

Se sienta en una de las colinas mas altas del páramo,la vista de la ciudad es un espectáculo para contemplar. La ciudad se extiende como un tapiz de luces y sombras, con torres que se elevan hacia el cielo y calles que serpentean como ríos de piedra. Durante el día, los edificios brillan bajo el sol, reflejando destellos dorados que compiten con el azul profundo del cielo. Al caer la noche, la ciudad se transforma en un mar de luces titilantes, lo sabía porque muchas noches se escapó de casa para ver la ciudad de noche.

Suspira, debía volver, su abuela debía estar enojada con ella porque no había vuelto, pero realmente se aburría en casa.

Al regresar a casa, sus ojos se iluminan al ver el auto estacionado frente a su casa.

—¡Padrino! —grita emocionada, corre hacia la casa 

Al llegar se encuentra con una de tantas escenas que ha vivido a lo largo de los años.

—¡No es necesario ese aparato! —señala molesta Magdalena.

—No es para ti, vieja cascarrabias, es para Crucita.

—Padrino —interviene Cruz antes que se empiecen a pelear.

—Cruz —el hombre mayor se gira y abre los brazos para abrazarla.

Ella abraza a su padrino, su abuela tiene cara de pocos amigos.

—Vamos Magdalena, eso dijiste cuando traje la luz al páramo, te apuesto que ahora no puedes vivir sin la luz, también lo dijiste cuando compré el refrigerador.

Magdalena se cruza de brazos.

—Instalaré el televisor, así Cruz no se aburre y pasará más tiempo en casa que en las colinas del páramo.

Magdalena rueda los ojos.

—Te traeré café, viejo necio —Cruz sonríe, sabía que ambos se tenían cariño.

Magdalena suspira, sus ojos se posan en el hombre que estaba segura nunca había instalado nada en su casa, el hombre era muy rico en Altazor, una mañana apareció ante su puerta, estaba decaído, la culpa lo estaba matando, vio a Cruz y supo quién era, lloró amargamente y ese día le confesó que él tenía la culpa por la muerte de los padres de Cruz, pidió perdón a Magdalena, y le rogó llorando que lo dejará expiar sus pecados haciéndose cargo de la niña. Magdalena escuchó la historia del hombre, le dijo que no era su culpa, pero él no la escuchó, su pena era tan grande que no aceptaba que no era su culpa, como el mejor amigo de Fernando, debía hacerse cargo de la niña.

—Magdalena, ven a ver la televisión —la llama, ella lleva la taza de café humeante y pan casero.

Cruz esta hipnotizada mirando la televisión, era la primera que tenían, en el páramo solo existian siete casitas, pero no estaban muy cercas, así que era como si estuvieran solas, la casa del abuelo Bernardo estaba retirada de ellas, pero el hombre pasaba la mayor parte del tiempo con ellas, cuidándolas.

—Traje otro regalo —el hombre saca de la bolsa una caja blanca, la abre y saca un móvil, los ojos de Cruz se abren más —Es como el mío.

Ella salta de su silla de madera.

—Padrino —él se lo entrega, la muchacha era muy inteligente, le había explicado como se usaba el móvil, rápidamente le entendió.

Magdalena iba a protestar, pero calla al pensar que Cruz tendría otra vida si estuviera con sus padres, no en la pobreza en la que vivía en el páramo.

—Gracias viejo necio —agradecer Magdalena.

Enrique sonríe.

—Ven, miremos la película que ha puesto Cruz —Bernardo estaba tan atento a la televisión, él desde que conoció a Magdalena la quiso como a una hermana, pasaba la mayor parte de su tiempo con ellas, eran mujeres, el páramo era un lugar desolado, Cruz era una joven preciosa, conocía a los vecinos, pero los hijos de estos habían crecido, sabía que le habían echado el ojo a la pequeña Cruz, la joven se sabía defender, de eso no cabía duda, en el pasado reventó más de una nariz a los chicos que se atrevían a enamorarla, pero igual la cuidaba, la fuerza de un hombre no se comparaba con la de una mujer.

Cruz estaba emocionada, la primera vez que había visto el móvil de su padrino, le había llamado la atención, él se lo había enseñado y a ella le gustó mucho.

—El hijo de Maria, ha venido a buscarte Cruz —la muchacha levanta la mirada hacia su abuela —Te buscaba para que le lavaras una ropa.

Enrique frunce el ceño.

—Imagino le dijiste que no.

—Así es, conozco las intenciones de ese muchacho, no me agrada que Cruz vaya a su casa.




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