—¡Dasha, hija, despierta!
—¿Qué sucede, mamá? —pregunté con la voz pastosa, hundiéndome más en las sábanas.
—¡Vas tarde al trabajo! Dijiste que hoy llegaba el nuevo jefe de departamento.
—¿Jefe de depa...? —Mis neuronas hicieron clic—. ¡Mierda, sí!
Me levanté a la velocidad de la luz. El uniforme, el café a medias y las carreras por la casa ya eran rutina.
—Gracias, mamita —le di un beso rápido en la mejilla mientras agarraba mi bolso.
—¿Y Erickson, mija?
—Ya está en el auto, me va a llevar él.
—Bueno, cuídense. Dile a ese muchacho que maneje con cuidado, que las calles de Moscú no son las de Caracas.
—Sí, ma. Cuando vuelva los llevaré a comer algo rico, ¡lo prometo!
Salí disparada. En el auto, mi hermano ya tenía el motor encendido.
—Ery —lo llamé apenas cerré la puerta.
—¿Yes?
—Recuerda que mientras estemos juntos, hablamos español. No quiero que pierdas la lengua.
—Ya, but you know it's harder for me —protestó él con ese spanglish que tanto me irritaba.
—No me interesa, así aprendes más.
—No joda', eres una fastidiosa —soltó él con un acento maracucho perfecto.
—¡Ahí sí no te cuesta! —reí, dándole un empujón en el hombro.
Llegamos al hospital en tiempo récord. Me despedí de él con un beso en la mejilla y entré corriendo.
—Buenos días, Petra. ¿Ya llegó "el ogro"? —pregunté a mi colega mientras me ponía la bata.
—No aún, llegaste justo a tiempo. Anda a cambiarte, yo te cubro.
Minutos después, estábamos todos formados en el pasillo. La tensión se cortaba con un bisturí.
—¿Aún nada? —susurré.
—Dicen que está en el estacionamiento.
—Parece que llegar tarde es su cualidad estrella —solté con sarcasmo.
—Dash... —me advirtió Petra.
—¿Qué? Es cierto. Llevamos tres horas como estatuas esperando a un tipo que...
—No, déjala que se siga expresando. Tiene derecho a la libre expresión, ¿no es así?
La voz era profunda, segura y venía justo detrás de mí. Me di la vuelta lentamente. Ahí estaba él: alto, impecablemente vestido, con una sonrisa que no sabía si era amable o una burla directa. Nathaniel Volkov. El tipo desbordaba una arrogancia que se olía a kilómetros.
—Usted mismo lo dijo, señor. Son mis derechos —le sostuve la mirada.
Él arqueó una ceja, divertido.
—No tienes acento. ¿De dónde eres?
—De mi casa, señor.
—Me refiero a tu origen.
—Venezuela y Los Ángeles —respondí cortante—. Pero señor, creo que tenemos pacientes esperando y mi agenda está llena. No tengo tiempo para perder más del que ya he perdido hoy.
Nathaniel soltó una carcajada que hizo que varios residentes dieran un paso atrás.
—Tienes razón. No perdamos más tiempo. Mi nombre es Nathaniel Volkov, vengo del Russian Children's Clinical Hospital.
Al mencionar su apellido, un murmullo recorrió el pasillo. Los Volkov no eran cualquier familia en Rusia.
—Señorita... —miró mi identificación— López. Usted dijo que no tenía tiempo. Vaya a sus labores. Pero la quiero en mi oficina al final de su turno.
—¿Puedo saber para qué?
—No —respondió con una sonrisa ladeada antes de seguir caminando.
Imbécil, pensé. Pero no tuve tiempo de insultarlo en español porque mi busca comenzó a sonar.
—¡Dasha! Pediatría uno. Ambulancia con gemelas de seis años. Accidente de auto.
Corrí por los pasillos mientras Lara me gritaba los datos: Asraela y Mikaela Urob. Al llegar a la bahía de emergencias, la paramédico fue directa: los padres habían muerto en el acto. Las niñas estaban solas en el mundo.
—¡Al quirófano ahora! Llamen a Volkov —ordené mientras me lavaba las manos a toda prisa—. ¿Aún no llega? —pregunté a las enfermeras.
—No responde, doctora.
—Un puto día, cuando lo necesitemos de verdad, llegará cuando el paciente ya esté frío. ¡Bisturí!
Empecé la cirugía sola. El acero en mi mano era una extensión de mis dedos. Desgarro mesentérico. Era un caos de sangre, pero mis manos no temblaban. Pincé la arteria, sentí el alivio en el monitor. En ese momento, la puerta se abrió.
—Lamento la demora —dijo Volkov, entrando con una calma exasperante.
—Ya terminé —le dije sin mirarlo—. Quédese a cerrar, yo iré a ver a la otra nena.
Salí del quirófano con la adrenalina a mil. Asraela, la otra gemela, estaba estable. Me senté a su lado. La pequeña me habló en inglés; estaba asustada.
—I'll do my best for your sister, baby. I promise —le dije, besando su frente.
Caminé hacia neonatología para hacer mis rondas, pero al ver a los bebés a través del cristal, mi mente me traicionó. El recuerdo de aquel callejón a los quince años, el frío, el químico en la cara y el despertar desnuda y rota. El dolor de saber, meses después, que llevaba un feto muerto en mi vientre... el hijo de mi violador. Sacudí la cabeza para alejar los fantasmas.
—Dasha, ¿estás bien? —Petra me tocó el hombro—. Mikaela despertó.
Fui a ver a la niña, quien afortunadamente hablaba ruso. El abrazo que me dio fue el único bálsamo que necesitaba para mi turno. Al terminar, recordé la cita obligatoria.
Caminé hacia el despacho de Volkov. Una mujer salía de allí arreglándose la ropa. Entré sin tocar.
—¿Su novia, señor?
—No, y no es de tu incumbencia. Hiciste un buen trabajo, López.
Él abrió una carpeta. Mi expediente.
—Dasha Madelyn López. 24 años. Venezolana. Jefa de residentes. Veo que te cambiaste el apellido y que no tienes padre registrado. Te has esforzado mucho para borrar el rastro de... bueno, de ciertas cosas.
—Veo que se tomó la tarea de investigarme muy bien, señor.
—Tengo que conocer a mis residentes —dijo tirando el expediente sobre la mesa—. Aquí dice que tuviste un aborto a los quince. Háblame de eso.
El aire se congeló en mis pulmones.