Cruzando ambos mundos

2

​No pegué el ojo en toda la noche. El broche y la nota de Nathaniel Volkov estaban quemándome en la mesa de noche, recordándome que mi nuevo jefe era mucho más que un simple engreído con traje caro; era un intruso.

​Llegué al hospital antes que nadie, con el café en una mano y la furia contenida en la otra. No me cambié, no saludé a Petra. Me dirigí directo a la oficina de dirección. Al entrar, ni siquiera toqué; pateé la puerta con la fuerza de quien no tiene nada que perder.

​—¡Usted es un abusivo, señor Volkov! —solté sin anestesia.

​Nathaniel estaba sentado tras su escritorio, impecable, como si hubiera nacido con esa camisa blanca puesta. Ni siquiera se inmutó por mi entrada triunfal. Levantó la vista de unos papeles y esa sonrisa ladeada, esa que me hacía querer golpearlo y salir corriendo al mismo tiempo, apareció en su rostro.

​—Buenos días para usted también, doctora López. Veo que el café no fue suficiente para calmar ese temperamento caribeño.

​—No me venga con ironías —me acerqué, apoyando las manos en su escritorio y dándole mi mirada más desafiante—. ¿Quién le dio el derecho de enviar paquetes a mi casa? ¿Cómo consiguió mi dirección? Mi expediente es confidencial, y mi hogar es sagrado. Quédese con su pedazo de plata, no lo quiero.

​Saqué el sobre con el broche y lo estampé sobre sus papeles.

​—Vaya —rio él, una risa baja que me erizó los vellos de la nuca—. Nadie se había atrevido a lanzarme algo a la cara y salir ileso. Me intriga, Dasha. Sabes, la mayoría de las personas se sentirían halagadas por un detalle de un Volkov.

​—Pues yo no soy la mayoría. Mínimo me va a matar por regresárselo, ¿o cómo es la vuelta? —le pregunté con sarcasmo.

​—Eres valiente, pelirroja. Demasiado. —Se puso de pie, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude oler su perfume, una mezcla de madera y algo metálico—. No te envié eso para comprarte. Te lo envié para que entiendas que en este hospital, y en esta ciudad, nada pasa sin que yo lo sepa. Consideralo una advertencia amistosa: cuida lo que escondes, porque me gusta demasiado encontrar tesoros.

​—Es un imbécil —mascullé en español antes de dar media vuelta.

​—¡Dra. López! —me llamó antes de que saliera—. No olvide que hoy tiene diez pacientes en agenda. Y trate de no matar a ninguno con su mal humor.

​Salí de allí echando chispas. El resto de la mañana fue un borrón de pacientes y llantos de bebés. Intenté concentrarme, pero su voz seguía resonando en mi cabeza.

POV NATHANIEL

​Jamás creí que alguien, y mucho menos una chica de veinticuatro años, tuviera el valor de hablarme así. Dasha López tiene más agallas que la mitad de mis soldados, y eso, en mi mundo, es un problema... o una adicción.

​Salí del hospital un par de horas después. Tenía otros asuntos que atender, asuntos que no involucraban batas blancas ni estetoscopios. Mi hermano me esperaba en el auto.

​—¿Cómo te fue, Neith? —preguntó apenas subí.

​—No he descubierto mucho más de lo que ya sabemos, pero la doctora es un hueso duro de roer —respondí mirando por la ventana.

​—Eres un inútil —soltó mi primo Andrés desde el asiento del copiloto.

​Fue el error más grande de su vida. No tuve ni que mirar dos veces para estampar mi puño en su cara. El crujido de su nariz rompiéndose fue música para mis oídos.

​—Estás muy atrevido, Andrés —le dije con voz gélida mientras él se sujetaba el rostro ensangrentado—. Recuerda que el jefe aquí soy yo, no tú. Que te haya tenido compasión por toda la mierda que hiciste no significa que tengas el derecho de mirarme. Respeta a tu patrón.

​—Lo lamento, señor Nathaniel... —gimió con dolor.

​—Dmitry —miré a mi hombre de confianza—, llévalo a la mazamorra. Bajaré en cinco minutos para terminar la lección.

​Subí a mi despacho privado antes de ir al sótano. Necesitaba escuchar algo que no fuera el llanto de mi primo. Marqué el número de Dasha.

​—¿Hola? —respondió ella. Se escuchaba ruido de platos de fondo.

​—Hola, linda.

​—¿Nathaniel?

​—Así me gusta —sonreí—. Reconoces mi voz al primer segundo.

​—Disculpe, señor Volkov, pero ¿a qué se debe esta llamada fuera de horario? Estoy cenando con mi familia. Sea breve.

​—Solo quería saber si habías leído el resto del sobre —mentí. Solo quería oírla rabiosa otra vez.

​—He estado ocupada. Adiós, señor Volkov.

​Me colgó. Me colgó a mí. Una carcajada ruda escapó de mi garganta. Esta mujer me iba a volver loco. Bajé a la mazamorra, donde Andrés seguía gritando. Me cansé de escucharlo en menos de diez minutos.

​—Ya saben qué hacer con él —le dije a mis hombres mientras salía a la luz del sol moscovita.

​Tenía que volver al hospital. Mañana era el cumpleaños de Dasha, según su expediente, y ella no tenía idea de que el regalo que le tenía preparado iba a cambiar su vida para siempre.

POV DASHA

​Llegué a casa agotada. Mi madre estaba en la cocina, pero se veía preocupada.

​—Dash, mañana cumples veinticuatro. ¿Pediste el día? —preguntó ella.

​—No puedo, mamá. Mañana el director —el idiota de Nathaniel— citó a una reunión obligatoria. Es importante.

​—Pero es tu cumpleaños...

​—Ma, no es tan importante, relájate —le di un beso en la frente y me fui a mi cuarto.

​Pasé por la habitación de Erickson. Él estaba emocionado con su nuevo trabajo de chofer para un tal Michael. Algo no me cuadraba.

​—Ery, ¿estás seguro de ese hombre? ¿Michael qué? ¿Cuál es su apellido?

​—No lo sé, Dash. Solo Michael. Me va a pagar entrenamientos de guardia de seguridad. Es una oportunidad increíble.

​—¿Guardia de seguridad? —El corazón se me encogió—. Erickson, eres abogado. ¿Por qué ese hombre querría a un abogado de guardia de seguridad?

​—¡Madelyn, cálmate! No puedes desconfiar de todo el mundo —me gritó molesto.




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