Dasha intentó procesar sus propias palabras, pero la cabeza le latía con fuerza.
—Mañana... el trabajo... —susurró ella, tratando de levantarse—. Si no voy, me van a despedir, Nathaniel. No puedo permitirme...
—Tranquila —la interrumpí, disfrutando de la forma en que su mirada se anclaba en la mía—. Fui a tu oficina esta mañana. Hablé con tu jefe personalmente.
Dasha se quedó helada, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué hiciste qué?
—Les dije que habías tenido una crisis de salud y que, como tu médico y tu pareja, te prescribía reposo absoluto —dije con una sonrisa ladina—. Te dieron cinco días libres, Dasha. Te tienen en un pedestal ahora que creen que sales con el jefe de cirugía de la clínica más prestigiosa. Así que no te preocupes por tu puesto; está más seguro que nunca, siempre y cuando sigas siendo 'mi novia'.
Ella se dejó caer en la almohada, respirando agitada. Estaba atrapada. No solo le había mentido a Erickson y a su madre, sino que Nathaniel había invadido su vida profesional.
—Me tienes secuestrada —susurró ella, con la voz cargada de una mezcla de odio y esa atracción eléctrica que no podía ocultar.
—Te tengo protegida —corregí, rozando su barbilla—. Aunque si prefieres llamarlo así, no seré yo quien te contradiga.
Dasha cerró los ojos, tratando de asimilar que su vida ahora estaba en mis manos.
—Cinco días... —murmuró ella—. Pero Nathaniel, el director es un explotador. No me va a dejar ir así como así sin pedir algo a cambio.
—Tienes razón —respondí, acomodando el soporte del suero con parsimonia—. Fue muy claro: te da los cinco días para que te recuperes, pero con la condición de que trabajes este sábado y el domingo para compensar el tiempo perdido. Y yo, como el novio preocupado que soy, le dije que no habría ningún problema, incluso me uní a tu jornada.
Dasha abrió los ojos de golpe, la furia superando a su debilidad.
—¿Qué hiciste qué? ¡Sábado y domingo! ¡Nathaniel, apenas puedo mantenerme en pie y ya me vendiste el fin de semana!
—Estarás bien para entonces, pelirroja —le dije, inclinándome sobre ella con una confianza irritante—. Yo mismo me encargaré de que tu recuperación sea rápida. Además, estarás bajo mi supervisión. Si te sientes mal en el trabajo, tu 'novio médico' estará a una llamada de distancia para rescatarte de nuevo.
Ella apretó la mandíbula, soltando un gruñido de impotencia. Me encantaba verla así: acorralada, dependiente de mí y obligada a aceptar mis términos para mantener su fachada intacta ante su hermano y su madre.
Erickson no se tragaba el cuento del "ángel" ni por un segundo. Se acercó al pie de la cama, ignorando la cara de alivio de su madre, y clavó sus ojos en los míos con una hostilidad que se podía cortar con un bisturí.
—Qué eficiente eres, Nathaniel —soltó Erickson con un tono cargado de sarcasmo—. Fuiste al hospital, arreglaste los días, nos trajiste aquí... haces de todo. Lo que no entiendo es por qué, si llevan "meses" juntos, Dasha nunca mencionó que salía con el pediatra estrella de su departamento.
Dasha se puso rígida bajo las sábanas. Noté cómo su pulso se aceleraba en el monitor.
—Erickson, ya te dije que queríamos discreción por el trabajo —intentó defenderse ella, con la voz todavía débil.
—¿Discreción? —Erickson dio un paso hacia adelante, ignorando mi mirada de advertencia—. Anoche en el antro no parecías muy "discreta" cuando este tipo te sacó de allí como si fueras de su propiedad. Me pareció muy raro que un "novio médico" permitiera que su pareja terminara en ese estado en un lugar tan turbio.
La madre de Dasha lo miró confundida, pero Erickson no apartaba la vista de mí.
—Dime una cosa, "cuñado" —continuó él, escupiendo la palabra—. Si tanto la conoces, ¿cómo es que no sabías que ella odia que tomen decisiones por ella? Porque aceptarle esos turnos de fin de semana en neonatología sin consultarla suena más a control que a amor.
Me levanté despacio, manteniendo esa calma arrogante que tanto lo sacaba de quicio.
—A veces, Erickson, amar a alguien implica tomar decisiones difíciles para proteger su carrera —respondí, poniéndole una mano en el hombro que él sacudió de inmediato—. Dasha es la mejor neonatóloga del hospital, y yo no iba a dejar que perdiera su prestigio por un mal momento. Si tienes más dudas sobre nuestra intimidad, quizás deberías esperar a que ella se sienta mejor para interrogarla... o preguntarme a mí afuera, de hombre a hombre.
Erickson dio un paso hacia mí, pero Dasha, con los ojos inyectados en sangre, soltó un grito en un ruso afilado que cortó el aire:
—¡Basta ya! ¡Córtenla ahora mismo! Nathaniel, tú no tienes derecho a decidir por mí. ¡Y tú, Erickson, cállate de una buena vez!
Erickson se puso rojo de la furia. Se olvidó por completo de mi presencia y le soltó una ráfaga en español con ese acento venezolano que lo hace sonar mil veces más rápido cuando hay rabia:
—¡Ah, no, vale! ¡A mí no me hables en ruso, Dasha! ¡Tú me vas a explicar ahora mismo qué te pasa con este carajito! ¡Me lo tienes escondido meses y ahora resulta que él es el que manda en tu vida y en tu trabajo! ¡Te sacó de ese antro como si fueras un saco de papas y tú calladita, mija! ¡¿Qué te pasa?!
—¡Es mi vida, Erickson! ¡Tú no estabas ahí para ayudarme, tú andabas buscando un transporte mientras yo me estaba hundiendo! —le gritó ella de vuelta, con el "voseo" y la rabia a flor de piel.
La mamá intervino de golpe, metiéndose en medio de los dos y manoteando al aire:
—¡Ya basta los dos! ¡Parecen perros y gatos, de pana! Erickson, respeta a tu hermana que está enferma. Y tú, Dasha, ¡agradécele a este santo hombre que te salvó! ¡Míralo, pobre muchacho, ni entiende qué están diciendo y ustedes aquí dando este espectáculo de mercado! ¡Qué vergüenza con el doctor!
Yo me quedé ahí parado, cruzado de brazos, mirando a los tres como si estuviera viendo una película extranjera sin subtítulos. Solo captaba la agresividad de los gestos y ese "cantaito" venezolano que subía de tono cada vez más. Me sentí como un tonto en mi propia casa, viendo cómo mi "novia" y mi "cuñado" se lanzaban de todo en un idioma que me dejaba fuera de juego.