Cruzando ambos mundos

7

​Nathaniel

—Déjalo pasar —ordené con una sonrisa ladeada—. Pero solo a él.

​Minutos después, Erickson entró en mi oficina como un torbellino, mirando el lujo del lugar con una mezcla de rabia y sospecha.

​—¡Lo sabía! —soltó Erickson con ese acento marcado, señalando todo el despacho—. ¿Qué hace un "doctorcito" de hospital caro siendo el dueño de un antro como el District's Bar? ¿Qué clase de juego tienes con mi hermana?

​Me levanté con parsimonia y caminé hacia él, manteniendo las manos en los bolsillos.

​—Baja el tono, Erickson. Estás en mi propiedad —le dije con una voz suave pero peligrosa—. Y no es ningún juego. Es realidad económica. ¿De verdad crees que el salario de un hospital, por muy prestigioso que sea, paga este nivel de vida? Ser médico me apasiona, pero no me da la vida que quiero. El District’s es mi negocio, mi inversión. Es lo que mantiene mis cuentas en orden mientras salvo vidas de día.

​Me acerqué a él, invadiendo su espacio para intimidarlo.

​—Dasha no lo sabe porque no quería que me juzgara, tal como lo estás haciendo tú. Ella es... idealista. Y yo prefiero que siga viéndome como el médico que la cuida. Así que, si de verdad quieres a tu hermana, vas a mantener la boca cerrada sobre este negocio. No querrás que se entere de que su "novio" tiene las manos sucias de dinero nocturno, ¿verdad?

​Erickson se quedó mudo, procesando la explicación que, aunque lógica, no terminaba de convencerlo.

Me serví un poco más de whisky y, sin preguntar, llené otro vaso para él. Se lo extendí con una mirada que no admitía réplicas. Erickson lo aceptó por puro instinto, aunque sus manos temblaban ligeramente.

​—Tómate eso para el susto, que pareces un pajarito —le dije con un carisma mordaz—. Y escúchame bien: este es un trato de caballeros. Tú mantienes mi perfil como el médico ejemplar ante tu madre y ante Dasha, y yo me aseguro de que a tu familia no le falte nada en este país. Sé que las cosas no son fáciles para los que vienen de afuera.

​Le di un trago a mi vaso, observando cómo él tragaba saliva.

​—Pero si abres esa boca de más, Erickson... —me acerqué a él, bajando la voz hasta que sonó como el roce de una navaja—, no solo perderás al "médico" que cuida a tu hermana. Conocerás al dueño del District's Bar en una faceta que no te va a gustar ni un poquito. Y créeme, no quieres ser mi enemigo aquí abajo.

​Erickson se tomó el trago de un golpe, asintiendo con la cabeza, visiblemente intimidado por la mezcla de mi hospitalidad y mi amenaza.

​—Vete a casa, cuñadito. Dale un beso a Dasha de mi parte y dile que mañana la llamo.

​Lo vi salir de la oficina casi tropezando con sus propios pies. En cuanto la puerta se cerró, mi sonrisa desapareció. Tomé el pañuelo con el que me había limpiado la sangre en las mazmorras y lo tiré al cesto de basura.

​Era hora de volver a ser el doctor perfecto.

𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃

El sábado llegó con ese olor a desinfectante y café amargo que tanto me gusta. Me puse el uniforme blanco, la máscara de perfección que todos en el hospital adoraban, y me aseguré de que mi estetoscopio estuviera impecable. Hoy era el regreso de Dasha, y yo tenía preparado su "comité de bienvenida".

​Estaba en la estación de enfermería revisando unos expedientes cuando la vi llegar. Se veía un poco más pálida de lo normal, pero caminaba con esa barbilla en alto que tanto me divertía.

​—Miren quién decidió honrarnos con su presencia —solté sin levantar la vista, con una voz cargada de esa autoridad que la ponía tensa—. Bienvenida a la realidad, doctora. Espero que el descanso haya sido reparador, porque el departamento de neonatología es un desastre desde que te fuiste.

​Dasha se detuvo frente a mí, apretando la correa de su bolso. Sus ojos venezolanos chispeaban, todavía con la rabia contenida de nuestra última pelea.

​—Estoy lista para trabajar, doctor Nathaniel —respondió ella, enfatizando mi nombre con una ironía que solo yo entendía—. No necesito que me recordatorio de mis deberes.

​Me levanté y caminé hacia ella, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume. En este entorno, yo era su jefe, su mentor, y ahora, ante los ojos de todo el hospital, su salvador.

​—Me alegra oír eso —le susurré, bajando el tono para que las enfermeras no escucharan—. Por cierto, tu hermano me visitó en mi "otro negocio". Es un muchacho muy comprensivo cuando se le habla con claridad. Estará muy calladito de ahora en adelante.

​Dasha abrió los ojos de par en par, perdiendo por un segundo su compostura profesional.

​—¿Qué le hiciste a mi hermano? —preguntó en un susurro desesperado.

​—Solo le di un poco de... orientación —sonreí, entregándole una carpeta pesada—. Ahora, a trabajar. Tienes tres ingresos en la incubadora 4 y una interconsulta pendiente. Muévete, pelirroja. El tiempo es oro y tú me debes mucho.

La vi alejarse hacia la unidad de cuidados intensivos, y no pude evitar disfrutar del vaivén de sus caderas bajo el uniforme. Esa mujer era una mezcla deliciosa de fragilidad y orgullo.

​Me quedé un momento apoyado en el mostrador, observando cómo se movía entre las incubadoras. Su profesionalismo era impecable, pero yo sabía que por dentro estaba hirviendo. Me encantaba tener ese poder sobre ella: ser el hombre que le salvó la vida, el jefe que le ordena el turno y el "monstruo" que tiene a su hermano comiendo de la mano.

​—Doctor Nathaniel, el jefe de cirugía quiere verlo —me interrumpió una enfermera con voz tímida.

​—Dígale que espere —respondí sin quitarle el ojo a Dasha—. Estoy supervisando una recuperación crítica.

​Caminé hacia la zona de neonatología con paso firme. Me gustaba que sintiera mi presencia, que el aire se le pesara cada vez que yo cruzaba la puerta automática. Me detuve justo detrás de ella mientras revisaba los signos vitales de un prematuro.




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