Cruzando ambos mundos

8

Salí de la oficina de Nathaniel con las piernas temblando, rogando que nadie en el pasillo notara que mis labios estaban hinchados o que mi respiración era un desastre. Entré al baño de personal, me apoyé contra el lavamanos y me eché agua fría en la cara.

​—Estás loca, Dasha. Estás completamente loca —me susurré al espejo.

​El sabor de su beso seguía ahí, amargo y adictivo. Lo peor no era que él me hubiera acorralado, lo peor era que yo le había devuelto el beso con la misma rabia con la que quería abofetearlo. Nathaniel era un veneno que se estaba metiendo bajo mi piel y ahora, con lo que me dijo de mi hermano y su "otro negocio", sentía que estaba atrapada en una red que él tejía cada vez más apretada.

​Regresé a la unidad de neonatología tratando de recuperar mi cara de "doctora que tiene todo bajo control". Me acerqué a la incubadora 4, revisando los monitores con una intensidad exagerada para no tener que mirar a nadie.

​—¿Doctora Dasha? ¿Está bien? —me preguntó una de las enfermeras, acercándose con un algodón—. Se ve... agitada.

​—Es solo el cansancio del primer día, gracias —mentí, sin apartar la vista del monitor.

​De repente, sentí ese escalofrío en la nuca. No necesité darme la vuelta para saber que él estaba ahí. Escuché sus pasos firmes y elegantes acercándose. Nathaniel no se conformaba con haberme desarmado en su oficina; quería ver cómo me recomponía solo para volver a quebrarme.

​Lo vi por el reflejo del cristal de la incubadora. Estaba parado a unos metros, hablando con un colega, pero sus ojos estaban clavados en mí, fijos, devorándome con esa seguridad de quien sabe que ya ganó la primera batalla.

​Me quedé helada. Desde que llegamos a Rusia cuando yo tenía 11 años, me he esforzado por mantener a Erickson lejos de gente como Nathaniel: hombres engreídos que creen que el mundo les pertenece porque tienen la billetera llena.

​El mensaje de mi hermano era una sentencia: "Dasha, Nathaniel es un tipo serio, me va a ayudar con la academia". No se el porque pero ayer me entere de que Erickson avía dejado su trabajo o que lo despidieron—no recuerdo—y que estaba en busca de tener una maestría en abogacía, en vista de que yo no puedo costearlo buscaba una beca, pero ahora este se nos atravesó y lo embelezo. Me daban ganas de gritar. Nathaniel había usado su dinero para deslumbrar a un muchacho que apenas está empezando a vivir

​Él se acercó a mí con esa sonrisa de superioridad que me revolvía el estómago. Se inclinó sobre la incubadora, fingiendo que le importaba el paciente.

​—¿Te gusta la noticia, pelirroja? —me susurró al oído—. Tu hermano es mucho más razonable que tú. Entiende que tener amigos con recursos es mejor que ir por la vida de orgulloso.

​—Eres un manipulador, Nathaniel —le respondí sin mirarlo, con la voz temblando de rabia—. Crees que porque eres jefe de área en este hospital y tienes tus "negocios" puedes comprar a todo el mundo.

​—No compro a todo el mundo, Dasha. Solo facilito las cosas —soltó una risita seca—. Y ahora que Erickson y yo somos "amigos", espero que dejes de verme como el villano del cuento. Solo soy un hombre que sabe usar su dinero.

​Me miró de esa forma que me hacía sentir pequeña, recordándome que él siempre tiene el control.

​—Te espero afuera en diez minutos. Vamos a cenar. Y no pongas esa cara, que el restaurante es carísimo y sé que te va a encantar. No querrás que tu hermano piense que somos enemigos después de lo generoso que he sido, ¿verdad?

​Se alejó ajustándose la bata, dejándome con el corazón a mil por hora. Para él, todo era una transacción. No tenía idea de que detrás de ese "doctor adinerado" había algo mucho más oscuro, pero lo que sí sabía era que no me iba a quedar de brazos cruzados.

Subí al auto de Nathaniel en silencio, sintiendo el cuero costoso del asiento y ese olor a perfume caro que inundaba todo el habitáculo. Él manejaba con una calma exasperante, una mano en el volante y la otra golpeando rítmicamente la palanca de cambios, como si estuviéramos en una cita normal y no en medio de un chantaje emocional.

​Llegamos a un restaurante exclusivo, de esos donde la gente paga solo por ser vista. En cuanto nos sentamos y el camarero se retiró con nuestra orden, me incliné hacia adelante.

​—Dime qué quieres, Nathaniel —solté sin rodeos—. ¿Cuánto dinero quieres por dejar a mi hermano en paz? ¿O es que te divierte usar a la gente como si fueran piezas de un tablero?

​Él soltó una carcajada suave mientras se servía un poco de vino, mirándome con una mezcla de burla y fascinación.

​—Qué manía tienes con el dinero, Dasha. Te lo dije: me sobra. No quiero nada de Erickson, solo me cayó bien el muchacho. Tiene esa chispa que a ti se te apaga cuando te pones en plan defensiva.

​—No me mientas. Sé que los hombres como tú no hacen "favores" gratis —le respondí, apretando los cubiertos—. Si quieres castigarme a mí por lo de hoy, o por el beso, o por lo que sea, hazlo. Pero a él déjalo fuera. Él no tiene la culpa de que yo no soporte tu arrogancia.

​Nathaniel dejó la copa en la mesa y se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal incluso a través de la mesa.

​—Tu hermano está feliz, Dasha. Por primera vez en años siente que tiene un respaldo de alguien que no eres tu, en este país frío. ¿De verdad vas a ser tan egoísta de quitarle esa oportunidad solo porque tu orgullo no te permite aceptar nada de mí? —sus ojos brillaron con algo que no supe descifrar—. Sé una buena hermana, relájate y disfruta de la cena. Si te portas bien, quizás hasta le consiga una beca completa.

​Me quedé muda. Me estaba ofreciendo el futuro de Erickson en bandeja de plata, pero el precio era mi total sumisión.

Me quedé mirándolo fijamente, procesando sus palabras. Si Nathaniel creía que podía comprarme con una cena y promesas, es porque no conocía la malicia que una venezolana puede aprender cuando le toca sobrevivir. Si él quería jugar a las transacciones, yo le iba a cambiar la moneda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.