Cruzando ambos mundos

9

Nathaniel dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco que me hizo saltar. Su sonrisa, esa que hace un segundo parecía relajada por el vino, se transformó en algo mucho más afilado y gélido.

​Me soltó la barbilla, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó hacia adelante hasta que el calor de su aliento me golpeó la cara.

​—¿De verdad crees que soy tan estúpido, Dasha? —preguntó con una voz que me heló la sangre—. ¿Crees que me he dejado "endulzar" por esa mirada de niña asombrada y tus dedos rozando mi brazo?

​Se echó hacia atrás, cruzando los brazos con una calma aterradora.

​—Te estoy contando lo del puerto, los movimientos del martes y mi "logística" porque quiero que lo sepas —soltó una risa breve y cargada de veneno—. Soy un hombre astuto, pelirroja. No doy puntada sin dedal. Te doy esta información para que entiendas la magnitud de lo que tienes enfrente. Ahora no solo eres la doctora que me debe la vida, ahora eres mi cómplice.

​Me quedé muda, con la sonrisa congelada y el corazón martillando contra mis costillas. Mi plan de manipulación se acababa de desmoronar frente a su inteligencia.

​—Si intentas usar esto en mi contra, te hundes conmigo —continuó, fijando sus ojos en los míos como si pudiera leer mis pensamientos—. Si me denuncias, Erickson pierde su futuro y tú pierdes tu libertad, porque yo me encargaré de que parezca que siempre estuviste involucrada. Te he dado una llave, sí, pero es la llave de tu propia celda.

​Se levantó de la mesa y me extendió la mano, volviendo a ser el caballero impecable y arrogante.

​—No juegues a la espía conmigo, Dasha. A mí no me manipula nadie, y mucho menos alguien que todavía me mira con miedo. Ahora, levántate. La cena terminó y todavía tengo que decidir qué voy a hacer contigo el martes.

Le tomé la mano con los dedos entumecidos, sintiendo el peso de mi propia derrota. Nathaniel apretó mi agarre con una firmeza posesiva mientras cruzábamos el restaurante; cada paso que daba me hacía sentir más pequeña bajo su sombra.

​Al salir, el aire gélido de la noche rusa me golpeó la cara, pero no fue suficiente para despejarme del mareo que me causaba su juego. Caminamos hacia el auto y, antes de que abriera la puerta, me detuve, bajando la mirada.

​—Ganaste, Nathaniel —susurré, y mi voz salió cargada de una rendición que me amargaba la lengua—. Me creí más lista que tú y solo terminé cavando mi propio pozo. Eres un maldito genio del mal.

​Él no dijo nada, solo me observó con esa suficiencia insoportable.

​—Ya tienes lo que querías —continué, sintiendo un nudo en la garganta—. Me tienes a mí, tienes a mi hermano y ahora me tienes amordazada con tus secretos. ¿Qué más quieres? ¿Que te dé las gracias por arruinarme la paz mental? Porque ya entendí que no soy una "amiga", soy una propiedad más en tu inventario.

​Me subí al auto sin esperar a que me ayudara, hundiéndome en el asiento. Me sentía agotada. Mi astucia venezolana no había servido de nada contra un hombre que jugaba al ajedrez mientras yo apenas intentaba entender las reglas.

​Nathaniel entró al auto, encendió el motor y me miró de reojo mientras salíamos del estacionamiento.

​—No te arruiné la paz, Dasha. Te di un propósito más interesante que cambiar pañales en neonatología —dijo con una calma aterradora—. Y no te preocupes, me encargaré de que valga la pena.

Nathaniel no tomó el camino hacia mi edificio. En lugar de eso, giró hacia la zona industrial, alejándose de las luces brillantes del centro de Moscú. Me quedé hundida en el asiento, viendo cómo el paisaje se volvía más gris y solitario.

​—¿A dónde vamos? —pregunté casi sin aliento, con la voz rota por la rendición—. Ya me humillaste, ¿no es suficiente por hoy?

​—No es humillación, Dasha, es educación —respondió sin apartar la vista del frente—. Si vas a ser mi cómplice, tienes que conocer el terreno.

​Se detuvo frente a un enorme portón de hierro cerca de los muelles. Con solo un parpadeo de sus luces, el portón se abrió. Entramos en un almacén inmenso, iluminado por luces blancas y frías. Al fondo, un grupo de hombres armados custodiaba varios contenedores marcados con sellos médicos.

​Nathaniel bajó del auto y me abrió la puerta, ofreciéndome su mano de nuevo. Al ver que dudaba, se inclinó hacia mí.

​—Baja, pelirroja. Quiero que veas por qué Erickson está seguro conmigo. Aquí mando yo, no la policía, ni el gobierno.

​Caminamos por el almacén. El frío aquí era distinto, más pesado. Nathaniel se detuvo frente a una caja abierta llena de viales de un medicamento que yo reconocía perfectamente: un surfactante pulmonar carísimo y escaso en el hospital.

​—Ves esto, Dasha —dijo señalando la mercancía—. Mañana, este cargamento entrará "legalmente" al hospital gracias a mi logística. Salvo vidas con la mano derecha mientras la izquierda se llena los bolsillos. Ese es el mundo en el que te acabo de meter.

​Me quedé mirando las cajas, aterrada y fascinada a la vez. No era solo un contrabandista, era alguien que controlaba el sistema desde adentro.

​—Ahora dime —susurró Nathaniel, parándose detrás de mí y rodeando mi cintura con sus brazos, obligándome a mirar el almacén—, ¿todavía te sientes como una víctima o empiezas a entender el poder que tienes a mi lado?

Sentí sus brazos rodeándome y el frío del almacén calándome los huesos, pero mi sangre venezolana empezó a hervir de nuevo. No iba a ser la damisela en apuros que se desmaya ante su poder. Si él quería una cómplice, iba a tener a una que le sostuviera la mirada, no a una sombra que lo siguiera.

​Me separé de su agarre con un movimiento seco y elegante, dándome la vuelta para quedar frente a él. Me crucé de brazos, levanté el mentón y lo miré con toda la altivez que pude reunir, clavando mis ojos en los suyos sin un ápice de miedo.

​—Está bien, Nathaniel. Tú ganas: acepto tu "mundo" —solté con una sonrisa de lado, una que no era de rendición, sino de desafío—. Pero no te equivoques. No soy una de tus cajas en este almacén ni un peón que puedes mover a tu antojo. Si voy a estar en esto, voy a estar de pie, no de rodillas.




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