El pitido rítmico de los monitores en la unidad neonatal era lo único que lograba acallar la voz de Nathaniel en mi cabeza. Aquí, entre el olor a antiséptico y la fragilidad de la vida, yo tenía el control. O eso creía.
—Doctora Dasha, tiene una visita en el área de descanso —anunció una enfermera, sonriendo de esa forma cómplice que me revolvió el estómago—. Es el Doctor Volkov. Trajo café para todo el turno.
Cerré los ojos un segundo. El maldito lobo se había puesto la piel de cordero.
Salí al pasillo y lo vi. Llevaba su bata blanca con una elegancia insultante, charlando con el jefe de planta como si fuera el hijo que siempre quisieron. Cuando me vio, sus ojos se encendieron con esa chispa de posesión que solo yo sabía leer.
—Te ves agotada, cariño —dijo Nathaniel, acercándose lo suficiente para que su perfume borrara el olor a hospital—. Te traje un latte. Sin azúcar, como te gusta cuando estás planeando algo.
Me entregó el vaso, y al rozar mis dedos, sentí una descarga eléctrica. No era deseo, era la adrenalina de estar frente a un depredador.
—¿Qué haces aquí, Nathaniel? —susurré, arrastrándolo hacia un rincón apartado—. Este es mi trabajo. No mezcles las cosas.
—Vine a revisar el historial de un paciente... y a recordarte que el martes el puerto no espera —su voz bajó un octavo, volviéndose peligrosa—. Y por las cortinas, no te preocupes. Ya envié a alguien a medir tus ventanales. No quiero que nadie más que yo vea lo que pasa en esa casa.
Me quedé helada. Estaba marcando su territorio incluso en mi propia habitación, a kilómetros de distancia. Bebí un sorbo del café; estaba amargo, igual que la rabia que empezaba a crecer en mi pecho.
Él se despidió con un guiño profesional para los demás, pero antes de irse, se inclinó hacia mi oído:
—No me mires así, Dasha. Al final del día, ambos somos médicos. Sabemos que para salvar el cuerpo, a veces hay que amputar una parte. Asegúrate de que el martes no seas tú la parte que sobre.
Lo vi alejarse por el pasillo, impecable. Él creía que el hospital era su escenario, pero se olvidaba de algo: en neonatología, aprendemos a detectar las anomalías antes de que el paciente colapse. Y Nathaniel era la anomalía más grande que jamás había enfrentado.
Observé la espalda de Nathaniel desaparecer tras las puertas dobles. Me quedé allí, con el café quemándome las manos, pero la mente más fría que nunca. Él pensaba que me tenía acorralada entre cunas térmicas y amenazas de puerto, pero cometió un error táctico: subestimar mi acceso.
Fui directo a la terminal de datos del hospital. Como pediatra titular, mi nivel de acceso era total.
—¿Buscando algo, doctora? —preguntó un interno al pasar.
—Solo verificando una anomalía en el sistema —respondí sin mirarlo, con una sonrisa gélida que lo hizo retroceder.
Tecleé su nombre: Dr. Nathaniel Volkov.
Apareció su historial: impecable, brillante, casi irreal. Pero yo no buscaba sus títulos. Busqué sus horarios de cirugía de la última semana. Crucé esos datos con las noticias locales de "incidentes" en el puerto y lo vi. El patrón era perfecto. Sus cirugías más largas coincidían con los tiroteos que nunca llegaban a la prensa.
Él no solo era el médico de la mafia; él era quien controlaba toda maldita Rusia
—Así que tú eres el taller mecánico de los monstruos, Nathaniel —susurré.
Saqué mi teléfono y le envié un mensaje corto, seco:
"Me encantan las cortinas nuevas. Pero ten cuidado, a veces la oscuridad total permite que uno se mueva sin que el dueño de la casa lo note. Nos vemos el martes. No llegues tarde."
Guardé el teléfono y sentí un subidón de poder. Por primera vez en días, el corazón no me latía por miedo, sino por el placer de la caza. Él creía que el martes yo sería su carga; no tenía idea de que yo iba a ser su caballo de Troya.
El puerto estaba sumido en una penumbra estratégica. Nathaniel Volkov caminaba con la seguridad de un rey en sus dominios, su bata de médico quedaba en el olvido, reemplazada por un abrigo oscuro que lo hacía parecer parte de la noche.
—Mantente cerca, Dasha —ordenó, su voz era un hilo de seda y acero—. Tu trabajo es verificar que los lotes de surfactante y las vacunas mantengan la cadena de frío. Si la temperatura sube un solo grado, el cargamento no sirve.
Me acerqué al contenedor abierto. El frío industrial me golpeó la cara. Para mí, esto era un acto de rebeldía: traer suministros médicos que el hospital no podía costear debido a la burocracia. Me sentía una heroína trágica, arriesgando mi carrera por mis pacientes.
—Todo parece en orden, Nathaniel —dije, revisando los sensores digitales de las cajas térmicas—. Pero sigo sin entender por qué tanto despliegue de seguridad para unas cajas de medicina.
Nathaniel soltó una risa seca, un sonido que me erizó la piel. Se alejó unos pasos para hablar con un hombre de aspecto rudo que le entregó un maletín. Vi cómo Nathaniel revisaba el interior: apenas un destello de metal y paquetes sellados al vacío que no parecían medicina.
Él regresó a mi lado, ocultando el maletín con una elegancia natural.
—En Rusia, Dasha, la salud es un privilegio. Y lo que es valioso, se protege con fuego —me tomó del brazo, guiándome hacia la salida mientras sus hombres cerraban el contenedor con doble fondo, donde el verdadero negocio viajaba oculto bajo mis vacunas—. No seas ingenua. No solo protegemos el contenido, protegemos la ruta.
Me detuve en seco, obligándolo a mirarme.
—¿Hay algo más en esos contenedores, Nathaniel?
Él se inclinó, su rostro a centímetros del mío, su aliento cálido contrastando con el frío del puerto.
—Solo hay lo que tú necesitas ver para seguir durmiendo tranquila. No busques monstruos donde solo hay logística, doctora. Disfruta del éxito: gracias a esto, tus pacientes vivirán. ¿No es eso lo que querías?