Ver a Dasha furiosa era mucho mejor que cualquier sedante que tuviéramos en el hospital. Sus ojos echaban chispas, y esa terquedad... esa maldita necedad de querer saberlo todo me estaba volviendo loco. Me encantaba. La hacía ver jodidamente sexy, como una reina reclamando un trono que aún no sabe que le pertenece.
Pero no podía permitirlo. No frente a mis hombres. En mi mundo, la debilidad se paga con sangre, y mostrar que una mujer —por muy mía que fuera— podía desafiarme en un estacionamiento a las cinco de la mañana, era un lujo que no me daría. Por eso la callé. Por eso la besé hasta que sus pulmones olvidaron cómo protestar.
Entré al hospital, pero no fui a mi oficina. Me quedé en la penumbra del pasillo que daba a la bodega de suministros. Sabía que su curiosidad sería más fuerte que su miedo. Siempre lo era.
Efectivamente, allí estaba ella, inclinada sobre una de las cajas de "titanio", murmurando entre dientes.
—¿Buscando el doble fondo, doctora? —pregunté, saliendo de las sombras. Disfruté ver cómo daba un pequeño salto del susto.
Me acerqué lentamente, rodeándola como un lobo. La vi apretar los puños.
—Dasha, escucha con atención porque no lo repetiré —le dije, apoyando una mano en la caja que ella intentaba descifrar—. Tienes dos opciones. Puedes seguir murmurando y buscando secretos que solo te traerán pesadillas, o puedes aceptar que este "contrabando" es el que va a salvar a los tres prematuros que tienes en la UCI ahora mismo.
Me incliné hacia su oído, dejando que mi voz vibrara en su cuello.
—Sé que te mueres por saber qué más hay aquí. Pero créeme, Dash, en el momento en que sepas la verdad completa, dejarás de ser una pediatra para convertirte en una fugitiva. ¿De verdad quieres que deje de ser tu "caballero de armadura brillante" para convertirme en tu carcelero oficial? Porque para mí, sería un placer encerrarte donde nadie más que yo pueda escucharte protestar.
Le di un golpecito suave en la mejilla, una caricia cargada de condescendencia y deseo.
—Ahora, ve a salvar vidas. Yo me encargaré de que nadie te pregunte por qué estas cajas pesan tanto. Al final del día, lo único que importa es que estás conmigo. Y conmigo, eres intocable... incluso de ti misma.
Me quedé observándola desde el cristal de la unidad neonatal. El espectáculo era fascinante. Dasha se movía entre las incubadoras con una delicadeza que me hacía hervir la sangre; era como ver a un ángel trabajando en el infierno que yo mismo ayudaba a construir.
Los bebés, esos pequeños seres que horas antes estaban al borde del colapso, mostraban un cambio radical. El color había vuelto a sus mejillas, sus constantes vitales eran estables. Los medicamentos de "mi logística" estaban haciendo el milagro, y ella los miraba con una ternura tan pura que, por un segundo, sentí una punzada de algo parecido a la envidia.
Ella les sonreía, ajena al hecho de que cada ampolla usada era un ladrillo más en la pared que la separaba de su antigua vida. Se veía hermosa bajo la luz azulada de la sala, tan frágil y tan terca a la vez.
Es mía. El pensamiento se instaló en mi pecho con una fuerza violenta.
Salí de las sombras y caminé hacia ella. Cuando me sintió cerca, su cuerpo se tensó, pero no se alejó. Seguía mirando a uno de los prematuros.
—Funcionó —susurró ella, casi para sí misma—. No sé qué tienen exactamente esas fórmulas, Nathaniel, pero son... mágicas.
—No es magia, Dasha. Es poder —le respondí, colocando una mano en la base de su espalda, reclamando mi lugar—. Pero este hospital ya no es un lugar seguro para ti después de lo de hoy. Hay gente preguntando por el cargamento y no voy a dejar que te usen para llegar a mí.
Ella me miró, confundida, con esa inocencia que me daban ganas de corromper.
—¿De qué hablas?
—Vas a recoger tus cosas. A partir de hoy, vas a vivir conmigo —solté, sin darle espacio a la réplica—. Mi casa es el único lugar donde puedo garantizar que nadie, ni siquiera tus propias dudas, te haga daño.
—¿Qué? ¡No! Yo tengo mi casa, mi madre, mi...
—Tu familia está bajo mi protección, pero tú estarás bajo mi techo —la interrumpí, acercándome lo suficiente para que sintiera el frío de mi determinación—. No es una invitación, doctora. Es un traslado de seguridad.
La vi plantar cara en medio de la unidad neonatal. Su mirada pasó de la ternura por los bebés a un fuego helado dirigido directo hacia mí. Me encantaba cuando se ponía así; la resistencia de Dasha era el mejor combustible para mi obsesión.
—No te confundas, Nathaniel —me dijo, su voz era un susurro pero cortaba más que cualquier amenaza que mis hombres pudieran proferir—. Puedes arrastrarme a tu casa, puedes ponerme las cadenas de oro más gruesas que encuentres y obligarme a dormir bajo tu techo, pero no me vas a separar de este hospital.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio con una valentía suicida, golpeando mi pecho con su dedo índice.
—Protegeme de los monstruos que traes en tus contenedores, haz lo que siempre has hecho para mantener tu maldita fachada de caballero, pero aquí soy la doctora Dasha, no tu propiedad. Si intentas sacarme de aquí, lo que vas a tener en tu casa es un cadáver, no una mujer. Porque este hospital es lo único que no vas a poder comprar con tus millones ni silenciar con tus armas.
La tensión en el aire se podía cortar. Mis hombres, apostados en la puerta, se pusieron rígidos. Nadie le hablaba así a un Volkov y vivía para contarlo.
La tomé del brazo, no con la fuerza de antes, sino con una posesión lenta, casi eléctrica. La atraje hacia mí hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
—Eres tan jodidamente necia, Dasha —gruñí, sintiendo cómo mi control se tambaleaba ante su audacia—. Está bien. Quédate con tu hospital. Pero entiende esto: si pones un pie fuera de estas paredes, estarás en mi auto. Si terminas tu turno, dormirás en mi cama.