Cruzando ambos mundos

12

El silencio de esta mansión es más ruidoso que las alarmas de la UCI. Han pasado tres días y Nathaniel cumple su palabra: voy del hospital a su cama, y de su cama al hospital, siempre escoltada por sombras armadas que no me dirigen la palabra.

​Hoy, sin embargo, el aire se siente distinto. Nathaniel no bajó a desayunar y su despacho, usualmente cerrado a cal y canto, tiene la puerta entornada.

​Me detengo frente al umbral. Mi instinto de supervivencia me dice que siga de largo hacia la salida, donde el coche me espera para llevarme a neonatología, pero mi curiosidad es una enfermedad crónica.

​Empujo la puerta lentamente. El olor a tabaco caro y sándalo me golpea los sentidos. Sobre su escritorio de caoba, no hay documentos financieros ni mapas de rutas. Hay un sobre abierto con el sello de la Interpol y una fotografía mía, de cuando me gradué, con un círculo rojo rodeando mi rostro.

​—La curiosidad mató al gato, doctora —su voz surge de la esquina más oscura, helándome la sangre—. Pero en tu caso, solo te hará entender por qué no puedes volver a casa. Jamás.

​Me giro, apretando los puños.

​—¿Qué significa esto, Nathaniel? ¿Por qué la policía tiene mi foto?

​Se levanta con esa elegancia depredadora, caminando hacia mí con un papel en la mano.

​—Porque el cargamento que "salvó" a tus bebés tenía un registro oficial a tu nombre. Para el mundo exterior, no soy yo el contrabandista. Eres tú.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. El aire, ese que Nathaniel siempre parecía robarme, dejó de entrar por completo en mis pulmones. ¿Mi nombre? ¿En un registro de la Interpol?

​—No... no es posible —mi voz salió como un hilo roto—. Yo solo quería salvarlos... Nathaniel, ¡yo soy médico!

​El despacho empezó a dar vueltas. Las paredes de mármol se cerraban sobre mí y el rostro de Nathaniel se distorsionaba. El zumbido en mis oídos era ensordecedor; mis manos empezaron a hormiguear y el pánico, puro y asfixiante, me atenazó la garganta. No podía respirar. Mi carrera, mi madre, mi vida entera se desmoronaba en un segundo.

​—¡Dasha, mírame! —lo escuché decir, pero su voz sonaba a kilómetros.

​Me fallaron las rodillas. La oscuridad me reclamó de golpe, pero no llegué a tocar el frío suelo. Sentí unos brazos de acero rodeando mi cintura y el calor de su pecho antes de que todo se apagara.

𓂃 ོ𓂃

​Desperté con el olor de su perfume impregnado en mis sábanas. Nathaniel estaba sentado al borde de la cama, observándome con una calma que me dio escalofríos. Intenté incorporarme, pero el mareo me obligó a retroceder.

​—Tranquila, doctora. Tu corazón late como el de un pájaro asustado —dijo, acariciando mi frente con una suavidad que detestaba.

​—Me vas a destruir... —susurré, las lágrimas quemando mis ojos—. La policía cree que soy yo...

​—La policía cree lo que yo les permito creer —me interrumpió, su mirada se volvió de hielo—. Sí, tu nombre está ahí, pero ya estoy trabajando en borrar cada rastro. Para el mundo, el responsable de todo sigue siendo Tsar.

​Se inclinó sobre mí, su sombra cubriéndome por completo.

​—Y nadie sabe quién es Tsar, Dasha. Es el hombre sin rostro, un mito, un fantasma. Mientras el mundo persigue a una sombra, tú estarás aquí, a salvo. Nadie te tocará porque, para ellos, Tsar no existe... pero para ti, Tsar es el hombre que decide cuándo vuelves a respirar.

Sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. Tsar. Ese nombre resonaba en las noticias como una leyenda urbana, un espectro que controlaba los hilos de Rusia desde las sombras. Un hombre sin rostro al que la policía perseguía sin hallar jamás una sola prueba. Y ahora, ese fantasma me estaba sosteniendo la mano.

​—¿Tsar? —mi voz tembló, cargada de un miedo que me quemaba—. El hombre que las noticias describen como un monstruo... ¿eres tú?

​Él no se inmutó. Su mirada seguía siendo ese azul gélido que me desarmaba.

​—¿Por qué me mentiste? —le grité, apartando mi mano como si su piel me quemara—. ¿Por qué no me dijiste la verdad desde el principio? Me dejaste entrar en tu cama, en tu vida, ¡sin saber que estaba durmiendo con el diablo!

​—Porque si lo hacía, habrías salido huyendo, Dasha —respondió con una calma exasperante—. Te habrías alejado de mí antes de darme la oportunidad de poseerte.

​—¡Y es exactamente lo que quiero hacer ahora! —exclamé, aunque sabía que era una mentira desesperada—. Te tengo miedo, Nathaniel. Ahora mismo quiero salir corriendo de esta casa y no volver a verte. Pero ya estoy hundida en esto... por tu culpa, soy una fugitiva. No voy a abandonarte porque no tengo a dónde ir, pero no olvides que me mentiste. No sé quién eres, no sé qué negocios manejas... ni siquiera sé quién es el hombre que tengo delante.

​Él se inclinó, atrapando mi rostro entre sus manos, obligándome a sostenerle la mirada.

​—Sigo siendo Nathaniel, Dasha —susurró contra mis labios, con una intensidad que me hizo estremecer—. Solo que esta es la versión de mí que quería que vieras. El resto del mundo solo conoce la sombra; tú, y solo tú, conoces al hombre.

Me dolió la cabeza al intentar procesar que el hombre que me rescató de mis pesadillas era, en realidad, la peor de todas ellas. Quería gritarle, exigirle que me explicara cada detalle de sus crímenes, pero Nathaniel se puso de pie, cortando mi arrebato con la frialdad de un muro de piedra.

​—Suficiente por ahora, Dasha. No voy a discutir más sobre quién soy mientras tu cuerpo apenas puede sostenerse —sentenció, revisando su reloj de oro—. Has pasado todo el día inconsciente. Es de noche y vas a bajar a cenar.

​—No tengo hambre. Y no he terminado contigo —repliqué, intentando levantarme, pero el mundo volvió a tambalearse.

​Él me sujetó por los hombros, obligándome a sentarme de nuevo. Su mirada se oscureció.

​—No era una pregunta. Me ocultaste que eres anémica antes de tu pequeño espectáculo en el despacho. No voy a permitir que te debilites más de lo que ya estás.




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