El primer día de mi "licencia" comenzó antes de que el sol terminara de salir. Nathaniel me despertó con un traje negro de seda sobre la cama y una orden directa: nada de batas blancas hoy.
Subimos a un coche blindado que se alejó de la ciudad, internándose en una zona industrial que no aparecía en los mapas turísticos. El silencio entre nosotros era denso, pero no incómodo; era la calma antes de la tormenta.
—¿A dónde me llevas? —pregunté, observando los muros de hormigón y el alambre de espino que rodeaba el complejo al que entrábamos.
—A que entiendas por qué la Interpol te busca a ti, mientras yo sigo siendo un fantasma —respondió, bajando del auto y ofreciéndome su mano.
Al entrar en el enorme hangar, mis ojos de médico no pudieron evitar analizarlo todo. No era un almacén de armas ni de drogas. Era un laboratorio de tecnología médica de última generación, pero sin una sola identificación oficial.
—Aquí es donde ocurre la "magia", Dasha —dijo, señalando las cajas de titanio que yo había visto en el hospital—. Esos medicamentos que salvaron a tus prematuros no son ilegales por ser malos. Son ilegales porque no existen para el mercado oficial. Yo los financio, yo los fabrico y yo los distribuyo donde los gobiernos dicen que no hay presupuesto.
Me acerqué a una de las mesas. Eran patentes robadas o mejoradas, fórmulas que salvarían millones de vidas pero que se movían por canales de sangre.
—Entonces, ¿eres un criminal con complejo de Dios? —le espeté, girándome hacia él.
Nathaniel se acercó, atrapándome contra una de las cajas frías.
—Soy el hombre que hace lo que la ley no se atreve a hacer. Pero para que este mundo funcione, alguien tiene que cargar con la culpa si nos atrapan. Ese nombre, por ahora, es el tuyo, porque nadie sospecharía de una santa pediatra.
Me tomó de la barbilla, obligándome a ver el despliegue de poder a nuestro alrededor.
—Bienvenida al verdadero negocio, doctora. Ya viste los bebés salvados; ahora mira el precio que hay que pagar por ello.
—Obviamente, todo este equipo médico y la investigación no se pagan solos, Dasha —dijo Nathaniel, caminando con elegancia entre los microscopios y los tanques de nitrógeno—. Las drogas, las armas y los demás "servicios" que manejo son los que financian estos productos. Es el equilibrio necesario: mi oscuridad sostiene tu luz.
Me crucé de brazos, sintiendo un nudo en el estómago. La idea de que cada bebé salvado fuera financiado por sangre me revolvía las entrañas, pero Nathaniel no me dio tiempo para procesarlo.
—Pero no creas que estos seis meses serán de descanso —continuó, deteniéndose frente a mí—. Si vas a estar a mi lado, no puedes ser un blanco fácil. Mañana empiezas un entrenamiento estricto.
—¿Entrenamiento? Soy pediatra, no soldado.
—Ya no —sentenció con firmeza—. Vas a aprender puntería. Necesito que sepas manejar un arma tan bien como un bisturí. También recibirás clases sobre química avanzada; vas a conocer cada mezcla, cada compuesto y cada reactivo que sale de estos laboratorios. No quiero que ignores lo que corre por las venas de tus pacientes o de tus enemigos.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal.
—Y, por supuesto, defensa personal. No siempre tendré a mis hombres a un metro de ti. Te tomará ocho horas de tu día, como un turno de hospital. El resto del tiempo libre podrás hacer lo que te plazca en la mansión, pero esas ocho horas me pertenecen. En seis meses, no solo serás la doctora de Tsar; serás capaz de defender el imperio que ahora es tuyo.
Lo miré fijamente. Sabía que no tenía opción. Si quería sobrevivir a este hombre y a su mundo de sombras, tenía que aprender a ser tan letal como él.
—Está bien, Nathaniel. Si voy a ser el rostro de tus pecados durante ocho horas al día, las otras dieciséis voy a ser la mujer que vacíe tus cuentas —le dije, sosteniéndole la mirada con un desafío que no esperaba—. Mañana mismo quiero ir de compras. Necesito cosas que tú no me diste y no pienso usar mi tarjeta.
Él arqueó una ceja, divertido por mi repentino arranque de audacia.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué debería dejar que uses la mía?
—Porque tú mismo lo dijiste: el mundo no conoce el rostro de Nathaniel Volkov, ni el de Tsar, y mucho menos el mío. Solo conocen nombres y sombras —me acerqué a él, sintiendo por primera vez que tenía un pequeño hilo del cual tirar—. Así que voy a usar tu tarjeta. Si soy "tuya" y soy la responsable de tus movimientos, lo justo es que lo de Tsar sea de Dasha, ¿no?
Nathaniel soltó una carcajada oscura, una que vibró en el aire frío del laboratorio. Me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo con una fuerza que me cortó el aliento.
—Me gusta que aprendas rápido, doctora. De todas formas, no iba a dejar que usaras tu estúpido sueldo de hospital para comprarte nada —susurró cerca de mi oído, con esa voz que era puro terciopelo y peligro—. Lo que es mío es tuyo, Dasha. El dinero, el poder... y las deudas de sangre. Ve mañana y gasta lo que quieras. Pero recuerda: cada vez que deslices esa tarjeta, estarás aceptando que el dueño de esa cuenta también es el dueño de tu vida.
𓂃 ོ𓂃
Llegué al mall escoltada por Ivan, un guardaespaldas que parecía una montaña de músculos con traje, cuya única misión era no quitarme el ojo de encima. Al principio me sentí cohibida, pero luego recordé las palabras de Nathaniel. Lo que es mío es tuyo.
—Bueno, Ivan —dije, girándome hacia él con una sonrisa cargada de ironía—, si voy a ser la mujer de Tsar, supongo que debo lucir como tal. Vamos a ver cuánto aguanta el bolsillo de tu jefe.
Empecé a entrar en tiendas donde antes solo me atrevía a mirar los escaparates. Zapatos de suelas rojas, bolsos de piel exótica, vestidos que costaban más que mi coche y joyas que brillaban con una luz casi ofensiva. Compré cosas locas, cosas que nunca necesité pero que siempre deseé en secreto. Disfruté cada vez que Ivan tenía que cargar con una bolsa nueva.