Cruzando ambos mundos

14

A las seis de la mañana, Nathaniel entró en la habitación como una sombra implacable. Me obligó a ponerme ropa táctica que se ajustaba a mi cuerpo, recordándome que mi tiempo de juegos en el mall había terminado.

​El campo de tiro privado en el sótano de la mansión era frío y olía a pólvora y metal. Nathaniel me puso una pistola de 9 mm en la mano. Su peso era real, aterrador, pero cuando me posicioné frente a la diana, algo en mi cerebro de cirujana hizo clic.

​—La postura es fundamental, Dasha. Tienes que... —empezó a decir él, colocándose detrás de mí para corregirme.

​Pero no lo dejé terminar. Alineé las miras con la misma frialdad con la que busco una arteria en el quirófano. Mi pulso era una línea recta, mi respiración era pausada. Apreté el gatillo. Bang. El primer disparo dio justo en el centro. Bang, bang, bang. Los siguientes tres agujerearon el corazón de la silueta de papel.

​Nathaniel se quedó en silencio un segundo, sorprendido. Una sonrisa ladeada y orgullosa apareció en su rostro.

​—Puntería de doctora —murmuró, su voz cargada de una admiración oscura—. Tienes una precisión quirúrgica, Dash. Parece que tu mano no sabe lo que es el miedo cuando tiene un objetivo.

​—Sé dónde están los órganos vitales, Nathaniel. Solo estoy aplicando la anatomía de forma diferente —le respondí, bajando el arma con una calma que me asustó a mí misma.

​Sin embargo, mi racha de suerte se acabó cuando pasamos al área de defensa personal. Allí, Nathaniel se quitó la chaqueta y se puso frente a mí.

​—Golpéame —ordenó.

​Lancé un puñetazo, pero fue torpe, débil. Él lo esquivó sin el más mínimo esfuerzo. Intenté patear, pero perdí el equilibrio y terminé estampada contra el suelo de goma. Me dolía todo. No tenía ni idea de cómo usar mi fuerza para dañar a otro ser humano; mis manos estaban entrenadas para curar, no para romper huesos.

​—¡Es patético, Dasha! —me gritó, obligándome a levantarme—. Si alguien te agarra en un callejón, no te va a preguntar por tu título de medicina. ¡Reacciona!

​Terminé esa sesión llena de moretones y con el orgullo por los suelos. Me sentía inútil, frustrada porque mi cuerpo no respondía a la violencia de la misma forma que mis ojos respondían a la puntería.

​Tras un breve descanso, me llevaron a la zona de los laboratorios para mi tercera clase del día: química avanzada y balística de fluidos. Nathaniel no impartió esta clase; en su lugar, apareció un hombre mayor, de mirada afilada y manos manchadas de reactivos, llamado Sergei.

​Él empezó a explicarme sobre mezclas de compuestos sintéticos, toxinas que no dejan rastro y cómo estabilizar medicamentos robados para que no se volvieran letales. Aquí, volví a ser la mejor alumna. Mi mente absorbía las fórmulas, las combinaciones de químicos y los efectos de los reactivos con una velocidad que dejó a Sergei impresionado. Para mí, las mezclas eran como recetas de vida o muerte, y mi memoria fotográfica no falló ni una sola vez.

​Al final del día, mi cuerpo era un desastre de fatiga. Mis músculos gritaban por el esfuerzo de la defensa personal, mi mente estaba saturada de fórmulas y mis oídos aún pitaban por los disparos.

​Bajé al comedor para la cena, arrastrando los pies. Nathaniel ya estaba allí, observándome mientras me dejaba caer en la silla, casi sin fuerzas para sostener los cubiertos.

​—Estoy... agotada —le confesé, cerrando los ojos por un segundo—. Siento que me han pasado por encima con un camión.

​Nathaniel me miró con una mezcla de ternura posesiva y satisfacción. Se levantó, caminó hacia mi silla y empezó a masajear mis hombros con una presión que me hizo soltar un gemido de alivio y dolor al mismo tiempo.

​—Es normal, nena —susurró cerca de mi oído—. Tu cuerpo está aprendiendo a sobrevivir en un mundo que no perdona la debilidad. Te duele porque te estás haciendo más fuerte. Pronto te acostumbrarás a este ritmo, y para cuando terminen los seis meses, no solo serás mi mujer y mi doctora... serás mi mano derecha.

​Me quedé en silencio, dejando que su calor me envolviera, dándome cuenta de que, aunque me doliera el cuerpo, una parte de mí empezaba a disfrutar de esa peligrosa sensación de poder.

A las cinco de la mañana, Nathaniel ya estaba de pie al borde de la cama. No hubo palabras dulces, solo el frío metálico de su mirada y una orden silenciosa para que me vistiera. El segundo día de entrenamiento fue un infierno de sudor y adrenalina. En la galería de tiro, volví a ser implacable; mis balas perforaban el centro de la diana con una precisión que incluso a mí me daba miedo. Sin embargo, en defensa personal, Nathaniel fue aún más duro. Me obligó a levantarme una y otra vez del suelo, ignorando mis jadeos de cansancio, hasta que mis nudillos estuvieron rojos y mi respiración era un incendio en mis pulmones.

​Para cuando terminamos con Sergei y las fórmulas químicas, yo era un manojo de nervios y agotamiento. Pero Nathaniel tenía otros planes.

​—Arréglate, Dasha. Vamos al Mall. Aún faltan cosas en ese vestidor y no quiero que Ivan te acompañe hoy. Iré yo —sentenció.

​En el centro comercial, la escena era casi surrealista. El hombre más peligroso de Rusia caminaba a mi lado, cargando algunas de mis bolsas, moviéndose entre la gente como si fuera un ciudadano común, aunque su sola presencia hacía que la multitud se apartara sin saber por qué. Yo caminaba con la espalda recta, tratando de ocultar el dolor de mis músculos y manteniendo mi expresión de acero, esa que usaba en el hospital cuando las cosas se ponían feas.

​Nathaniel se veía extrañamente fuera de lugar, pero sus ojos no se apartaban de mí. Noté que suspiraba cada vez que yo me detenía a mirar una vitrina, y su semblante reflejaba un aburrimiento mal disimulado.

​—Estás aburrido, ¿verdad? —le espeté, deteniéndome frente a una tienda de cosméticos—. Nadie te obligó a venir, Tsar. Podrías estar en tu despacho ordenando ejecuciones o lo que sea que hagas.




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