El tercer día no empezó con un despertador, sino con el frío del cañón de una pistola descargada rozando mi mejilla. Abrí los ojos de golpe y encontré a Nathaniel observándome, ya vestido de negro, impecable.
—Cinco minutos, Dasha —dijo sin rastro del hombre vulnerable de anoche—. Hoy la tregua se queda bajo las sábanas.
Bajamos al sótano. El cansancio acumulado hacía que mis piernas pesaran como plomo, pero en cuanto entramos a la galería de tiro, mi mente se encendió. Ya no era solo disparar a una silueta estática. Nathaniel activó las dianas móviles.
—Un cirujano no siempre opera en condiciones ideales —gruñó él a mi espalda—. Identifica la amenaza, mide el viento, dispara.
Bang. Bang. Bang. La precisión seguía ahí, pero el agotamiento empezaba a hacerme temblar el pulso. Cuando una de las balas rozó el hombro de la silueta en lugar del corazón, Nathaniel me quitó el arma de un tirón.
—Suficiente de juguetes. Al tatami.
La sesión de defensa personal fue brutal. Nathaniel no tuvo piedad por los moretones del día anterior. Me derribó tres veces seguidas, usando mi propia inercia contra mí. El suelo de goma ya me resultaba familiar, y el sabor a sangre en mi labio me recordó que en su mundo, las disculpas nocturnas no compraban piedad diurna.
—¡Levántate! —rugió—. Si te quedas en el suelo, estás muerta.
Me levanté, jadeando, con la vista nublada por el sudor. Esta vez no lancé un puñetazo torpe. Esperé a que él se acercara, fingí un tropiezo y, cuando intentó sujetarme, clavé mis dedos en un punto de presión específico en su antebrazo que conocía por mis años de anatomía.
Nathaniel soltó un gruñido de sorpresa y su agarre cedió un segundo. Aproveché para darle una patada seca en la espinilla y alejarme. Él se quedó quieto, mirándose el brazo y luego a mí. Una chispa de pura euforia brilló en sus ojos.
—Usando la medicina como arma... —susurró, limpiándose un rastro de sudor—. Esa es mi chica.
La mañana terminó en el laboratorio con Sergei. Esta vez, el aire era más denso. Sergei me puso frente a una serie de viales sin etiquetas.
—Hoy aprenderás a neutralizar, no a crear —dijo el viejo con voz ronca—. Si en una cena te sirven un veneno derivado de la belladona, tienes tres minutos para identificar el antídoto por el olor y la viscosidad. Empieza.
Pasé las siguientes tres horas con los sentidos alerta, mezclando compuestos mientras mis manos aún temblaban por el esfuerzo físico. Era una danza macabra entre la cura y la muerte.
Al mediodía, Nathaniel apareció de nuevo. No traía bolsas de compras ni planes de paseo. Tenía una tablet en la mano y una expresión profesional.
—Dasha, olvida el mall —sentenció—. Esta tarde no vamos a comprar ropa. Vas a venir conmigo a la clínica clandestina de la organización. Hay un "paciente" que solo alguien con tu precisión puede salvar, y necesito que veas cómo se maneja la medicina cuando no hay un comité de ética mirando.
El trayecto a la clínica no fue en el lujoso auto de ayer, sino en una camioneta blindada y discreta. El lugar estaba oculto tras la fachada de una bodega de suministros médicos en las afueras. Al entrar, el olor a antiséptico barato y humedad me revolvió el estómago.
—Es uno de mis mejores hombres, Dasha. Si muere, perdemos la ruta del Báltico —soltó Nathaniel mientras me entregaba un maletín quirúrgico que, para mi sorpresa, contenía instrumental de titanio de primera calidad—. Haz tu magia.
El paciente era un hombre joven, pálido, con una herida de bala que le había atravesado el abdomen. Dos hombres armados vigilaban la puerta, nerviosos. Al verme llegar en ropa táctica y con el cabello recogido en una coleta desordenada, me miraron con escepticismo.
—¿Ella es la doctora? —preguntó uno.
—Es mi mujer —sentenció Nathaniel, y el silencio fue absoluto—. Y si ella no puede salvarlo, nadie podrá.
Me lavé las manos en un fregadero oxidado y me puse los guantes con la rapidez de quien ha hecho esto mil veces. En cuanto toqué el cuerpo del herido, mi fatiga desapareció. El "clic" en mi cerebro fue instantáneo. Ya no sentía los moretones ni el cansancio; solo existía la anatomía.
—Necesito más luz y que alguien presione aquí —ordené.
Nathaniel se acercó. Sin que se lo pidiera, tomó la lámpara quirúrgica portátil y la sostuvo con firmeza. El hombre que ayer rompía escaparates ahora era mi asistente silencioso, siguiendo mis movimientos con una intensidad felina.
—Hay una hemorragia interna en la arteria mesentérica —murmuré, hundiendo las pinzas—. Si no la pinzo ahora, se desangra en treinta segundos.
El pulso no me tembló. A pesar de los disparos de la mañana y de los golpes en el tatami, mis manos eran dos máquinas de precisión. Localicé la ruptura, succioné la sangre sobrante y realicé una sutura perfecta, rápida y limpia.
Cuando terminé de cerrar, después de dos horas de tensión pura, solté un suspiro largo. El monitor —uno de los pocos equipos modernos que había allí— indicaba que las constantes se estabilizaban.
Me quité los guantes manchados de sangre y miré a Nathaniel. Él no miraba al paciente; me miraba a mí. Había algo en su rostro que iba más allá de la admiración; era una especie de devoción oscura, como si acabara de confirmar que yo era la pieza que le faltaba a su imperio.
—Lo lograste —dijo en voz baja.
—Te dije que sabía dónde están los órganos, Nathaniel. Salvarlos es mucho más fácil que destruirlos —le respondí, limpiándome una gota de sudor de la frente.
Salimos de la clínica cuando el sol ya empezaba a caer. El aire frío de la tarde me golpeó la cara, refrescándome. Nathaniel me abrió la puerta del coche, pero antes de que subiera, me acorraló contra la carrocería, atrapándome entre sus brazos.
—Hoy has demostrado que eres capaz de todo, Dash —susurró, su aliento cálido rozando mi cuello—. Puntería, química y ahora esto. Eres letal y eres vida a la vez.