Cruzando ambos mundos

16

El frío de la noche portuaria me calaba hasta los huesos, pero era el tipo de frío que me mantenía alerta. Estaba apostado en la zona alta de los contenedores, observando el movimiento abajo. Mi tío creía que podía robarme y salir impune, pero no conocía el nuevo as bajo mi manga.

​Toqué el pequeño vial en mi bolsillo. El "regalo" de Dasha.

​—Tsar, los hombres están en posición —la voz de Ivan sonó por el pinganillo—. Solo esperamos tu señal.

​—No quiero un baño de sangre innecesario —respondí, mi voz era un hilo gélido—. Quiero al viejo. El resto es daño colateral.

​Mientras esperaba, el sabor de los labios de Dasha todavía persistía en los míos. Su imagen bajando las escaleras, casi cayéndose por la prisa de alcanzarme, se repetía en mi mente como una película. "Todavía no te quiero muerto", me había dicho. Esa mujer era una contradicción andante: me entregaba veneno con manos de santa y me exigía hospitales mientras se convertía en mi mano derecha.

​Me gustaba. Me volvía loco que no se doblegara.

​Abajo, una camioneta negra se detuvo. Mi tío bajó, escoltado por cuatro hombres. Se veía tan seguro, tan dueño de lo ajeno. Sentí una punzada de rabia líquida. Nadie le quita nada a un Volkov, y mucho menos a mí.

​—Ahora —ordené.

​El estruendo de los silenciadores rompió la calma del puerto. Mis hombres cayeron sobre ellos como sombras. Bajé de un salto, moviéndome con la agilidad que los años de guerra me habían dado. En segundos, tenía a mi tío acorralado contra un contenedor metálico, con la punta de mi cañón presionando su barbilla.

​—Sobrino... —jadeó el viejo, tratando de mantener una dignidad que ya no tenía—. No te atreverías a matar a tu propia sangre.

​—La sangre se limpia, tío —le dije con una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Pero hoy no voy a ensuciarme las manos contigo.

​Saqué el vial. La luz de la luna hizo que el líquido azul brillara con una belleza letal. Recordé la mirada de Dasha al entregármelo: profesional, implacable. Ella había hecho su parte, ahora me tocaba a mí hacer la mía.

​—Dasha te envía saludos —susurré antes de actuar.

Lo miré a los ojos mientras el pánico empezaba a nublar su vista. No iba a desperdiciar la obra de arte de Dasha con un interrogatorio aburrido; el mensaje tenía que ser clínico, exacto, como ella.

​Con un movimiento fluido, saqué la jeringa precargada y se la clavé en el cuello antes de que pudiera parpadear. Él ahogó un grito que se convirtió en un gorgoteo seco.

​—Es neurotóxico, tío —le susurré al oído, sosteniéndolo para que no se desplomara todavía—. En diez segundos tus pulmones olvidarán cómo expandirse. Cortesía de mi mujer.

​Lo solté. Cayó de rodillas, arañándose la garganta mientras el líquido azul hacía su magia silenciosa. Murió sin una gota de sangre derramada, tal como ella prometió. Impecable.

​—Limpien esto —ordené a Ivan sin mirar atrás—. Y recuperen el cargamento. Me voy a casa.

​El trayecto de vuelta fue una tortura. La adrenalina se estaba evaporando y solo quedaba esa necesidad visceral de verla. Al entrar en la mansión, el silencio me recibió, pero sabía que ella no estaba dormida. Subí las escaleras de dos en dos, ignorando el cansancio.

​Abrí la puerta de nuestra habitación. Dasha estaba sentada cerca de la ventana, con un libro en el regazo que claramente no estaba leyendo. Se levantó de un salto en cuanto me vio.

​—Estás entero —dijo, examinándome de arriba abajo con esa mirada clínica que tanto me gusta.

​—Te dije que no te librarías de mí tan fácil, doctora —me acerqué a ella, quitándome la funda del arma y tirándola a un lado—. Tu "regalo" funcionó. Fue... poético.

​La tomé por la nuca, obligándola a mirarme. Estaba pálida, pero sus ojos brillaban con una intensidad que me quemaba.

​—Ya eres parte de esto, Dasha. Ya no hay marcha atrás.

Me escaneó de arriba abajo con esa mirada de cirujana que busca heridas antes que sentimientos.

​—Estás entero —Repitió, y noté cómo sus hombros, tensos como cuerdas de violín, finalmente descendían.

​—Te dije que no te librarías de mí tan fácil, doctora —le repetí, lanzando la funda del arma sobre la otomana.

​Me acerqué a ella. Me importaba una mierda el cargamento recuperado o el cadáver de mi tío enfriándose en el puerto; solo quería sentir su calor para sacarme el frío de la muerte de encima. Dasha no esperó. Se lanzó a mis brazos y rodeó mi cuello, hundiéndose en mi pecho.

​—No me importan los detalles ahora —susurró contra mi piel—. Solo... me alegra que estés aquí.

​La apreté contra mí con una fuerza que probablemente le dejó marcas, pero necesitaba asegurarme de que era real. Ella era mi ancla. Olía a limpio, a ese jabón caro que contrastaba con el olor a pólvora que yo traía pegado a los poros. Nos quedamos así, en un silencio que pesaba más que cualquier confesión.

​Después de un rato, se separó lo justo para clavar sus ojos en los míos. La chispa de curiosidad científica —o quizá de culpa— apareció en sus pupilas.

​—¿Sufrió? —preguntó casi en un soplido—. ¿Cómo fue... con la toxina?

​Le aparté un mechón de pelo de la cara. Su creación había sido perfecta.

​—Fue rápido, Dasha. Tal como lo planeaste. Se quedó sin aire en segundos, de rodillas ante mí. No hubo desorden, ni sangre, ni ruidos. Fue la muerte más limpia que he visto en toda mi vida.

​Vi un destello de algo complejo en su rostro, pero no se rompió. Mi mujer era de acero.

​—Bien —respondió ella, recuperando esa frialdad que me volvía loco—. Ahora quítate esa ropa. Hueles a puerto y a muerte, y quiero que vuelvas a ser solo Nathaniel por lo que queda de noche.

​Solté una carcajada ronca. Esa autoridad suya me encendía más que cualquier otra cosa. Empecé a desabotonarme la camisa, sin dejar de mirarla, disfrutando de cómo sus ojos seguían mis movimientos.

​—Tus deseos son órdenes, jefa de la unidad médica. Esta noche, el Tsar se queda fuera de esta habitación.




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