Nathaniel soltó una carcajada ronca, sabiendo que, aunque mis palabras eran dagas, mi cuerpo se rendía a su contacto.
—Está bien, doctora. Lo sacaré de allí, pero no volverá a pisar esta casa —sentenció, dándole una orden rápida a Ivan con un gesto antes de volver a centrarse en mí—. Olvida la sangre del suelo. Tengo algo mejor que unos planos de papel para que veas. Arréglate, salimos en diez minutos.
No me dio tiempo a protestar. Poco después, estábamos en el coche, alejándonos de la ciudad hacia una zona industrial que empezaba a ser renovada. El coche se detuvo frente a un edificio antiguo de ladrillo visto, con grandes ventanales y una estructura sólida que gritaba historia.
—Bajate —me ordenó, aunque esta vez lo dijo con una nota de impaciencia casi infantil, como si estuviera ansioso por mostrarme un trofeo.
Caminamos hacia la entrada principal. Al abrir las pesadas puertas de metal, me quedé sin aliento. El espacio era inmenso, con techos altos y una luz natural que inundaba cada rincón. No era un sótano, no era una bodega húmeda. Era el esqueleto de un hospital moderno.
—Es perfecto —susurré, caminando hacia el centro del gran salón, imaginando ya dónde irían los laboratorios de Sergei y mis salas de cirugía.
—Es tuyo, Dasha —dijo Nathaniel, parándose detrás de mí—. He comprado toda la manzana. Tendrás la tecnología que pidas, el personal que elijas y la seguridad que solo los Volkov pueden garantizar. Aquí no serás solo mi mujer... serás la directora de este imperio médico.
Me giré para verlo. Nathaniel me miraba con una mezcla de orgullo y esa posesividad que ya no me molestaba tanto. Por dentro, mi corazón daba saltos; era todo lo que había soñado, pero en el lugar más inesperado del mundo.
—Gracias, Nathaniel —le dije con sinceridad, olvidando por un momento al asesor de la cara rota—. Realmente sabes cómo compensar un mal rato.
Él me tomó de la cintura y me atrajo hacia sí en medio del edificio vacío.
—No lo hago para compensar nada, Dash. Lo hago porque si vas a ser mi mano derecha, tienes que tener un trono a tu altura.
El trayecto de vuelta fue un borrón de luces borrosas y silencio. Al entrar en la habitación, el peso de lo que había hecho cayó sobre mí como una losa de hormigón. Mis manos, las mismas que habían pasado años estudiando cómo preservar la vida, ahora estaban manchadas de una sombra que ningún antiséptico podría borrar.
Me detuve en medio del cuarto, mirando mis palmas como si fueran las de una desconocida. Nathaniel se acercó a mí, tratando de quitarme la chaqueta, pero me alejé un paso, temblando.
—¿No me tienes miedo? —le pregunté, y mi voz salió rota, apenas un susurro—. Nathaniel, acabo de matar a una persona. He apretado el gatillo y he visto cómo se le escapaba la vida... y lo peor es que sabía exactamente qué estaba destruyendo por dentro.
Lo miré con los ojos empañados, sintiendo un frío visceral.
—Soy una asesina. Igual que tú. Igual que todos ellos. Tengo miedo, Nathaniel... tengo miedo de lo que me estoy convirtiendo.
Él no dijo nada de inmediato. No hubo sermones ni justificaciones frías. Simplemente acortó la distancia y me envolvió en sus brazos con una firmeza que me obligó a soltar el aire que tenía retenido. Me hundí en su pecho, escondiendo la cara en su cuello, y finalmente dejé que las lágrimas fluyeran.
—No eres como ellos, Dasha —susurró, su voz vibrando contra mi oído mientras me acariciaba el cabello con una ternura inesperada—. Ellos vinieron a destruir; tú disparaste para proteger lo que estamos construyendo. En este mundo, a veces hay que romper huesos para poder sanar después. No te voy a soltar.
Me cargó con delicadeza y me recostó en la cama, envolviéndome en las sábanas antes de acostarse a mi lado. Me acurruqué contra su cuerpo, buscando su calor como si fuera lo único que me mantenía anclada a la realidad. Nathaniel me besó la frente y me rodeó con sus brazos, protegiéndome de las sombras de mi propia mente.
—Duerme, doctora —murmuró—. Mañana el mundo seguirá aquí, y yo estaré contigo.
Poco a poco, el agotamiento le ganó a la angustia, y me quedé dormida escuchando el latido constante de su corazón, el único ritmo que lograba calmar el caos en mi interior.
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El frío de la mañana ya no me asustaba; ahora era mi señal para activarme. Me desperté antes de que Nathaniel siquiera se moviera, sintiendo mis músculos tensos pero listos. Ya no eran los mismos hombros cansados de hace tres meses; ahora había una fuerza fibrosa, una memoria en mis tendones que me hacía sentir más conectada con mi cuerpo que nunca.
Me levanté y me miré al espejo. El progreso en defensa personal era evidente. Ya no era la doctora que tropezaba en el tatami; ahora sabía usar mi centro de gravedad, sabía dónde golpear para incapacitar y cómo caer para levantarme antes de que el enemigo se diera cuenta. Nathaniel ya no me lanzaba contra el suelo seis veces; ahora, a veces, era yo quien lo hacía gruñir de sorpresa con un contraataque rápido.
Mientras me recogía el cabello en una coleta tirante, mi mente voló lejos de la mansión. En estos tres meses, apenas había hablado con mi familia un par de veces. Han sido llamadas cortas, vigiladas, donde mis palabras eran medidas y mi tono de voz fingía una normalidad que ya no existía. Les dije que estaba bien, que el "trabajo" en Rusia era demandante pero fascinante. Mentiras necesarias. Cada vez que colgaba, sentía que el hilo que me unía a mi antigua vida se volvía más delgado, mientras que la cadena que me ataba a Nathaniel y a este imperio de sombras se volvía más gruesa.
Bajé al gimnasio privado. Nathaniel ya me esperaba, con las vendas puestas y esa mirada que siempre analizaba mi primer movimiento.
—Llegas un minuto tarde, doctora —dijo con esa sonrisa de medio lado que me ponía a prueba.
—Estaba contando cuántas veces te voy a tirar hoy, Tsar —le respondí, poniéndome en guardia.