Cruzando ambos mundos

18

Sergei estaba concentrado, frunciendo el ceño mientras intentaba pronunciar con su fuerte acento ruso:

—¿Entonces... si Nathaniel está siendo un tonto, le digo que es un... "güevón"? —soltó Sergei con esfuerzo, haciéndome estallar en carcajadas.

​En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Nathaniel entró con paso firme, pero al ver la escena, su expresión gélida se suavizó por la curiosidad.

​—¿Qué es un "güevón"? —preguntó Nathaniel, arrastrando una silla y sentándose al lado de Sergei con una naturalidad que me dejó loca—. Yo también quiero aprender. Si vas a usar palabras clave con Sergei para hablar a mis espaldas, necesito saber el código.

​Me crucé de brazos, mirándolos a los dos. El Tsar de la mafia rusa y el científico más brillante de Europa estaban ahí sentados, esperando que les enseñara jerga venezolana como si fueran alumnos de primaria.

​—Increíble —dije riendo—. Tengo a dos niños enfrente. Solo les falta la merienda.

​Nathaniel me miró fijamente, con esa intensidad que siempre me desarmaba, pero esta vez había algo más relajado en su postura. Aproveché ese momento de cercanía, esa paz que la noticia de la libertad de mi país me había dado.

​—Nathaniel —dije, volviéndome un poco más seria—, ¿puedo pedirte un favor? Uno importante.

​Él arqueó una ceja, pero asintió, dándome toda su atención.

​—Ahora que Venezuela es libre, las cosas van a estar movidas un tiempo mientras todo se calma. Quiero traer a mi abuela y a mi tía aquí, conmigo. Solo un tiempo, hasta que esté segura de que están bien. ¿Puedes traerlas?

​Nathaniel no lo dudó ni un segundo. Se inclinó hacia adelante, tomando mi mano sobre la mesa del laboratorio.

​—Consideralo hecho, Dasha. Haré que mis mejores hombres las busquen y las traigan en un vuelo privado. Si son tu familia, bajo mi techo estarán más seguras que en cualquier otro lugar del mundo.

​Sentí un alivio inmenso. Miré a Sergei, que me guiñó un ojo, y luego a Nathaniel. Quizás no me había pedido ser su novia todavía, pero proteger a los míos era su forma de decirme que yo ya era parte de su vida de forma definitiva.

​—Gracias, Nathaniel —susurré—. Eres... un tipo "chévere", después de todo.

​—"Chévere" —repitió él, saboreando la palabra—. Me gusta cómo suena en tu boca.

𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃

Pasó una semana intensa. Las llamadas a Venezuela eran constantes; entre la emoción de que el país por fin es libre y los preparativos del viaje, apenas dormí. Cuando le conté a mi tía y a mi abuela el plan de traerlas, aceptaron de inmediato. Nathaniel, con su mentalidad de protección absoluta, me preguntó si quería instalarlas con nosotros en su mansión, pero le dije que ni lo pensara.

​—No las quiero en la mansión, Nathaniel —le sentencié mientras terminaba de organizar unos documentos en el laboratorio—. No quiero que estén cerca de tu madre ni de toda esa gente. Quiero que estén en mi casa, con mi mamá y con Erickson. Es su espacio, es seguro y es donde pertenecen. No quiero que respiren el aire de la Bratva ni un solo segundo.

​Él asintió, respetando mi decisión. Antes de que el vuelo privado aterrizara, Nathaniel y yo nos dirigimos a mi casa para recibir a los que venían y reencontrarme con los que ya estaban. Al cruzar la puerta, me encontré con mi madre y con Erickson. Hacía tres meses que no nos veíamos cara a cara, tres meses de una distancia que dolía más que cualquier entrenamiento. El ambiente estaba cargado; hubo abrazos apretados, lágrimas contenidas y ese silencio incómodo de quienes tienen mucho que decirse pero no saben por dónde empezar.

​Sin embargo, la llegada de la familia ablandó todo. Nos pusimos manos a la obra en la cocina. Fue una escena casi surrealista: yo, la doctora convertida en guerrera, cocinando junto a mi madre y Erickson, mientras Nathaniel se movía por la casa con una calma imponente, saludando a mi familia con ese respeto gélido pero educado que lo caracteriza. Erickson lo observaba con curiosidad y cautela, pero Nathaniel se mantuvo en su sitio, dándonos nuestro espacio.

​Justo cuando el olor de la comida llenaba cada rincón, escuchamos los motores afuera. Mi corazón empezó a latir con una fuerza salvaje. Salí a la entrada principal y vi cómo dos camionetas negras, blindadas y con los vidrios oscuros, se detenían frente a la acera. Eran los hombres de Nathaniel.

​De la segunda camioneta bajaron ellas. Mi tía, con su energía de siempre, y mi abuela, caminando con esa pausa llena de sabiduría. No pude contenerme; bajé los escalones de dos en dos y me fundí en un abrazo eterno con ellas. Olían a mi tierra, a café, a hogar. Sentí que el peso de estos meses en Rusia se aligeraba por fin.

​—¡Muchacha, pero qué despliegue! —exclamó mi tía, señalando a los escoltas que bajaban el equipaje con una eficiencia que daba miedo—. Esos hombres parecen sacados de una película de espías.

​Sentí el calor de Nathaniel a mi espalda, una presencia sólida que me cubría como un escudo. Mientras yo ayudaba a mi abuela a subir los escalones, él se inclinó hacia mí, rozándome el oído con su aliento, y me susurró con esa voz profunda y autoritaria que solo usaba cuando hablaba de seguridad:

​—Dasha, escucha. Desde que pusieron un pie en el aeropuerto, están rodeadas por mis hombres. Ahora mismo, toda la cuadra está vigilada. Hay francotiradores en los techos cercanos y agentes de civil en cada esquina. Tu madre, Erickson, tu tía y tu abuela... todos están bajo mi manto ahora. Están seguros, te lo prometo. Nadie se atreverá a tocar esta casa.

​Le apreté el brazo, sintiendo un alivio que me recorrió hasta la punta de los dedos. Por fin estaban todos juntos: mi madre, mi hermano Erickson, mi tía y mi abuela. Mi mundo estaba en un solo lugar, protegido por el hombre que, a su manera oscura, me lo estaba dando todo.

La cena era un volcán de emociones y sonidos. Mi abuela contaba cómo habían celebrado en las calles de Caracas la libertad, mientras mi tía servía más comida y Erickson reía con mi madre. El contraste no podía ser más fuerte: mi familia era puro fuego y ruido, y a mi lado, Nathaniel era un glaciar.




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