Cruzando ambos mundos

19

La guerra fría en el comedor estaba para congelar el café. Nathaniel me observaba con esos ojos azules que parecían cuchillos, esperando que yo cediera, que bajara la mirada o que le pidiera disculpas por haberlo echado de la habitación. Pero se equivocaba conmigo.

​—Te espero en el gimnasio en diez minutos —soltó él con ese tono de mando que usaba con sus soldados—. Necesitas descargar esa energía y yo necesito que te enfoques.

​Dejé la servilleta sobre la mesa con una parsimonia que sabía que lo sacaba de quicio. Me recliné en la silla y lo miré con una sonrisa ladeada, cargada de ironía.

​—Hoy no voy a entrenar, Nathaniel —dije con total naturalidad.

​Él se tensó, cerrando el puño sobre la mesa.

​—No es una sugerencia, Dasha. El entrenamiento es parte de tu seguridad.

​—Mi seguridad está garantizada por tus hombres y por mi propia habilidad, la cual ya demostré ayer tumbándote —le recordé, disfrutando del destello de rabia en sus ojos—. Pero hoy simplemente no quiero. Puedo hacer lo que me dé la gana porque, por si se te olvidó, esta también es mi casa. Lo que es tuyo es mío, ¿no? Pues he decidido que hoy me tomo el día libre.

​Él abrió la boca para replicar, pero lo interrumpí levantando una mano.

​—Y deja algo muy claro en esa cabeza de Tsar que tienes: yo no soy tu esclava, Nathaniel. No soy un soldado de la Bratva al que le das órdenes y obedece sin chistar. Soy tu mujer. Y como tal, exijo que respetes mis decisiones y, sobre todo, que respetes a mi familia.

​Nathaniel se puso de pie, su figura imponente dominando el espacio, pero yo ni siquiera pestañeé.

​—Todavía no te quiero cerca —continué, levantándome también para quedar frente a él—. Hasta que razones, entiendas que Erickson es mi hermano y bajes ese orgullo de mármol, puedes seguir durmiendo donde prefieras, pero no conmigo. Me voy a pasar el día con mi familia, donde el ambiente es cálido y nadie intenta medir quién tiene el arma más grande.

​Me di la vuelta y caminé hacia la salida con paso firme.

​—¡Dasha! —rugió él detrás de mí.

​—¡Chao, Nathaniel! —le grité en español sin mirar atrás, sabiendo que no entendería la palabra pero sí el tono de despedida definitiva por el resto del día.

𓂃 ོ𓂃

La tarde fluía perfecta hasta que el rugido de ese motor maldito estacionándose afuera me detuvo el corazón. Cuando la puerta de mi casa se abrió y Nathaniel entró con esa prepotencia natural, cargando flores y licores caros, sentí que la sangre me hervía. Mi familia, inocente de todo, empezó a sonreír y a darle la bienvenida, pero yo no iba a permitir que me invadiera mi único refugio de paz.

​Antes de que pudiera siquiera sentarse o que mi tía le ofreciera café, me acerqué a él a pasos agigantados. Sin darle tiempo a reaccionar, le clavé un pellizco de madre venezolana —de esos que retuercen la piel y el alma— justo en la parte blanda del brazo, por encima del codo.

​—¡Ay! —balbuceó él, la sorpresa cruzando su rostro de piedra mientras se le escapaba un gesto de dolor.

​—¡Permiso, familia! —exclamé en español con una sonrisa forzada que era puro veneno—. Nathaniel olvidó algo muy importante en el carro y tengo que ayudarlo a encontrarlo. ¡Ya venimos!

​Lo arrastré del brazo con una fuerza que ni yo sabía que tenía, aprovechando que él, por puro desconcierto y para no armar un espectáculo frente a mi abuela, se dejó llevar. En cuanto cerré la puerta de la calle y estuvimos en el porche, lejos de los oídos de los míos, solté su brazo y me giré hacia él hecha una furia, hablándole en un ruso rápido y afilado.

​—Что ты здесь делаешь, Натаниэль?! (¡¿Qué haces aquí, Nathaniel?!) —le espeté, señalándolo con el dedo—. Я ясно сказала тебе, что не хочу видеть тебя сегодня. Это мой дом, это моё личное пространство! (¡Te dije claramente que no quería verte hoy! ¡Esta es mi casa, es mi espacio personal!)

​Nathaniel se frotó el brazo, mirándome con una mezcla de indignación y una chispa de diversión que me daban ganas de golpearlo.

​—Ты чуть не оторвала мне руку, Даша (Casi me arrancas el brazo, Dasha) —respondió él, recuperando su tono frío—. Я пришел сюда, потому что я не принимаю приказы от собственной женщины. Я пришел показать твоей семье уважение, принес подарки. Разве это преступление? (Vine aquí porque no acepto órdenes de mi propia mujer. Vine a mostrar respeto a tu familia, traje regalos. ¿Acaso eso es un crimen?)

​—Это не уважение, это контроль! (¡Eso no es respeto, es control!) —le grité en voz baja, cuidando de no subir el tono para que no nos oyeran adentro—. Vienes aquí a marcar territorio porque no soportas que te haya puesto un límite. No quieres que tu "Tsar" interno se sienta herido porque durmió solo. ¡Pero te dije que hasta que no respetes a Erickson y dejes de mirarlo como a un enemigo, no tienes lugar aquí!

​Nathaniel dio un paso hacia mí, acorralándome contra la puerta. Sus ojos azules brillaban bajo la luz del porche.

​—Я уважаю твоего брата только потому, что он твой (Respeto a tu hermano solo porque es tuyo) —gruñó él—. Но не проси меня извиняться за то, кто я есть. Я пришел сюда, потому что без тебя этот дом... и мой дом... кажутся пустыми. Но если ты собираешься и дальше щипать меня как ребенка перед всеми... (Pero no me pidas perdón por ser quien soy. Vine aquí porque sin ti esta casa... y mi casa... parecen vacías. Pero si vas a seguir pellizcándome como a un niño frente a todos...)

​—¡Te pellizcaré mil veces más si hace falta! —lo interrumpí—. Ahora vas a entrar, vas a sentarte, vas a comer lo que mi abuela te dé y vas a ser un ser humano normal. Ni una mirada de odio a Erickson, ni un comentario de jefe de mafia. ¿Entendido?

​Él me miró en silencio por unos segundos largos, midiendo mi resolución. Finalmente, soltó un suspiro pesado y asintió levemente.

​—Хорошо, Даша. Будет по-твоему. Пока что (Está bien, Dasha. Será a tu manera. Por ahora).




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