El desayuno fue lo más parecido a un sueño que he tenido en mucho tiempo. Nathaniel se despertó de un humor extrañamente relajado, probablemente porque dormir conmigo le quitó esa tensión de guerra que siempre carga. Estábamos ahí, en la pequeña mesa de la terraza de nuestra habitación, disfrutando de un café caliente y un desayuno completo mientras el sol de Moscú empezaba a calentar el aire.
Él todavía llevaba sus pantuflas y el cabello un poco alborotado, una imagen que nadie más en este mundo tenía el privilegio de ver. Todo era paz hasta que mi teléfono empezó a vibrar sobre la mesa. Era mi tía.
—¡Mija! —gritó del otro lado antes de que yo pudiera decir hola—. ¡Esa comida de ayer nos dio una energía! Estamos aquí con tu abuela y tu mamá ya vestidas. Queremos que nos saques a pasear, queremos ver esa Plaza Roja que sale en las novelas y comprar unos abrigos de esos peluditos. ¡Dile al ruso que nos prepare el carro!
Miré a Nathaniel, que me observaba con una ceja alzada, sabiendo perfectamente quién estaba al otro lado de la línea por mi cara de resignación.
—Tía, escúchame —dije riendo—, yo hoy tengo mil cosas que hacer en la clínica y con Nathaniel, no las puedo llevar yo. Pero no se preocupen, que no las voy a dejar solas.
Me giré hacia Nathaniel y le hice una seña. Él entendió al instante.
—Les voy a mandar a Dmitry —continué—. Es el hombre de confianza de Nathaniel, habla un poquito de español porque ha viajado mucho y es un sol de persona. Él las va a recoger en una camioneta, las va a llevar a donde quieran, les va a cargar las bolsas y, si mi abuela se cansa, él mismo la carga si hace falta. Dmitry las va a ayudar en todo lo que quieran, tía, pídanle lo que sea.
—¿El muchacho alto que estaba ayer en la puerta? ¡Ay, qué bueno, mija! Ese se ve que es bien servicial —respondió mi tía encantada.
Colgué el teléfono y suspiré, apoyando la cabeza en mi mano. Nathaniel soltó una risita ronca.
—Pobre Dmitry —dijo él, bebiendo su café—. No sabe que cuidar a tu familia es más peligroso que enfrentarse a un cartel entero. Van a volver locos a mis hombres con sus historias y sus ganas de comprar todo Moscú.
—Es tu castigo por ser tan eficiente, Tsar —le respondí guiñándole un ojo—. Además, Dmitry las va a cuidar mejor que nadie. Ahora, termina tu desayuno, que si "atendiste la tienda" anoche, hoy tienes que trabajar el doble.
Nathaniel sonrió de esa forma que solo reservaba para mí, estirando la mano para entrelazar sus dedos con los míos sobre la mesa. El día apenas empezaba, pero con mi familia entretenida por Dmitry y nosotros dos en paz, sentía que podía con lo que fuera.
El día en la clínica era un absoluto caos. Entre los nuevos suministros que llegaron para los laboratorios y los pacientes de la Bratva que necesitaban atención discreta, no tenía ni un segundo para respirar. Me movía por los pasillos con mi bata blanca, el estetoscopio al cuello y una carpeta llena de informes que no paraba de marcar.
—¡Dmitry, no me llames para preguntarme qué talla de abrigo quiere mi tía, decídelo tú! —le grité al manos libres mientras entraba a mi oficina, solo para encontrarme a Nathaniel sentado en mi escritorio, revisando unos papeles con esa calma suya que me desesperaba cuando yo estaba a mil por hora.
—Nathaniel, muévete de ahí —le dije sin mirarlo, dejando caer un fajo de facturas sobre la mesa—. Necesito que llames al proveedor de los reactivos químicos y les digas que si no llegan en dos horas, vas a ir tú personalmente a buscarlos. Y por favor, revisa el inventario del pabellón B, que los enfermeros están hechos un lío.
Él no se movió para cumplir la orden de inmediato. En lugar de eso, se levantó con esa elegancia felina y se posicionó detrás de mí. Mientras yo intentaba anotar algo en una gráfica, sentí sus manos grandes y firmes rodeando mi cintura por detrás, pegándome a su cuerpo.
—Te dije que hicieras la llamada —le regañé, aunque mi voz perdió un poco de fuerza cuando sentí sus labios rozando mi cuello.
—Ya envié el mensaje, Dasha. Mis hombres están en eso —susurró, dejando un beso cálido justo detrás de mi oreja—. Pero estás demasiado tensa. Mandas con mucha autoridad, doctora, me gusta ese tono.
—¡Nathaniel, hablo en serio! —exclamé, aunque no hice ningún esfuerzo por soltarme—. Si no sacamos esto adelante hoy, mañana será el doble de trabajo. Ve a ver por qué la máquina de centrifugado está haciendo ese ruido extraño. ¡Muévete!
Él soltó una risita ronca, una de esas que solo yo lograba sacarle, y apretó un poco más su agarre en mi cintura, hundiéndose en el hueco de mi cuello por un segundo antes de soltarme.
—Eres la única persona en este país que me da órdenes y sobrevive para contarlo —me dijo con una mirada cargada de adoración y deseo.
—Es que soy tu mujer, no tu guardaespaldas. Ahora, ¡anda! —lo señalé con el bolígrafo.
Me dio un último beso rápido en los labios, un roce que sabía a café y a posesión, y salió de la oficina para hacer lo que le pedí. Me quedé un segundo ahí, mirando la puerta, con una sonrisa que no podía ocultar. Era agotador mandar al Tsar de Rusia como si fuera mi asistente, pero ver cómo se rendía ante mis órdenes solo para robarme un abrazo era la mejor medicina para el estrés.
El caos en la clínica subió de nivel en un segundo. Estaba terminando de revisar unos expedientes cuando las puertas dobles se abrieron de golpe. Dos hombres de la Bratva entraron cargando a un tercero que sangraba profusamente por el abdomen. Nathaniel apareció de la nada, con el rostro transformado en esa máscara de piedra que usa cuando hay problemas de la mafia.
—¡Dasha, necesito que lo operes ahora! Es uno de mis capitanes más leales y no llegará a otro hospital —dijo Nathaniel, tomándome del brazo con urgencia.
Me quedé mirando al hombre herido y luego a Nathaniel, incrédula.
—Nathaniel, ¡por Dios! —exclamé, ajustándome los guantes—. Les recuerdo a todos que soy pediatra neonatal, no cirujana de adultos. Mi especialidad son bebés que caben en la palma de mi mano, no hombres de cien kilos con agujeros de bala.