Cruzando ambos mundos

21

El reposo obligatorio duró un par de días, pero Nathaniel tenía otros planes para romper la rutina. Esa tarde, entró a la habitación con una caja negra sobre la cama y una mirada que no pude descifrar.

​—Dasha, quiero que te prepares —me dijo, acercándose para darme un beso en la frente—. Ponte ese vestido, ponte más bonita de lo que ya eres, aunque sé que eso es imposible. Te espero abajo en una hora.

​Me vestí con curiosidad, sintiendo los nervios a flor de piel. Me llevó en el auto hacia las afueras de Moscú, a un lugar apartado donde un camino de luces guiaba hacia un jardín de invierno cubierto de cristal, rodeado de nieve, pero cálido por dentro. Estaba lleno de flores blancas, mis favoritas, y una mesa impecable servida para dos.

​Cuando terminamos de cenar, el silencio se volvió profundo. Nathaniel se levantó y se puso frente a mí. Por primera vez, vi que sus manos, esas que nunca temblaban, tenían un ligero roce de duda.

​—Dasha, escúchame —comenzó, tomándome las manos con una ternura infinita—. Tú sabes quién soy. Sabes que mi mundo es frío, que siempre he vivido para el poder y la guerra. Jamás le había dado importancia a los títulos, a las etiquetas o a "pedir" algo que simplemente tomaba. Pero tú eres diferente. Tú me has enseñado que hay una vida que vale la pena vivir fuera de la oscuridad.

​Se aclaró la garganta, con los ojos azules brillando de una forma que me cortó la respiración.

​—Tú lo vales todo en mi vida, Dasha. Eres mi hierro, mi paz y la única persona que me hace querer ser mejor hombre. Por eso, quiero hacer esto bien, como tú te lo mereces. Sé que ya estamos juntos, pero quiero que sea oficial ante el mundo y ante nosotros. Dasha, ¿quieres ser mi novia?

​Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas antes de que él terminara la frase. Ver al "Tsar de Rusia", al hombre que no se doblega ante nadie, pidiéndome permiso para entrar en mi corazón de esa manera, me deshizo por completo.

​—¡Sí, Nathaniel! ¡Claro que sí! —exclamé entre sollozos de felicidad.

​Me lancé a sus brazos y él me elevó por la cintura, estrechándome contra su pecho como si fuera el tesoro más grande del mundo. Me bajó lentamente y me tomó el rostro con ambas manos, secándome las lágrimas con sus pulgares antes de sellar la propuesta con un beso. Fue un beso lento, profundo, cargado de promesas y de un amor que ninguno de los dos pensó encontrar jamás. En ese jardín de cristal, rodeados de frío pero envueltos en fuego, supe que mi vida al lado de este hombre apenas estaba comenzando.

Después del beso, mientras el aire frío de la noche chocaba contra el cristal del jardín de invierno, me separé apenas unos centímetros de él, todavía con el corazón acelerado.

​—¿Cuánto tiempo tardaste en arreglar todo esto, Nathaniel? —le pregunté, mirando a mi alrededor, asombrada por cada detalle de las flores y las luces—. Es demasiado perfecto.

​Él soltó una risita ronca, esa que solo sale cuando está realmente relajado conmigo, y me apretó más fuerte contra su cuerpo.

​—Desde el momento en que me reclamaste y me pusiste los puntos claros, Dasha —confesó con una chispa de diversión en los ojos—. Entendí que si quería tenerte a mi lado de verdad, tenía que empezar a hacer las cosas a tu manera.

​Antes de que pudiera responder, él metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una pequeña caja de terciopelo. Al abrirla, un anillo de promesa con un diamante discreto pero brillante destelló bajo las luces. Me quedé sin aliento.

​—Es para que nunca olvides lo que te prometí esta noche —susurró.

​Tomó mi mano con una delicadeza extrema y deslizó el anillo en mi dedo. Cuando bajé la vista y vi mi mano adornada por ese símbolo, el nudo en mi garganta regresó. Me sentí tan amada y protegida que no pude evitar llorar de nuevo. Sin pensarlo, me subí a su regazo en la silla, acurrucándome contra su pecho como si fuera mi único refugio en el mundo.

​Nathaniel me rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en mi cabello y respirando hondo, dándome ese abrazo cargado de un amor puro que nunca creí que un hombre como él pudiera sentir.

​—Te amo, Dasha —dijo de repente.

​Me quedé congelada. La palabra "amor" no era algo que Nathaniel usara a la ligera; de hecho, dudaba que se la hubiera dicho a alguien antes. Me quedé en silencio unos minutos, procesando el peso de su confesión, escuchando el latido rítmico de su corazón bajo mi oído. Era real. El Tsar me amaba.

​Al cabo de un rato, levanté la vista, encontrándome con sus ojos azules que me esperaban con una paciencia infinita.

​—Yo también te amo, Nathaniel —le dije con la voz suave pero segura.

​Él cerró los ojos, aliviado, y me apretó aún más contra él. Esa noche, en medio de la nieve de Rusia, supe que nuestras almas se habían amarrado para siempre.

El camino de regreso a la mansión fue el más tranquilo de nuestras vidas. Yo iba con la cabeza apoyada en su hombro, jugueteando con el anillo en mi dedo y sintiendo que el peso del mundo se había esfumado. Nathaniel no me soltó la mano ni un segundo mientras conducía, como si tuviera miedo de que, si me soltaba, todo el momento se desvaneciera.

​Al entrar a la casa, el ritual de siempre: zapatos fuera y pantuflas puestas. Pero esta vez, él no esperó a que yo subiera. Me cargó al estilo nupcial y me llevó escaleras arriba.

​—Hoy no quiero que camines ni un paso más, novia mía —me dijo al oído, y esa palabra, "novia", sonaba tan poderosa en su voz que me hizo estremecer.

​Me dejó con cuidado sobre la cama y, tras cambiarnos por algo más cómodo, nos metimos bajo las sábanas. Me acurruqué en su pecho, justo donde podía oír su corazón, y él me rodeó con ese abrazo protector que me hacía sentir invencible.

​—¿Estás feliz, Dasha? —susurró Nathaniel en la oscuridad, dejando un beso en mi coronilla.

​—Mucho, Nathaniel. Mucho —le respondí, cerrando los ojos con una sonrisa—. Gracias por hacer esto por mí.




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