El ambiente dentro del auto era denso, cargado con una tensión que se podía cortar con un hilo. Estábamos estacionados justo enfrente de la estación de policía. Yo miraba el edificio gris con un nudo en la garganta, sintiendo que el pasado me esperaba tras esas puertas. Para distraerme un poco y bajar las revoluciones de mi corazón, me giré hacia él.
—Oye, Nathaniel —dije con la voz un poco más estable—, entre tanto caos de mi familia y esta llamada... ¿en qué quedó el tema de la policía? Ese lío de que pensaban que yo era el Tsar y no tú.
Él mantenía las manos sobre el volante, pero al escucharme, relajó un poco la mandíbula y me miró con esa seguridad que solo él posee.
—Ya lo resolvió Dmitry, Dasha. Movimos los hilos necesarios, pusimos las piezas en su lugar y el "malentendido" quedó enterrado. Ahora saben exactamente a quién deben mirar y a quién deben respetar. Está todo bajo control, no volverán a molestarte con eso.
Soltó un suspiro pesado y estiró su mano para entrelazar sus dedos con los míos, apretando con fuerza, recordándome que estaba ahí.
—Pero ahora lo único que importa es lo que hay dentro de ese edificio —continuó, fijando sus ojos azules en los míos—. Voy a afrontar esto contigo. No vas a dar un solo paso sola, ¿me oyes? Ese infeliz no volverá a tener poder sobre ti, porque ahora me tienes a mí. Si necesitas que lo destruya con una mirada, lo haré. Si necesitas que guarde silencio mientras tú hablas, lo haré. Pero aquí estoy.
Asentí, tragando grueso, y bajamos del auto. Al entrar a la estación, el olor a café barato y papel viejo me revolvió el estómago. Un oficial nos guio hacia una sala privada. A través del cristal unidireccional, lo vi.
Ahí estaba él. Se veía más viejo, más acabado, pero era el mismo monstruo de mis pesadillas. Sentí que el aire me faltaba, pero Nathaniel dio un paso al frente, colocándose justo detrás de mí, pegando su pecho a mi espalda y poniendo sus manos sobre mis hombros. Su calor fue lo único que evitó que saliera corriendo.
—Doctora Dasha —dijo el detective entrando a la sala—, necesitamos que haga la identificación oficial para proceder con los cargos estatales.
Miré al hombre tras el cristal y luego sentí el peso del anillo en mi dedo. Ya no era la niña de quince años indefensa. Era la mujer del Tsar, una doctora que salvaba vidas y, por fin, la dueña de su propio destino.
—Es él —dije con una firmeza que me sorprendió a mí misma—. Es el hombre que me lo quitó todo.
Sentí cómo los dedos de Nathaniel se enterraban suavemente en mis hombros, una promesa silenciosa de que, mientras la justicia hacía su parte legal, él se encargaría de que ese hombre nunca conociera la paz.
El detective suspiró, frotándose las sienes mientras miraba unos papeles amarillentos sobre la mesa. No se atrevía a mirar a Nathaniel directamente; el aura de poder que emanaba mi novio era suficiente para poner nervioso a cualquiera.
—Doctora Dasha —comenzó el oficial con cautela—, hay algo que debe entender. Debido a la antigüedad del caso, han pasado casi diez años. Legalmente, muchos de los registros antiguos están incompletos. Sin embargo, no ha sido la única víctima. Durante estos años han aparecido otros testimonios, otras mujeres que sufrieron lo mismo. Tenemos pruebas suficientes para encerrarlo de por vida, pero hay un vacío legal: falta su declaración actual.
Apreté los puños sobre la mesa. Nathaniel dio un paso al frente, su voz salió como un trueno contenido.
—¿Me está diciendo que después de nueve años de impunidad, el peso de que este animal no vuelva a salir a la calle recae sobre ella? —la mirada de Nathaniel era puro hielo.
—Lamentablemente, así es —respondió el detective—. Su testimonio es la pieza final del rompecabezas. Si usted declara hoy y ratifica lo que pasó cuando tenía quince años, él no volverá a ver la luz del sol.
Sentí un escalofrío. Volver a contar cada detalle, revivir ese baño frío, la pérdida de mi bebé, el dolor de mi anemia colapsando... era como abrir la herida de nuevo con un bisturí oxidado. Me quedé en silencio, mirando mis manos temblar.
Nathaniel se inclinó hacia mí, bajando la voz solo para que yo lo escuchara.
—Dasha, mírame. Si no quieres hacerlo, no lo hagas. No voy a permitir que te rompas más por culpa de este sistema mediocre. Si tú no hablas, yo me encargaré de él a mi manera fuera de estas paredes, y te juro que su final será mucho más lento que una celda. Pero si decides hablar, si necesitas que el mundo sepa quién es él, aquí estaré sosteniéndote la mano. La decisión es tuya, mi vida.
Levanté la vista hacia el cristal. El monstruo estaba ahí sentado, ignorante de que su destino dependía de la niña a la que creía haber destruido. Tomé aire, sintiendo el apoyo de Nathaniel en mi espalda.
—Lo haré —dije, limpiándome una lágrima traicionera—. No solo por mí, sino por las otras que no tuvieron a un Nathaniel a su lado. Voy a declarar.
Me senté en la silla frente al oficial, sintiendo la mano de Nathaniel firme sobre mi hombro, como un ancla en medio de la tormenta. Cerré los ojos y dejé que mi mente viajara a las calles frías de Moscú, a ese camino que recorría todos los días desde que llegué de Venezuela a los once años.
—Tenía quince años —comencé, y mi voz sonaba como un eco lejano—. Vivía aquí en Rusia desde hacía cuatro años. Venía de la escuela, con mi uniforme y mi mochila cargada de libros. Siempre tomaba el mismo callejón para cortar camino hacia casa. Era un día gris, como cualquier otro en el invierno ruso... hasta que él apareció.
Sentí cómo Nathaniel se tensaba detrás de mí, su presencia era lo único que me impedía desmoronarme.
—No me dio tiempo de reaccionar. Me abordó por la espalda y me presionó un paño en la cara. Tenía un olor químico, un veneno que me nubló la vista y me hizo perder la fuerza en las piernas de inmediato. Lo último que vi fue la nieve sucia del suelo antes de quedar completamente inconsciente.