Cruzando ambos mundos

23

Aparcamos frente a la casa de mi familia y el aire se sentía distinto, más ligero. Al entrar, el aroma a café y especias nos recibió de golpe. Mi mamá salió a nuestro encuentro con una sonrisa, aunque algo extrañada de vernos a esa hora.

​—¡Hija, Nathaniel! Qué sorpresa —dijo mamá en español—. Miren que la tía y la abuela se fueron a la plaza a comprar unas cosas para la cena, no tardan.

​—Está bien, mamá. Pero necesito que vengas a la sala un momento —le respondí, tratando de mantener la voz firme. Miré a Nathaniel y él asintió, entendiendo que el momento había llegado—. Y llama a Erickson, por favor.

​Nos sentamos en el sofá grande. Nathaniel, sin soltarme, me hizo sentar en sus piernas, rodeándome con sus brazos como un escudo humano. Cuando mi mamá y mi hermano Erickson se sentaron frente a nosotros, el silencio se volvió denso. Nathaniel me miró, esperando a que yo empezara para él ir traduciendo al ruso en voz baja lo necesario para mantenerse al tanto, aunque ya lo sabía todo.

​—Mamá, Erickson... —comencé en español, sintiendo cómo se me anudaba la garganta—. Tenemos noticias. La policía me llamó hace unos días. Han capturado al hombre... al que me hizo aquello hace nueve años. Lo tienen encerrado.

​El efecto fue instantáneo. Mi mamá soltó un grito ahogado y se rompió en llanto ahí mismo, cubriéndose la cara con las manos mientras sus hombros se sacudían violentamente. Eran años de culpa y dolor acumulados que finalmente encontraban salida.

​Erickson, por su parte, se quedó de piedra. Su rostro se puso pálido y sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y alivio. Se quedó en shock unos segundos, mirando al vacío, hasta que las primeras lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin que él hiciera un solo movimiento para limpiarlas.

​Nathaniel me apretó más fuerte contra su pecho, su presencia dándome el ancla que necesitaba mientras veía a mi familia desmoronarse y reconstruirse al mismo tiempo con la noticia.

​—Se acabó, mamá. Ya no nos va a hacer más daño —susurré, también con lágrimas en los ojos.

​Erickson finalmente reaccionó, se levantó y se acercó para abrazarnos a las dos, mientras Nathaniel observaba la escena con una seriedad solemne, jurando en silencio que la justicia que la ley no alcanzara a cubrir, la ejecutaría él con sus propias manos.

Después de unos minutos de abrazos y lágrimas que sirvieron para limpiar un poco el alma, me separé suavemente de mi hermano y de mi madre. Necesitábamos un respiro, y aunque me hubiera gustado quedarme allí todo el día, la realidad nos llamaba.

​Miré a Nathaniel y él, captando mi señal al instante, se puso de pie ayudándome a levantarme.

​—Mamá, Erickson... tenemos que irnos ya —dije en español, mientras Nathaniel se acomodaba la chaqueta con ese aire de autoridad que nunca lo abandona—. No es fácil llevar la vida de doctora y, bueno, Nathaniel también tiene mil negocios que atender. El trabajo no se detiene.

​Mi mamá se limpió las lágrimas con el delantal y nos miró con ternura, todavía un poco abrumada.

​—Lo entiendo, hija. Vayan con cuidado. Gracias por venir a decirnos, siento que hoy por fin voy a poder dormir —respondió ella, dándole un apretón de manos a Nathaniel, quien asintió con respeto.

​—Nos vemos luego, Erickson. Cuida a mamá —le dije a mi hermano, dándole un último beso en la mejilla.

​Salimos de la casa de la mano. Al subir al auto, solté un suspiro largo. Era verdad: ser una cirujana con turnos exigentes y la mujer del hombre más poderoso de Rusia no dejaba mucho tiempo para el descanso, pero esa adrenalina era lo que me mantenía viva.

​—¿Al hospital o a la oficina conmigo? —preguntó Nathaniel, encendiendo el motor y mirándome con esa complicidad que ahora nos unía más que nunca.

𓂃 ོ𓂃

Entramos en la sala de juntas privada, un lugar cargado de humo de tabaco y una tensión que se sentía en la piel. Los líderes de las familias más poderosas de la Bratva estaban sentados alrededor de una mesa de roble macizo. Al verme entrar del brazo de Nathaniel, las miradas se afilaron. Me senté a su derecha, con la espalda recta y la mirada impasible, asumiendo mi lugar.

​Uno de los hombres más viejos, Viktor, golpeó la mesa con los nudillos y miró fijamente a Nathaniel.

​—Tsar, hemos aceptado a esta mujer en nuestras reuniones por respeto a ti —dijo Viktor con voz ronca—, pero los asuntos de la Bratva requieren lealtad absoluta y estabilidad. Si ella va a ser tu reina y conocer nuestros secretos, por temas de confianza y tradición, exigimos que se casen de inmediato. No podemos tener a una "novia" manejando información de este calibre. Blablablá, las reglas son claras: matrimonio o distancia.

​Sentí la furia de Nathaniel irradiar a mi lado. Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa, y su voz salió como un rugido controlado.

​—Dasha no es simplemente mi "novia", es mi mujer —sentenció Nathaniel, recorriendo a cada hombre con una mirada que los hizo retroceder—. Y escúchenme bien: yo no recibo órdenes sobre mi vida privada. Nos casaremos cuando estemos listos y cuando mi mujer así lo quiera. Si alguno de ustedes duda de su lealtad, está dudando de la mía, y ya saben cómo termina eso.

​Hubo un silencio sepulcral. Nathaniel hizo una seña para cambiar de tema y empezaron a discutir sobre la ruta de suministros en el puerto de San Petersburgo. Estaban perdiendo dinero y no entendían por qué.

​—El problema no es la seguridad en el puerto —intervine yo, interrumpiendo a un capitán que gritaba sobre traidores—. Es la logística.

​Todos me miraron, algunos con desdén, otros con curiosidad.

​—He revisado los informes de salud de los estibadores que controlamos —continué con voz firme—. Hay un brote de una infección que los está dejando fuera de combate por semanas. No es una traición, es un problema de salud pública en sus almacenes. Si no desinfectan y vacunan a su fuerza de trabajo, seguirán perdiendo el 30% de la carga por falta de manos. Es ciencia, no estrategia militar.




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