Han pasado casi seis meses desde que empezamos con este entrenamiento intensivo. Mi cuerpo ya no es el mismo; mis movimientos son precisos, mis reflejos están afilados y esa anemia que antes me debilitaba parece haber quedado bajo el control de mi propia disciplina.
Estábamos en el gimnasio privado de la mansión, terminando una sesión de combate. Yo estaba empapada en sudor, recuperando el aire, mientras Nathaniel me observaba con esa mezcla de orgullo y deseo que nunca oculta. Se acercó con una toalla y una botella de agua, rodeándome la cintura con un brazo.
—Se cumplen los seis meses, Dasha —dijo, bajando la voz mientras me apartaba un mechón de pelo mojado de la cara—. Has superado todas mis expectativas. Ahora, la pregunta es... ¿qué sigue? ¿Quieres volver al hospital central con tus turnos eternos o prefieres dedicarte de lleno a tu propia clínica privada?
Bebí un largo trago de agua antes de responder. Lo tenía claro.
—La clínica, Nathaniel. Quiero tener mi propio espacio, manejar mis casos y, sobre todo, tener el control de mi tiempo. El hospital fue una gran escuela, pero ahora quiero mi propio imperio médico.
Él asintió, depositando un beso en mi frente.
—Mañana mismo podemos empezar con los trámites de propiedad. Sabes que el local que quieras es tuyo.
—Lo sé —le respondí, sonriendo de lado—, pero antes de lanzarme a eso, necesito hablar con Petra. Es mi mejor amiga y ha estado demasiado callada estos días. Siento que le debo una explicación de por qué desaparecí del mapa estos meses para entrenar como una mercenaria.
Nathaniel arqueó una ceja, siempre un poco territorial, pero aceptó con un gesto.
—Ve con ella. Pero llévate a mis hombres en la puerta de la cafetería, no quiero riesgos ahora que el tipo está en la cárcel y sus aliados podrían estar resentidos.
—Descuida, Tsar —le dije dándole un beso rápido—, sé cuidarme sola, pero dejaré que tus sombras me sigan si eso te hace dormir mejor.
Me senté en nuestra mesa favorita de la cafetería, disfrutando del aroma a granos recién molidos. Al poco tiempo entró Petra, radiante, y en cuanto me vio, sus ojos se iluminaron. Nos fundimos en un abrazo largo; nos hacíamos falta.
—¡Dasha! Por fin te dejas ver, mujer —dijo ella, sentándose frente a mí—. Entre tus turnos y el Doctorsito, parece que te han secuestrado. Cuéntamelo todo, ¿cómo están las cosas con tu familia?
—Todo está mucho más tranquilo ahora, Petra. Mi mamá está en paz y Erickson... bueno, tú sabrás mejor que yo cómo está él —le dije con una sonrisa pícara, dándole un sorbo a mi café—. Me enteré de que han estado pasando mucho tiempo juntos.
Petra se sonrojó de inmediato, algo raro en ella, y jugueteó con su taza.
—Ay, Dasha... la verdad es que Erickson ha sido un sol. Ha habido muchos avances, ¿sabes? Es tan atento y diferente a los hombres de aquí. Siento que realmente nos estamos conectando. Me hace mucha ilusión. Pero ya, no hablemos solo de mí. ¿Qué tal el castaño de ojos azules?
Me recosté en la silla, sintiéndome plena.
—Las cosas han estado bastante movidas con Nathaniel, si te soy sincera —confesé bajando un poco la voz y con una sonrisa de suficiencia—. Mucho sexo, Petra. Muchísimo. Es como si cada vez fuera más intenso. Me hace sentir increíble.
Petra abrió los ojos de par en par y soltó una carcajada.
—¡Bueno, bueno! Veo que el entrenamiento no fue solo de defensa personal —me guiñó un ojo. Pero de repente, su mirada bajó a mi mano y se quedó congelada—. Espera... ¿y esa piedra que brilla más que el sol? Dasha, ¿qué es eso?
Levanté la mano, dejando que la luz de la tarde golpeara el anillo en mi dedo.
—Es un anillo de promesa —dije con orgullo, admirando el brillo—. Nathaniel me lo regaló hace poco. Es su forma de decirme que no se va a ir a ninguna parte, que estoy ligada a él pase lo que pase.
—Es precioso, Dasha. Se nota que ese hombre está a tus pies —comentó Petra con sinceridad—. Te lo mereces después de todo lo que has pasado.
Nos quedamos charlando un rato más sobre mi clínica y sus planes con mi hermano, disfrutando de esa calma que tanto nos hacía falta antes de volver a nuestras caóticas vidas.
Petra se acomodó en su asiento y me miró con una sonrisa más relajada, aunque sus ojos seguían fijos en mi anillo cada tanto.
—Pero cuéntame, Eri... digo, Dasha —se corrigió riendo—, ¿qué vas a hacer con la clínica? No me digas que vas a dejar que Nathaniel la diseñe toda con mármol y oro como si fuera un palacio. Necesitas algo funcional, algo que hable de ti.
—No, para nada —le respondí con una sonrisa cómplice—. Nathaniel pone el capital y la seguridad, pero el alma de la clínica es mía. Quiero tecnología de punta, Petra. Equipos que ni el Hospital Central se atreve a soñar. Quiero que cuando una mujer con anemia o cualquier otra complicación entre por esa puerta, se sienta invencible, no solo curada.
—¿Y vas a invitarme a trabajar contigo? —preguntó ella, medio en broma, medio en serio—. Porque aguantar los gritos del jefe de planta se está volviendo una tortura ahora que sé que tú estás por abrir tu propio imperio.
—¿Lo dudas? —le dije, tomándole la mano—. Necesito a mi mejor amiga a mi lado. Alguien que no se asuste si ve a un par de hombres trajeados en la puerta. Porque, ya sabes, con los "negocios" de Nathaniel, la seguridad será estricta.
Petra suspiró y miró por la ventana hacia el auto negro que nos esperaba afuera con los hombres de Nathaniel dentro.
—A veces me pregunto en qué se mete ese hombre para tener que cuidarte tanto, Dasha. Erickson me dice que Nathaniel es alguien "importante", pero no suelta prenda. A veces parece que todos ustedes viven en una realidad distinta a la nuestra.
—Moscú es una ciudad peligrosa para los que tienen éxito, Petra. Tú lo sabes mejor que nadie. Nathaniel simplemente no se arriesga con lo que ama. Y yo... yo ya me acostumbré a ser su prioridad. Es agotador a veces, pero no lo cambiaría por nada.