Cruzando ambos mundos

25

​El día de la gran inauguración finalmente llegó. La fachada de la clínica estaba adornada con elegancia minimalista, y una alfombra roja recibía a los invitados más influyentes de la alta sociedad moscovita: empresarios, diplomáticos y figuras del mundo médico que solo conocían a Nathaniel como un exitoso y misterioso magnate de los negocios.

​Yo lucía un vestido de seda color esmeralda que resaltaba mi piel y, por supuesto, el anillo de promesa brillaba en mi mano. Nathaniel estaba a mi lado, impecable en un traje hecho a medida, proyectando esa aura de poder tranquilo que tanto intimidaba a los que no sabían quién era realmente.

​—Sonríe, reina —me susurró al oído mientras los fotógrafos capturaban nuestra entrada—. Hoy el mundo ve a la Doctora Dasha en su trono. Nadie aquí se imagina que ayer estabas planeando rutas de suministros para la Bratva.

​—Ese es nuestro mejor secreto, amor —le respondí con una sonrisa radiante antes de acercarme al podio para cortar el listón.

​La ceremonia fue un éxito rotundo. Mientras caminábamos por los pasillos llenos de invitados que admiraban la tecnología y el lujo de la clínica, vi a Petra y a Erickson entre la multitud. Petra me guiñó un ojo, asombrada por el despliegue, y mi hermano me dio un pulgar arriba, visiblemente orgulloso.

​Sin embargo, a mitad de la recepción, uno de los hombres de seguridad de Nathaniel se acercó a él y le susurró algo al oído. La expresión de Nathaniel no cambió, pero sus ojos se volvieron de hielo. Se giró hacia mí discretamente.

​—Dasha, disfruta de tu momento. Debo atender un "asunto de negocios" en la oficina privada de la clínica. Parece que un invitado no invitado está tratando de husmear en los archivos del sistema.

Mantuve la compostura como la profesional que soy, Lis. Estuve casi una hora saludando a directores de hospitales y donantes, sonriendo con la elegancia de una reina y aceptando felicitaciones por la tecnología de vanguardia de mi clínica. Nathaniel ya se había retirado, y aunque sentía su ausencia, sabía que sus sombras estaban cerca.

​—Disculpen un momento —dije con gracia a un grupo de inversores—, vuelvo en un segundo.

​Caminé hacia la zona de los baños privados, aprovechando el silencio del pasillo para soltar un suspiro. Pero apenas crucé el umbral de la entrada de mármol, una mano fuerte y enguantada me rodeó el cuello, apretando con una fuerza brutal que me cortó el aire. Sentí el frío metal de un arma presionando con fuerza contra mi sien.

​—Ni un ruido, doctora —siseó una voz desconocida cerca de mi oreja—. No sabes en qué problemas se metió tu hombre con la gente equivocada.

​En ese instante, los seis meses de entrenamiento con Nathaniel se activaron como un resorte. No entré en pánico; sentí una claridad gélida. Mientras él creía que yo era una víctima más, bajé mi centro de gravedad, golpeé su empeine con mi tacón y, usando el peso de su propio brazo, giré sobre mi eje. Con un movimiento seco que aprendí en el gimnasio de la mansión, le desvié el arma y le propiné un codazo brutal en el plexo solar.

​Antes de que pudiera recuperarse, lo proyecté contra el suelo. En un segundo, me puse sobre él, le doblé el brazo tras la espalda en una llave dolorosísima y presioné mi rodilla contra su columna, dejándolo inmovilizado y jadeando contra el mármol frío. Parecía que lo hubiera esposado con mis propias manos.

​—Te equivocaste de mujer, imbécil —le susurré al oído, apretando más la llave.

​En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Nathaniel entró con el arma en la mano y los ojos inyectados en furia, pero se detuvo en seco al ver la escena: yo tenía al intruso completamente dominado en el suelo. Detrás de él, dos de sus hombres de confianza aparecieron de inmediato.

​—Llévense a esta basura por la puerta de atrás —ordenó Nathaniel con una voz que prometía una muerte lenta—. Directo a la mazamorra. Quiero saber quién lo envió antes de que deje de respirar.

​Los hombres levantaron al tipo como si fuera un trapo sucio y desaparecieron. Nathaniel guardó su arma y, en dos zancadas, llegó hasta mí. Me tomó el rostro con ambas manos, revisándome con una desesperación que nunca le había visto.

​—¿Estás bien? ¿Te hizo algo? —preguntó, su voz temblando ligeramente por la adrenalina.

​Sin esperar respuesta, comenzó a besarme toda la cara, las sienes, el cuello, asegurándose con sus labios de que cada centímetro de mi piel estaba intacto. Me apretó contra su pecho como si quisiera fundirme con él, susurrando mi nombre una y otra vez.

​—Maldita sea, Dasha... mi guerrera. Estás bien, estás bien —repetía, mientras sus manos bajaban por mis brazos para verificar que no tuviera heridas.

Me alejé suavemente de sus besos y me acerqué al espejo del baño. Al verme, la rabia me encendió la sangre: aquel infeliz me había dejado unas marcas rojizas y horribles en el cuello que arruinaban mi aspecto de directora impecable.

​—Nathaniel, ve al auto ahora mismo y trae mi cosmetiquera —le ordené sin mirarlo, con un tono cortante que no admitía réplicas.

​Él no dijo ni una palabra; salió disparado y, en un abrir y cerrar de ojos, ya estaba de vuelta entregándome el estuche. Abrí mi corrector de alta cobertura y empecé a difuminar las marcas con movimientos rápidos y expertos, mientras lo fulminaba con la mirada a través del reflejo.

​—¿En qué mierda te metiste ahora, Nathaniel? —solté, empezando el interrogatorio con la voz cargada de veneno—. ¿Quién era ese tipo y por qué demonios no me consultaste que tenías un frente abierto de este tamaño? ¡Casi me disparan en mi propia clínica!

​Nathaniel se recostó contra el lavamanos de mármol, cruzando sus brazos macizos sobre el pecho. Su expresión era calmada, pero sus ojos brillaban con esa chispa de ofensa que solo aparece cuando cuestionan su autoridad.

​—Dasha, contrólate —respondió con una frialdad que buscaba imponerse—. No te debo una explicación de cada movimiento que hago en los negocios. Mi trabajo es mantenerte a salvo, y eso es lo que estoy haciendo. Ese tipo no debió llegar tan lejos, fue un error de seguridad que ya estoy cobrando.




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