Cruzando ambos mundos

27

POV'S NATHANIEL

los meses seguían pasando y Dasha y yo estábamos en el mejor momento de nuestra relación pero últimamente de hace tres meses para acá avía empezado a tener cambios de humor muy drásticos aveces me peleaba por la mínima cosa y al rato ya estaba de ñañeca pegada a mi como una larva. Me gustaba pero su cuerpo avía empezado a cambiar.

Tal vez ella no se avía dado de cuenta pero se veía un poco más rellena y ni pensar que estaba embarazada porque tiene un dispositivo dentro de ella que impide el embarazo.

— nathaniel!! — grito desde la habitación.

— dime Solnishko! — dije llegando a la habitación.

— se puede saber porque el Netflix no funciona?— pregunto — olvidaste pagarlo?

Mierda si avía olvidado renovar esa puta membresía.

— Solnishko, si se me olvido, entre tantas cosas se me olvida.

— ya dame la tarjeta ya lo pago yo.

Se la extendí y la tomo con rabia.

— Solnishko

— que?

— no has pensado que estos últimos tres mese has esta con cambios de humor un poco locos....?

—¿ha me estás llamando loca?

—¡no! Jamás te llamaría loca Solnishko. — solté nervioso—

Aquí tienes un diálogo conciso y con chispa para que sigas la historia:

​—¡Pues lo parece, Nathaniel! —me espetó, arrebatándome la tarjeta de las manos con una fuerza que casi me arranca un dedo—. Primero te olvidas de lo único que te pido, que es tener mis series listas, y ahora te pones en plan psicólogo de pacotilla a analizar mis hormonas.

​Se sentó en la cama con una indignación que la hacía ver preciosa, aunque por dentro yo estaba rezando para que no me lanzara el control remoto a la cabeza. Se quedó mirando la pantalla del televisor mientras tecleaba los números de la tarjeta con una furia mecánica.

​—No es psicología, Dasha —insistí, manteniendo una distancia prudente—. Es observación. Ayer lloraste porque se acabó el jugo de naranja y hace una hora querías quemar la mansión porque no encontrabas tus calcetines de la suerte. Solo digo que... tal vez ese dispositivo te está afectando más de la cuenta. O tal vez necesitas ver a un médico que no seas tú misma.

​Ella se detuvo en seco y me miró de reojo. Sus mejillas estaban un poco más redondeadas, lo que le daba un aire de ternura que contrastaba con el fuego de sus ojos.

​—Si vuelves a mencionar mis "cambios de humor", te juro por la Bratva que vas a dormir en el sofá de la entrada hasta que el Netflix se pague solo —sentenció, volviendo su vista a la pantalla—. Y tráeme unas fresas con chocolate. Ahora.

​Suspiré, derrotado. No importa cuánto poder tenga en las calles de Moscú; en esta habitación, ella es la que dicta las sentencias.

​—Como digas, Solnishko. Fresas con chocolate en camino —dije, dándome la vuelta antes de que decidiera que también el chocolate era motivo de pelea.

​Mientras bajaba las escaleras, me quedé pensando. Ese dispositivo se supone que es infalible, pero su cuerpo no miente. Está más radiante, sí, pero también más... distinta. Algo no me cuadra.

Me serví un trago de whisky, sintiendo cómo el líquido me quemaba la garganta mientras escuchaba los gritos de Dasha amortiguados por la puerta del piso de arriba. Esa mujer me iba a volver loco, pero era la única locura que estaba dispuesto a soportar. Saqué el teléfono y marqué a Dmitry.

​—Dmitry, escucha bien —dije, bajando la voz—. Voy a dar el paso oficial. Quiero pedirle matrimonio a Dasha y no acepto nada que no sea legendario.

​—Entendido, Tsar. ¿Algún lugar en específico? —preguntó él con esa eficiencia fría que lo caracteriza.

​—Quiero algo que esté a su altura. Un despliegue que le recuerde que no es solo mi mujer, sino la reina de todo lo que piso. Quiero cerrar un palacio cerca del río, seguridad invisible pero letal en cada esquina, y que el anillo sea una pieza que no exista otra igual en el mundo. Busca a los mejores joyeros de Amberes, no me importa el precio.

​Me asomé por la ventana del despacho, viendo el jardín que ella tanto cuidaba.

​—Y Dmitry... tiene que ser perfecto. Últimamente está más sensible de lo normal. Si el catering falla o si una flor no es del tono que a ella le gusta, somos hombres muertos. Quiero que cuando me diga que sí, se olvide de todas las peleas y de los secretos.

​—Me pongo a ello ahora mismo, señor. ¿Para cuándo lo quiere?

​—Dos semanas. Ni un día más. Y que nadie respire una palabra de esto. Si ella se entera antes de tiempo por un descuido tuyo, tu cabeza será lo primero que vea cuando abra su regalo.

​Colgué y me quedé mirando el teléfono. La amaba, me desesperaba y me mantenía alerta, todo al mismo tiempo. Estaba seguro de que con esa propuesta la tendría finalmente donde quería, aunque esos cambios de humor me dieran más miedo que una emboscada de la Bratva.

Colgué el teléfono y me quedé un momento en silencio. El despacho se sentía extrañamente tranquilo, demasiado tranquilo. En esta casa, cuando Dasha no está gritando, reclamando o moviendo cosas, es porque algo pasa. Y con el humor que se carga últimamente, el silencio es más peligroso que una granada sin seguro.

​Subí las escaleras despacio, tratando de no hacer ruido. Al llegar a la puerta —o lo que quedaba de ella después de que la destrocé, porque todavía no habían venido a cambiarla—, me asomé con cautela.

​Dasha no estaba viendo Netflix. Estaba sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo y una mano apoyada en su vientre. Ya no parecía furiosa; se veía pálida, como si hubiera visto un fantasma.

​—¿Solnishko? —susurré, entrando en la habitación.

​Ella no saltó, ni me gritó, ni me lanzó una almohada. Solo levantó la vista y me miró con unos ojos enormes, cargados de una confusión que me heló la sangre.

​—Nathaniel... me siento extraña —murmuró con la voz pequeña, casi un hilo—. Me dio un mareo horrible cuando me levanté por el vaso de agua y... el olor de las fresas que trajiste me dio náuseas.




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