POV NATHANIEL
Estábamos en el sofá, con Dasha prácticamente hundida en mi costado y el sobre rosa aún sobre la mesa. No habían pasado ni dos horas y yo ya sentía que el mundo se me quedaba pequeño para mi hija. Pero ahora venía la verdadera guerra: el nombre.
—Bueno, Solnishko —dije, pasando mi mano por su vientre con cuidado—, tiene que ser un nombre con fuerza. Algo que imponga respeto. ¿Qué tal Anastasia? Es un clásico ruso, digno de una Volkov.
Dasha arrugó la nariz y me miró con esa cara de "no tienes ni idea" que tanto me gusta.
—Muy predecible, Nathaniel. No quiero que sea la décima Anastasia de su clase. Yo estaba pensando en algo más... dulce pero elegante. ¿Isabella?
—¿Isabella? —solté una risita—. Suena a princesa de cuento, y mi hija va a ser una reina de la Bratva si es necesario. Demasiado suave. ¿Y Viktoria? Con "k". Es victoria, es poder.
—¡Ay, no! —se quejó ella, acomodándose mejor—. Suena a tía amargada. Y ni se te ocurra sugerir Ekaterina. Quiero algo que tenga nuestras raíces, pero que sea único, que cuando la gente escuche su nombre sepa que es especial.
Nos quedamos en silencio un momento. Ella empezó a trazar círculos en mi mano y vi cómo sus ojos brillaban con una idea nueva.
—¿Qué te parece Amarantha? —soltó de repente.
—¿Amarantha? —repetí, probando el sonido en mi lengua—. Amarantha... suena a algo que nunca marchita. Es fuerte, pero tiene clase. Me gusta.
—Y como segundo nombre... —continuó ella con entusiasmo— Kaylani. Es exótico, tiene luz. Amarantha Kaylani.
Me quedé procesándolo. El nombre rodaba con autoridad y elegancia. Tenía el fuego de Dasha y el peso de mi apellido.
—Amarantha Kaylani Volkov López —sentencié, dándole un beso en la frente—. Suena perfecto. Suena a que va a tener a todos los hombres de esta ciudad, empezando por su padre, comiendo de la palma de su mano.
Dasha sonrió victoriosa y se acurrucó más contra mí. Ya estaba decidido. Nuestra pequeña Amarantha ya tenía nombre antes de nacer.
El teléfono vibró sobre la mesa de noche con esa insistencia que solo mi padre se atrevía a tener. Miré a Dasha; se había quedado dormida con una mano sobre su vientre, agotada por la emoción del nombre y la revelación del sexo. Me levanté con cuidado de no despertarla y salí al balcón, cerrando la puerta tras de sí.
—Padre —dije, con la voz seca.
—Nathaniel. Ha llegado el momento —la voz de mi padre sonaba más cansada que de costumbre, pero con esa autoridad que forjó mi carácter—. He terminado de cerrar los últimos flecos en los muelles de Vladivostok y las rutas del norte. A partir de este segundo, me retiro oficialmente. Todo es tuyo. El mando total, las deudas de sangre, los pactos y el peso de la corona.
Sentí un frío repentino que no tenía nada que ver con el clima de Moscú. Hasta ahora, él había sido el muro que contenía la mitad del caos, permitiéndome a mí el lujo de dedicarle tardes enteras a Dasha. Eso se había acabado.
—Es una carga pesada ahora mismo, padre. Dasha está embarazada de tres meses. Es una niña.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Sabía que él estaba procesando que el apellido Volkov tenía futuro.
—Entonces, con más razón, Nathaniel. Limpia el camino para esa niña. Gobierna con puño de hierro para que ella nunca tenga que tocar el barro. Pero recuerda: el poder absoluto no conoce el descanso. Dejas de ser un heredero para ser el Tsar absoluto. No falles.
Colgó. Me quedé mirando el horizonte de la ciudad, sabiendo que mi vida de paz junto a Dasha acababa de cambiar drásticamente. El tiempo que antes le regalaba a ella, ahora tendría que robárselo a la guerra, a las reuniones y al control de un imperio que acababa de duplicar su tamaño sobre mis hombros.
Regresé a la habitación y la miré dormir. Amarantha y ella eran mi prioridad, pero para mantenerlas a salvo, ahora tendría que convertirme en el monstruo que mi padre acababa de soltar por completo.
Dasha se removió entre las sábanas y soltó un murmullo soñoliento, buscándome a ciegas.
—¿Nathaniel? —llamó con esa voz pastosa que siempre me desarmaba.
—Aquí estoy, Solnishko. No me he ido a ningún lado —le respondí en voz baja, acercándome a la cama.
La tomé en brazos con cuidado, sintiendo cómo se acurrucaba en mi cuello. La cargué hasta la habitación principal, donde la luz de la luna apenas entraba por las cortinas. La deposité sobre la almohada como si fuera el tesoro más frágil de mi imperio y me quedé a su lado hasta que su respiración se volvió pesada y rítmica. Pero yo no volví a dormir.
Al amanecer, el peso del mando total ya me estaba apretando el cuello. Me levanté antes de que el sol terminara de salir y me encerré en el despacho. Los socios de mi padre ya estaban esperando por videoconferencia y los informes de las rutas comerciales se acumulaban en mi pantalla. El retiro de mi padre significaba que cada problema en Rusia ahora era mi problema personal.
Horas más tarde, escuché su voz a través del intercomunicador del despacho.
—¿Nathaniel? ¿Vas a bajar a desayunar? —preguntó Dasha, sonando un poco más animada.
—Estoy ocupado, Dasha. Tengo a medio consejo de administración en línea y un incendio que apagar en los puertos —le contesté sin apartar la vista de los documentos—. Si necesitas algo, habla con Dmitry. Él tiene instrucciones de cuidarte.
Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que me dolió, pero no podía colgarles a los hombres que mantienen mi estructura en pie.
—Ah... está bien —murmuró ella, y cortó la comunicación.
Unos minutos después, mi teléfono personal vibró. Era un mensaje de ella: "Iré a visitar a mi madre. Me llevaré a Dmitry conmigo para que no pongas el grito en el cielo. Disfruta de tus socios".