Terminé con el último paciente de la tarde y, aunque me sentía satisfecha, el cansancio empezaba a pasarme factura. Miré el reloj: las 5:00 PM. Suspiré y saqué el teléfono para escribirle a mi flamante y "ocupadísimo" esposo.
Yo: ¿Sigues ocupado?
La respuesta no tardó ni un minuto en llegar.
Nathaniel: Sí. No me esperes para cenar, esto va para largo. Deberías volver a casa ya, Dmitry me avisó que terminaste tus consultas.
—Aja... —murmuré para mí misma, guardando el celular con una mezcla de fastidio y rebeldía. ¿Ahora resulta que mi horario lo decide él a través de sus espías?
En ese momento, la jefa de enfermeras se asomó por la puerta, con cara de pocos amigos.
—Dasha, sé que no deberías estar aquí, pero el Dr. Ivanov tuvo una emergencia familiar y no tenemos a nadie para cubrir el turno nocturno en urgencias pediátricas. ¿Crees que podrías quedarte unas horas más?
Dmitry, que estaba apoyado en el marco de la puerta, se tensó de inmediato y me lanzó una mirada de advertencia.
—Dasha, el señor Volkov fue muy claro. Tienes que descansar —intervino con esa voz monótona suya.
Lo ignoré olímpicamente. Mi paciencia con los hombres mandones se había terminado por hoy.
—Claro que sí, cuenta conmigo —le dije a la enfermera con una sonrisa triunfal—. Me quedo al turno de noche.
Dmitry suspiró y sacó su teléfono, probablemente para darle el reporte al "jefe", pero no me importó. Me acomodé la bata y me preparé para una noche larga. Si Nathaniel podía vivir en su despacho, yo podía vivir en mi clínica.
La calma del turno nocturno se rompió con el sonido ensordecedor de una sirena de ambulancia. Entró un niño de ocho años, pálido y con una hemorragia interna abdominal tras un accidente. El cirujano de guardia estaba en otra operación y el tiempo se agotaba.
—¡Hay que entrar a quirófano ya! —grité, revisando sus signos vitales.
—Dasha, no puedes. Estás embarazada, llevas horas de pie y Nathaniel nos va a matar a todos —me dijo Petra, tratando de detenerme mientras Dmitry bloqueaba el pasillo con cara de pánico.
—¡Me importa un bledo lo que diga Nathaniel! —le espeté, con esa falta de paciencia que me caracteriza—. Soy la jefa de este hospital y no voy a dejar que este niño muera porque mi marido sea un controlador. ¡Traigan una silla desinfectada a la sala de cirugía ahora mismo! Operaré sentada si es necesario, pero ese niño sale vivo de aquí.
Nadie se atrevió a replicar ante mi tono. Dmitry sacó su teléfono con manos temblorosas, seguramente para escribirle su testamento a Nathaniel, mientras yo entraba a lavarme.
Me sentaron frente a la mesa de operaciones. Tenía la espalda destrozada y sentía una punzada de cansancio en el vientre, pero en cuanto tomé el bisturí, mis manos se volvieron de acero.
—Bisturí —pedí con voz firme.
Fueron dos horas de tensión absoluta. El monitor pitaba con insistencia, pero yo estaba en mi zona. Logré suturar la arteria dañada justo a tiempo. Cuando terminé y di el último punto, solté un suspiro que casi me hace desmayar.
Salí del quirófano quitándome el gorro, sudada y agotada. Pero al levantar la vista, la paz se acabó. Ahí estaba Nathaniel, en medio del pasillo, con el abrigo todavía puesto y una expresión en los ojos que daba más miedo que cualquier hemorragia. Dmitry estaba a su lado, cabizbajo.
—¿Terminaste de jugar a ser Dios, Dasha? —su voz era un susurro frío que hizo que todo el personal se quedara de piedra.
Ignoré el frío en su voz y pasé por su lado como si fuera un poste de luz. No tenía la energía ni las ganas de ser el blanco de su furia en medio del pasillo. Caminé directo a mi oficina, escuchando sus pasos pesados y decididos detrás de mí. En cuanto entré, me dejé caer en el sofá cama, soltando un suspiro de puro cansancio físico, pero con la mente en paz.
Nathaniel cerró la puerta de un golpe y se sentó en la silla frente a mí, con los hombros tensos y esa vena en la frente que solo le salía cuando estaba a punto de explotar.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer, Dasha? —me reclamó, con la voz vibrando de rabia contenida—. Te prohibí venir, te ordené descansar y te metes a una cirugía de dos horas. ¡Dmitry casi se pega un tiro del susto!
Me incorporé lo justo para alcanzar mi jugo energético natural, una mezcla especial que yo misma preparaba, cargada de vitaminas y minerales perfecta para mi estado y para el ritmo que llevaba. Le di un sorbo largo, sintiendo cómo el azúcar natural me devolvía un poco de vida, y lo miré con una calma que, sabía perfectamente, lo estaba volviendo loco.
—No me mires con esa tranquilidad —gruñó él—. No siempre vas a tener todo bajo control, Dasha. La vida de mi hija está en riesgo cada vez que te crees invencible.
—No sigas fastidiando, Nathaniel —le respondí, con una voz tan suave y plana que hasta a mí me sorprendió—. Estoy perfectamente. El niño está vivo gracias a que no te hice caso.
—¡Cargas a mi hija en ese vientre! —estalló él, inclinándose hacia delante—. ¡A una Volkov!
—También es mi hija —le recordé, dejando el jugo sobre la mesa y recostándome de nuevo, cerrando los ojos para dar por terminada la discusión—. Y soy médica, Nathaniel. Sé exactamente lo que mi cuerpo puede aguantar. Lo tengo todo bajo control, así que guarda tus gritos para tus socios, porque conmigo no funcionan.
El silencio que siguió fue sepulcral. Podía sentir su mirada quemándome, pero no abrí los ojos. Había salvado una vida y Amarantha estaba bien. Eso era lo único que me importaba.
—Me voy a dormir —le dije a Nathaniel, acomodándome en el sofá cama sin darle mucha importancia—. No tienes que quedarte si no quieres, sé que tienes mil cosas del imperio pendientes.
—Me voy a quedar, Dasha. No es una pregunta —respondió él con esa voz de mando que no admitía réplicas. Se acomodó en la silla frente a mí, cruzando los brazos como si fuera un muro infranqueable.