Terminé de cenar con Nana, ignorando cualquier intento de Nathaniel por acercarse, y subí directo a la habitación. Me acosté temprano, dándole la espalda a su lado de la cama. Cuando él llegó, sentí cómo el colchón se hundía y sus brazos me rodeaban con posesividad, pero no me moví. El silencio entre nosotros ya se estaba volviendo una costumbre.
Pasaron dos meses más.
Ahora, con cinco meses de embarazo, mi vientre era una curva prominente que me recordaba a cada segundo a Amarantha. Mi relación con Nathaniel era prácticamente inexistente; él vivía enterrado en el mando total de Rusia y yo me refugiaba en el hospital hasta las tantas para no sentir el vacío de la mansión. Casi no hablábamos, solo intercambiábamos frases cortas o mensajes secos.
Hoy llegué a casa más tarde de lo habitual. Me sentía agotada y, al mirarme en el espejo del recibidor, noté que estaba pálida, con ojeras que ni el maquillaje podía ocultar. Nathaniel estaba ahí, esperándome, y en cuanto me vio, su cara se transformó.
—¡Basta ya, Dasha! —estalló, caminando hacia mí con paso pesado—. Mírate. Estás pálida, parece que te vas a desmayar en cualquier momento. Mañana mismo dejas ese maldito hospital. Ya no es una sugerencia.
—Ni me hables, Nathaniel —le solté, intentando pasarlo de largo, pero me tomó del brazo con firmeza.
—¡No me ignores! Estás poniendo en riesgo a mi hija por tu terquedad.
—¿Tu hija? —me di la vuelta, con los ojos echando chispas y la poca paciencia que me quedaba hecha añicos—. ¡Qué gracioso que la llames "tu hija"! Porque desde el segundo en que nos enteramos de que estaba embarazada, me has dejado sola. Te escondiste en ese despacho, te casaste con el poder y te olvidaste de que aquí hay una mujer cargando con todo. He pasado estos cinco meses sintiendo que estoy soltera, Nathaniel.
—¡Sabes perfectamente que no es mi culpa! —rugió él, golpeando la pared con la mano—. Mi padre se retiró, tengo a toda la Bratva y los negocios de Rusia sobre mis hombros. ¡Lo hago para que a ustedes no les falte nada, para mantenerlas a salvo!
—¡No nos falta dinero, Nathaniel, nos faltas TÚ! —le grité de vuelta, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas de rabia—. Pero claro, es más fácil echarle la culpa a mi trabajo que admitir que te quedó grande ser esposo y padre a la vez.
— es por su seguridad
—¡No me vengas con el cuento de la seguridad, Nathaniel! —le espeté, zafándome de su agarre con un movimiento brusco—. Porque mientras tú "nos mantenías a salvo" en tu cueva de oficina, pasamos Navidad solas. Pasamos Año Nuevo viendo los fuegos artificiales desde la ventana mientras tú ni siquiera te acordabas de qué día era.
Él se quedó mudo, parpadeando como si tratara de recordar los últimos meses, pero el brillo de culpabilidad en sus ojos solo me dio más rabia.
—Estamos en febrero, Nathaniel. ¡Febrero! —mi voz temblaba de indignación—. Han pasado meses desde que te vi realmente a la cara sin que estuvieras mirando un informe o hablando por teléfono. Ni siquiera te habías dado cuenta de cuánto tiempo ha pasado, ¿verdad? Estás tan metido en tu trono que el mundo exterior dejó de existir.
—Dasha, el cambio de mando fue caótico, los socios de Siberia estaban presionando y...
—¡Me da igual! —lo interrumpí con un gesto de la mano—. No quiero escuchar más excusas. Me he sentido sola en mi propio hogar durante todo el embarazo. Así que hazme un favor: vuelve a tu oficina, vuelve con tus hombres de la Bratva y déjame en paz. Porque ahora mismo, ni ganas de hablarte tengo. No te reconozco.
Le di la espalda y subí las escaleras. Me dolía el vientre de la pura rabia acumulada de meses de silencio. Al llegar a la puerta de la habitación, me detuve un segundo sin mirar atrás.
—Mañana me voy a la clínica temprano. Y no te molestes en mandar a Dmitry a vigilarme, porque no pienso dirigirle la palabra a nadie que venga de tu parte.
Entré y cerré la puerta con llave. Necesitaba estar lejos de él antes de que la tristeza me ganara la batalla a la rabia.
A la mañana siguiente, el ambiente en la mansión era tan frío como el invierno ruso de afuera. Me levanté con la determinación de no dejar que su ausencia borrara mis recuerdos con Amy. Si él no quería estar presente en el día a día, al menos tendría que estar en el papel.
Bajé a la sala donde él tomaba café mientras revisaba su tableta. Me paré frente a él, con mi vientre de cinco meses bien marcado bajo un vestido ajustado.
—Quiero hacer una sesión de fotos de mi embarazo hoy —le solté, sin rodeos y sin un gramo de cariño en la voz—. Al menos quiero tener un recuerdo de que estuve embarazada, ya que parece que estoy pasando este proceso sola.
Nathaniel dejó la tableta y me miró, con esas ojeras que delataban que tampoco había dormido bien. Suspiró, frotándose la nuca.
—Está bien, Dasha. Tienes razón —admitió con voz ronca—. ¿Qué lugar quieres? Mandaré a que preparen lo que necesites.
—No tienes que preparar nada, ya está todo listo —le respondí con una calma cortante—. El fotógrafo, el concepto, el vestuario... todo. Solo faltaba lo más difícil de conseguir: la presencia de Nathaniel Volkov. A las 4:00 PM en el jardín de invierno. No llegues tarde, porque no voy a esperarte.
No le di tiempo a responder. Me di la vuelta y subí a la habitación. Me encerré, encendí la televisión y me puse a ver cualquier programa sin importancia, ignorando el mundo. Solo quería que el tiempo pasara para terminar con ese trámite y volver a mi burbuja, donde solo estábamos Amy y yo.
A las 4:00 PM en punto, estaba en el jardín de invierno. El lugar era un sueño de cristal y flores exóticas, pero yo me sentía de piedra. Me habían puesto un vestido de seda que caía sobre mis curvas, y una estilista terminaba de acomodar mi larga melena rubia, que brillaba bajo la luz de la tarde.