Pasaron un par de semanas y Nathaniel cumplió su palabra. El despacho seguía ahí, pero ahora la prioridad era otra habitación: la de Amy. Decidimos que no sería la típica habitación de bebé rusa, fría y señorial. Yo quería algo que gritara calidez, algo que tuviera esa esencia nuestra.
Entré a la habitación y vi a Nathaniel con la camisa remangada, peleándose con las instrucciones de una cuna de diseño italiano que acababa de llegar. Me causó gracia verlo así; el hombre que decide el destino de miles de personas, derrotado por un par de tornillos.
—¿Necesitas ayuda, Tsar? —le dije, apoyándome en el marco de la puerta con una sonrisa burlona mientras acariciaba mi vientre de casi seis meses.
—Estas instrucciones son un insulto a la inteligencia, Dasha —gruñó, aunque me lanzó una mirada cargada de ternura—. Pero nuestra hija va a dormir en lo mejor, aunque tenga que armarlo yo pieza por pieza.
Me acerqué y empecé a sacar de las cajas los detalles que yo misma había elegido. Había mantitas de algodón orgánico con bordados sutiles, y en la pared principal, mandé a pintar un mural delicado de flores que me recordaban a los paisajes latinos.
—Mira esto —le dije, mostrándole un pequeño móvil para la cuna que tenía figuras de arcoíris y estrellas—. Quiero que sea lo primero que vea al despertar. Y los libros de cuentos, Nathaniel... ya están llegando los que pedí en español.
Él dejó el destornillador y se acercó a mí, rodeándome la cintura por detrás y apoyando sus manos sobre las mías en mi vientre. Nos quedamos los dos mirando aquel espacio que pronto dejaría de estar vacío.
—Va a hablar español antes que ruso, ¿verdad? —susurró él contra mi oído, con una resignación divertida.
—Por supuesto. Y tendrá ese fuego nuestro —le respondí, recostando mi cabeza en su hombro—. Gracias por estar aquí, Nathaniel. De verdad.
—De aquí no me muevo, mi reina. Amy y tú son mi único imperio real ahora.
—Y espero que lo cumplas, Nathaniel —le respondí, entrelazando mis dedos con los suyos sobre mi vientre—, porque si vuelves a desaparecer, esta vez no habrá vuelta atrás.
Los días siguientes fueron una tregua bendita. Nathaniel empezó a despachar desde la biblioteca de la casa y, aunque el teléfono no paraba de sonar, se obligaba a cortar las llamadas cuando yo entraba con un té o simplemente para estirar las piernas. Estábamos recuperando ese ritmo que el poder nos había robado.
Una tarde, mientras terminábamos de acomodar los libros de cuentos en español, me miró con una intensidad distinta.
—Vamos a salir, Dasha —sentenció, guardando un peluche en la cuna—. Mañana. Quiero que compremos el resto de las cosas nosotros mismos. Sin asistentes eligiendo por catálogo, sin fotógrafos. Solo nosotros... y la seguridad necesaria, claro.
—¿El Tsar de compras en público? —bromeé, aunque por dentro me hacía ilusión—. Amy va a estar encantada de gastarte los rublos antes de nacer.
Al día siguiente, nos preparamos. Me puse un abrigo cómodo que ocultaba un poco mi estado y Nathaniel lucía ese semblante serio que usa cuando está en "alerta máxima", aunque trataba de sonreírme a cada rato. Moscú estaba cubierto por una capa de nieve fina que hacía que todo pareciera una postal.
Llegamos a la zona de las boutiques de lujo. Dmitry y los hombres de la Bratva se desplegaron con una eficiencia silenciosa. Por una hora, fuimos una pareja normal. Reímos eligiendo patucos diminutos y Nathaniel insistió en comprar una manta de cachemira que costaba más que el sueldo anual de un interno en mi hospital.
—Es demasiado, Nathaniel —le dije riendo mientras salíamos de la tercera tienda.
—Nada es demasiado para ella —respondió él, dándome un beso rápido en la sien
—Ese conejo de allá —dijo Nathaniel señalando un peluche de seda blanca—. Tiene cara de ser lo suficientemente suave para ella.
—Es lindo —reí, apretándole el brazo—, pero Amy va a preferir algo con más color, ya lo verás.
Estábamos cruzando hacia la siguiente boutique cuando el aire cambió. Fue un segundo de silencio antinatural antes de que el primer estallido resonara contra el pavimento.
—¡Al suelo! —rugió Nathaniel, reaccionando con esa velocidad letal que lo hace el Tsar.
No hubo tiempo de ir a un blindado. Dos camionetas cerraron el paso y hombres armados bajaron disparando. Nathaniel me empujó detrás de una columna de mármol de un edificio, cubriéndome con su propio cuerpo mientras desenfundaba su arma.
—¡Dmitry, sácala de aquí! —gritó entre ráfagas.
Pero el ataque era directo hacia nosotros. Uno de los atacantes logró flanquear la posición y se abalanzó hacia donde yo estaba mientras Nathaniel intercambiaba fuego con otros tres. Vi el brillo de un cuchillo y el cañón de una pistola apuntando directo a mi vientre. El instinto me transformó; no era solo una doctora, era una madre defendiendo su vida.
—¡A ella no la tocas! —grité.
Logré patear la rodilla del hombre con toda mi fuerza, haciéndolo trastabillar, y busqué desesperadamente algo con qué defenderme. El forcejeo fue brutal. Sentí un golpe seco en el costado y caí de rodillas, con un dolor punzante recorriéndome el útero. Nathaniel terminó con el sujeto de un tiro en la cabeza y llegó a mi lado en un segundo, con el rostro desencajado por el pánico.
—¡Dasha! ¡Dasha, mírame! —gritaba, mientras sus hombres terminaban de limpiar la zona.
—Me... me duele, Nathaniel... —susurré, llevándome las manos al vientre. Sentí una humedad caliente y aterradora. Mis ojos se nublaron—. Amy... ayúdala...
La última imagen que tuve antes de perder el conocimiento fue la de Nathaniel cargándome en vilo, gritando órdenes desesperadas, mientras yo solo podía pensar en que no podía perder a mi bebé arcoíris otra vez.
𓂃 ོ𓂃𓂃 ོ𓂃
Nathaniel pov
El hospital era un caos de uniformes blancos y guardias de la Bratva, pero el centro del huracán era yo. El aire en el pasillo de la clínica estaba tan cargado que hasta a los hombres más rudos les costaba respirar. Mi mano no dejaba de apretar la culata de mi arma, sintiendo el metal frío, deseando descargar mi furia contra algo... o alguien.