Cruzando ambos mundos

33

El búnker subterráneo se cerró con un eco metálico, dejando a Dasha y a Amy bajo la protección de Dmitry. Yo subí por las escaleras de emergencia, cargando mi arma con un movimiento seco y letal. Al llegar a la planta de cirugía, me encontré con un grupo de mis hombres de seguridad corriendo hacia mí, con los chalecos puestos y los rifles en alto.

​—¡Tsar! —exclamó el jefe del equipo, frenando en seco al ver mi estado—. Están intentando forzar las entradas norte y sur. Han lanzado granadas de humo en el vestíbulo. ¿Cuáles son las órdenes? ¿Concentramos todo el fuego en el perímetro de la señora?

​Me detuve en medio del pasillo, rodeado por el olor a antiséptico y el brillo de las luces LED. Miré las puertas de los quirófanos donde otros cirujanos trabajaban y las habitaciones donde descansaban personas ajenas a mi guerra.

​—Escúchenme bien —mi voz salió como un trueno gélido—. Van a desplegarse por todo el hospital. Protejan a cada maldito paciente de esta clínica. Nadie que no tenga nada que ver con la Bratva debe recibir un rasguño.

​Los hombres se miraron entre sí, confundidos por mi repentino interés en la ética médica. Les lancé una mirada que les heló la sangre.

​—¡Muévanse! —rugí—. Mi mujer es la jefa de este lugar. Si Dasha despierta y ve su clínica y a sus pacientes en ruinas por culpa de mi seguridad, ella misma me va a asesinar antes de que los enemigos puedan hacerlo. ¡No quiero bajas civiles! ¡Hagan su trabajo y saquen la basura de aquí!

​Los hombres asintieron con terror y se dispersaron como sombras por los pasillos de cirugía. Me quedé solo en el corredor, con el arma firme, escuchando los primeros disparos resonar en la planta baja. Estaba manchado de sangre, con la frente abierta y el alma rota, pero no iba a permitir que destruyeran el santuario de Dasha.

​—Aquí te espero, bastardo —susurré para mí mismo, apostándome cerca del ascensor—. Intenta pasar por encima de mí.

El eco de los disparos ya no venía de la entrada; ahora retumbaba en las escaleras. Los primeros hombres de kosov aparecieron al final del pasillo de cirugía, disparando ráfagas que destrozaban las paredes de cristal y las estaciones de enfermería.

​—¡Fuego! —ordené, abriendo paso con mi arma.

​El pasillo se convirtió en un matadero en segundos. Vi caer a tres de los atacantes, pero también vi cómo una bala perdida impactaba en un monitor médico de una habitación cercana, que empezó a pitar desesperadamente. Ver los cuerpos amontonándose en el santuario de Dasha me revolvió el estómago. Si ella veía esto, nunca me lo perdonaría.

​—¡Basta! —rugí por el intercomunicador de mi solapa—. ¡Dmitry, no te muevas del búnker! ¡El resto, síganme! ¡Vamos a sacarlos de aquí!

​No podía dejar que el hospital se convirtiera en un campo de exterminio. Si querían al Tsar, me tendrían, pero lejos de los pacientes de mi mujer.

​Salí corriendo hacia la salida de emergencia del ala oeste, disparando por encima del hombro para atraer su atención. Mis hombres, entendiendo la maniobra, se desplegaron detrás de mí, haciendo el mayor ruido posible.

​—¡Aquí estoy, cobardes! —grité al aire mientras saltaba por una ventana del primer piso hacia el estacionamiento nevado—. ¡Vengan por el Tsar si tienen lo que hay que tener!

​Funcionó. Como ratas siguiendo a un flautista, las camionetas que rodeaban el hospital dieron un giro violento y aceleraron hacia donde yo estaba. El plan era suicida, pero era el único que salvaba la clínica.

​—¡Suban a los blindados! —le grité a mi equipo mientras nos cubríamos con fuego cruzado—. ¡Llévenlos hacia la zona industrial abandonada! ¡Que ni una bala más toque este edificio!

​Arranqué mi motor, quemando llanta sobre la nieve ensangrentada. Por el retrovisor vi cómo la horda de mercenarios de kosov abandonaba el perímetro del hospital, persiguiéndome con sed de sangre. Me alejaba de Dasha, me alejaba de Amy, pero lo hacía para mantenerlas vivas.

​—Resiste, Dasha... —susurré, pisando el acelerador a fondo mientras las balas empezaban a impactar en mi cristal blindado—. Mantén a nuestra hija a salvo, que yo me encargo de que estos bastardos no vuelvan a ver la luz del sol.

Dasha pov

El búnker estaba en un silencio sepulcral, roto solo por el pitido rítmico y pausado de los monitores. De pronto, mi cuerpo se tensó bajo las sábanas. Un sudor frío me cubría la frente y el pecho, y mi respiración empezó a entrecortarse, atrapada en una pesadilla donde la nieve de Moscú se teñía de rojo.

​—¡Nathaniel! —exclame, abriendo los ojos de golpe.

​Me incorpore con un movimiento brusco, pero el dolor en el costado y el tirón de las vías en mis brazos me hicieron jadear. Estaba desorientada, el calor sofocante del búnker y la falta de ventanas la hacían sentir encerrada.

​—Tranquila, Dasha, tranquila... —la voz de Dmitry sonó urgente pero contenida mientras se acercaba a la cama, manteniendo las manos a la vista para no asustarla más.

​—¿Dónde estoy? ¿Dónde está él? —dije mientras miraba a mi alrededor con los ojos desorbitados, viendo las paredes de concreto reforzado y los equipos médicos de emergencia—. ¡Dmitry, sácame estas cosas! ¡Amy! ¡¿Cómo está mi hija?!

​Los monitores empezaron a pitar con fuerza. El ritmo cardíaco se disparó, y en la pantalla las líneas subían y bajaban de forma errática. La máquina de la presión arterial lanzó una alarma estridente.

​—¡Escúchame! —Dmitry me tomó suavemente los hombros, tratando de transmitirme calma—. La bebé está bien. Los latidos son fuertes, Dasha. Estás en un lugar seguro bajo la clínica.

​—¿Seguro? ¡Hubo disparos, Nathaniel estaba herido! —intenté levantarme, pero la debilidad me venció, haciéndome sollozar de pura frustración—. ¡Tengo que salir, mi hospital... los pacientes! ¡Si hay un ataque, mi gente me necesita!

​empeze a tirar de los cables, haciendo que el monitor cardíaco emitiera un pitido continuo de alerta. Estaba al borde de un ataque de pánico.




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