El búnker se convirtió en un quirófano improvisado en medio del caos. Ignoré el dolor desgarrador en mi vientre y el tirón de las vías; me lancé al suelo, arrastrándome hasta alcanzar a Nathaniel antes de que su cabeza golpeara el concreto.
—¡Nathaniel! ¡Mírame, no cierres los ojos! —grité, presionando con todas mis fuerzas la herida en su pecho. La sangre, caliente y espesa, se filtraba entre mis dedos—. ¡Quédate conmigo, maldito ruso!
Él jadeó, intentando atrapar el aire, mientras su mano ensangrentada buscaba la mía con debilidad. Levanté la vista hacia Dmitry, que estaba paralizado por el impacto de ver a su Tsar caer.
—¡Dmitry! ¡Reacciona! —le rugí con una autoridad que lo sacudió—. ¡Llama a Ivanovich ahora mismo! Es el mejor cirujano cardiotórax de todo Moscú. ¡Dile que si no está aquí en cinco minutos, yo misma me encargaré de que nunca vuelva a sostener un bisturí! ¡Que traigan el carro de paradas y preparen el quirófano central ya!
Dmitry empezó a hablar por el radio con voz frenética mientras yo volvía toda mi atención a Nathaniel. Mis manos, expertas en salvar vidas ajenas, temblaban al intentar salvar la única que me importaba.
—Presión, Dasha... solo mantén la presión —me susurré a mí misma, tratando de bloquear el pánico—. Nathaniel, mírame. Amy te necesita. Yo te necesito. No te atrevas a dejarme sola con este imperio de sangre.
Él intentó sonreír, un gesto débil que terminó en una mueca de dolor, mientras sus ojos empezaban a ponerse vidriosos.
—Te... amo... mi reina... —alcanzó a balbucear antes de que sus párpados pesaran demasiado.
—¡No! ¡No te despidas! —le grité, hundiendo mis manos más fuerte en su pecho para detener la hemorragia—. ¡Todavía no has visto a tu hija! ¡Quédate aquí!
El búnker se llenó de pasos frenéticos. Las puertas se abrieron de par en par y el equipo de trauma, encabezado por Ivanovich, entró con una camilla plegable. Al ver a Nathaniel en el suelo, rodeado de un charco de sangre y conmigo encima presionando su pecho, el cirujano palideció.
—¡Arriba! ¡Suban al Tsar ahora! —ordenó Ivanovich.
Entre cuatro hombres levantaron el cuerpo inerte de Nathaniel. Yo me puse en pie como pude, tambaleándome, agarrándome de las paredes mientras el mundo daba vueltas. El radio de corto alcance cayó al suelo con un ruido metálico.
—Voy... voy con él —logré decir, intentando caminar detrás de la camilla que ya corría por el pasillo hacia el ascensor.
—Dasha, deténgase —me dijo una de las enfermeras, poniéndome una mano en el pecho para frenarme—. Está herida, tiene que volver a la cama.
—¡Quítate! —le grité con lo poco que me quedaba de voz—. ¡Es mi marido! ¡Es el padre de mi hija! ¡Él no va a entrar a ese quirófano sin mí!
Seguí avanzando, arrastrando los pies, dejando un rastro de gotas rojas en el suelo blanco del hospital. Estaba tan concentrada en Nathaniel que no me daba cuenta de mi propio cuerpo. Ivanovich se detuvo justo antes de entrar al área estéril y me miró con horror.
—Dra. Dasha... mire su ropa —dijo con voz temblorosa.
Bajé la vista. Mi bata blanca estaba empapada, pero no solo de la sangre de Nathaniel. Un flujo rojo, denso y constante, bajaba por mis piernas, tiñendo mis pantalones y mis pies descalzos.
—No... —susurré, y el corazón se me detuvo—. No, otra vez no... Amy...
El dolor que había estado ignorando por la adrenalina me golpeó de frente, como una ola de hielo. Sentí un vacío desgarrador en el vientre y el aire se me escapó de los pulmones. El rostro de Ivanovich empezó a desvanecerse en una neblina gris. Lo último que vi antes de que mis rodillas cedieran y el suelo me reclamara, fue la puerta del quirófano cerrándose con Nathaniel dentro, mientras el mundo se volvía negro.
Desperté con el sabor amargo de la anestesia en la garganta y una sensación de pesadez que me hundía en el colchón. La luz blanca del techo me lastimaba los ojos, pero mi primer instinto fue llevarme la mano al vientre.
—Amy... —susurré, con la voz rota y seca como la arena.
—Tranquila, Dasha. Por favor, no te muevas —Dmitry estaba sentado a mi lado, con los ojos rojos y el rostro demacrado. Al verlo, el recuerdo del disparo y de la sangre corriendo por mis piernas me golpeó como un mazo.
—¿Dónde está ella? ¿Dmitry, perdí a mi hija? —el pánico empezó a disparar los monitores de nuevo, ese bip-bip-bip errático que ya odiaba.
—Ella está aquí. Está estable —me interrumpió él rápidamente, presionando mi hombro para que no me levantara—. Casi la pierdes, Dasha. Tuviste un desprendimiento parcial por el esfuerzo y el trauma, pero lograron detener la hemorragia. Tienes que estar absolutamente quieta, o el riesgo volverá.
Cerré los ojos un segundo, dejando que una lágrima de alivio rodara por mi sien. Amy seguía conmigo. Mi pequeña guerrera seguía ahí. Pero entonces, la imagen de Nathaniel cayendo de rodillas inundó mi mente.
—¿Y Nathaniel? —pregunté, girando la cabeza hacia la puerta—. Han pasado horas... ¿Dónde está?
Dmitry guardó silencio un segundo, bajando la mirada al suelo, y mi sangre se heló.
—Sigue en cirugía, Dasha —respondió por fin, con voz grave—. La bala dañó la arteria mamaria y rozó el pericardio. Ivanovich lleva dos horas y media intentando reparar el daño. Es... es complicado.
—Llévame allí —exigí, intentando quitarme la sábana, pero un dolor punzante en el útero me hizo jadear y volver a caer—. ¡Dmitry, es una orden!
—No puedo —dijo él con firmeza, y por primera vez no me miró como a su reina, sino como a una paciente al borde del colapso—. Si te levantas, Amy muere. Y si Amy muere, Nathaniel no tendrá ninguna razón para salir vivo de ese quirófano. Quédate quieta, Dasha. Es lo único que puedes hacer por él ahora.
Me quedé inmóvil, mirando el techo, sintiendo el vacío en la habitación. Estábamos los tres en manos del destino: Nathaniel luchando contra la muerte en una mesa de acero, Amy aferrándose a mí, y yo, atrapada en una cama, escuchando el silencio de un imperio que se caía a pedazos